VAMOS A ENTENDERNOS

Américo Martin

Desde la cima del Ávila
Américo Martín

amermart@yahoo.com
@AmericoMartin

I

 

            En la caudalosa e inesperada campaña de Capriles, cuya meta no es otra que vencer, pespuntean anécdotas y detalles que son las que le ponen un punto de sal a este proceso tan impresionante. Con frecuencia dos amigos míos son objeto de críticas apasionadas: Teodoro Petkoff y Rafael Poleo. Y lo gracioso es que el segundo a veces descarga su crítica mortífera contra el primero. No tengo por supuesto que defender a Teodoro, a quien aprecio por muchas razones, la menos importante tal vez para la gente pero muy importante para mí, es su extraño desprendimiento que lo lleva a admitir méritos hasta en quienes rivalizan con él. Ese equilibrio en el juicio es propio de gente inteligente.

Rafael Poleo

            Poleo es un caso singular. Cuando arremete contra la Mesa despierta respuestas duras que a él le agradan porque le recuerdan que no está de paso en la vida sino para remover estructuras y agitar aguas. Es mi amigo, mi curioso amigo, que unas veces me agrede como él sabe hacerlo y otras, cuando menos lo espero, me defiende y valora como también sabe hacerlo. Pero valga todo eso para recordarle a la unidad democrática que su fuerza también está en estas cosas. En las críticas a veces duras de Armando Durán, en los ángulos débiles que percibe Carlos Blanco, en los misiles disparados por Poleo. Todo eso crepita en medio de la aceptación de la unidad, del tremendo papel de Capriles Radonski, cuyo brillo y eficacia confieso que jamás imaginé. Pero como parece evidente que tenemos el mejor de los candidatos, deseo reivindicar a los que les fastidia que las cosas marchen en forma tan macanuda que sólo dejen la opción de apoyar. O a los que guarden la serenidad suficiente para no sacrificar sus diferencias al altar del progreso hacia el triunfo.

 

II

 

            Otro importante personaje, cuya amistad tengo en alto concepto, es Henrique Salas Römer, siempre inconforme, siempre inquieto, siempre activo. A todos ellos dedico este artículo en el que me centraré especialmente en ese extraño personaje que es Rafael Poleo, sólo para que se sepa que cuando nos ufanamos del pluralismo democrático, no debemos devolvernos por el hecho de que alguien como el mencionado resuelva romper conciertos y lanzar invectivas contra muchos, sin desertar de la tarea de llevar a Capriles Radonski a la presidencia de la República. No digo que tenga razón, digo que sus inquietudes lejos de dañar la unidad la fortalecen por mampuesto.

            Poleo es un periodista, sí, pero muchos lo son. En su caso diría que lo es de sangre. Lo conocí en bachillerato, bajo la dictadura de Pérez Jiménez. Tenía un periódico mural en el Colegio Santa María de Lola Fuenmayor. Primero fue comunista, yo adeco; más tarde socialista en el partido de Rojas Contreras, tolerado por la dictadura. Y posteriormente decoló hacia AD cuando yo me despedía de ese partido. Pero qué amigo tan difícil! En aquella época arremetió contra nosotros, que embriagados por el ejemplo fidelista nos envolvimos en el disparate guerrillero, del cual sólo reivindico haber puesto la piel en juego en defensa de las ideas que entonces nos gobernaban. Jugarse el pellejo por razones ideológicas en tiempos en que en los corredores de la política había no pocos logreros, oportunistas y ladrones no deja de tener su mérito, dentro de la enloquecida política que entonces defendíamos.

            Que todos hayamos encontrado una premisa en Capriles Radonski es un homenaje a la experiencia y a la voluntad de luchar en condiciones adversas. Que no depongamos ideas ni maneras de ser es una prueba de que la unidad real es la que se basa en el juego plural, el de la diversidad. Es absurdo concebir la unidad como unanimidad. La unidad es suma de pensamientos plurales, no imposición del pensamiento único.

 

III

 

 

Capriles Radonski

           Examinemos esta paradoja, o más bien esta charada: si la unidad supone la diversidad en la fuerza opositora, la división supone la unidad en el gobierno. Los hechos están a la vista: la infinita variedad de opciones opositoras no sólo se ha unido alrededor de Capriles, sino de un programa, un estilo, una manera original de hacer política en contacto con la gente.

En cambio por definición todos los que apoyan al presidente Chávez se perciben a sí mismos como revolucionarios, socialistas convencidos de que hay un partido único que no tolera disidencias. Y sin embargo, las diferencias crepitan tras semejante cobertura.  Es una maldición. Nadie fuera del presidente puede mantener ni siquiera a duras penas la operatividad de la fuerza gobernante. Para que esa operatividad funcione, todos ellos han renunciado al derecho de elegir o de hacerse elegir, confiando su suerte al dedo del caudillo. Es una aberración, claro está, pero fatal: sin exaltar cada vez más al jefe único, sin endiosarlo y pregonar su infalibilidad, la fuerza gobernante haría crisis. Nadie en el seno de su movimiento político objeta al presidente Chávez, nadie da indicios oficiales del infierno subyacente bajo aquella parodia unitaria, pero todos sospechamos que en cualquier momento la olla de presión puede estallar.

En cambio, no hay ya quien ignore lo que hay de diferente en el seno de la fuerza que postula a Capriles, sin esperar para nada que semejante circunstancia debilite la oferta electoral presentada por él. Esa diversidad, y valga reiterarlo una y mil veces, es la fuerza de la candidatura opositora; es el dispositivo que está disparando la derrota del viejo orden que irracionalmente pretende perpetuarse en el poder.

Así es la política, señores. No el arte de lo posible, según decía el astuto Metternich, sino el arte de lo imposible, conforme lo consagra todos los días la vida.

           

            

 
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