El que va de Villa,
pierde su Silla

HENRIQUE SALAS-RÖMER – 

 

Así dice el antiguo adagio español y entre nosotros existe otro, igualmente veraz aunque más irreverente: Amor de lejos, amor de pendejos.

 

Cuando se produce la intentona militar del ‘92, el gobierno de Carlos Andrés Pérez estaba razonablemente sólido. La descentralización y elección de gobernadores y alcaldes le habían dado nuevo oxígeno a la democracia, la economía crecía a pasos agigantados, y a dos años de finalizar su mandato nada inusual se anticipaba.  Sin embargo, un fantasma rondaba el Palacio. Era el gigantesco vacío que había ido creciendo en la oposición.

 

La Oposición venezolana, cualquiera que la ejerciera, acostumbrada a una convivencia acrítica y bobalicona, hacía muy poco por denunciar el clientelismo partidista que había venido horadando los servicios básicos y desmejorando la calidad de vida del venezolano. El movimiento pendular que se observaba entre AD y COPEI, era el mejor síntoma. El pueblo castigaba al partido gobernante, votando mayoritariamente por aquel que no estuviera en el poder. Fue aprovechando ese vacío que Hugo Chávez se coló.

 

Fracasada la intentona, su impacto político fue, sin embargo, demoledor. De allí surgieron por primera vez en muchos  años, discursos y pronunciamientos que, gústenos o no, decían lo que el pueblo anhelaba escuchar. Caldera y Aristóbulo, luego de sus intervenciones en el Congreso el 4-F, fueron catapultados, uno antes y otro después, a elevadas posiciones de poder. Los Notables, figuras intelectuales de alto vuelo que asumieron posiciones críticas sobre la conducción del país, cobraron una altísima figuración mediática.

 

Pérez no entendió bien el acertijo y en lugar de lanzarse a la calle a robustecer su propia imagen, permaneció encerrado en Miraflores hasta armar un gobierno de Unidad Nacional que duraría muy poco, porque ninguna falta hacia.

 

Cuando al fin regresó, el pueblo, que en su ausencia solo escuchaba las graves denuncias que hacían sus enemigos, se había volcado en su contra, circunstancia que traicioneramente aprovechó el viejo establishment, para hacer, por vía de las leyes, lo que Hugo Chávez no había podido alcanzar con las armas. Derrocarlo.

 

Algo muy similar por sus consecuencias le viene ocurriendo hoy al Presidente.  Endeudando al país hasta la coronillla, ha logrado que la economía venezolana, malherida por sus desaciertos, dé muestras de recuperación. Pero su enfermedad, la suya, la que crece en sus entrañas, lo alejó demasiado tiempo del pueblo. Lleva más de un año sin pisar la calle, que es donde reside el poder. Y ya pisarla no podrá.

 

Mientras tanto, un joven candidato recorre el país incansablemente, caminando calle por calle, recorriendo población por población… y actuando a tono con lo que el pueblo anhela sentir.

 

Chávez se ha dado cuenta del drama que se le avecina y realiza un inmenso esfuerzo cantando y echando cuentos en sus largas cadenas de televisión. Pero el encanto de antaño ya no está.

 

A dos meses de los comicios, los números comienzan a decir lo que la sabiduría popular ya conoce. Que el que va de Villa pierde su Silla.  

* Como en ocasiones anteriores, esta semana cedemos nuestro espacio editorial a una columna de especial interés.  Por razones de espacio, sin alterar su esencia, hemos debido editar su contenido.

 
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