En Venezuela la vida no vale nada

 Jorge Cajías*
@jcajias

La noticia remontó el cerro y se expandió en La Dolorita de boca en boca. Poco a poco llegó al hogar de los receptores de tan lamentable noticia. A María Esperanza que dormía en la parte de atrás del rancho, le abrieron la cortina que servía de puerta de su habitación, y su nieta mayor, tocándola suavemente en el hombro, en medio de la madrugada le dijo: “abuelita mataron a mi papá”. Las lágrimas se apoderaron del rostro de esta humilde mujer y un grito de dolor que desgarraba el alma hasta del más insensible, se le escapó y retumbó en el barrio más grande de Latinoamérica.

Esa noche el Hospital Pérez de León de Petare había recibido en la emergencia más de treinta heridos por armas de fuego, de los cuales la mitad habían fallecido en medio del desconcierto de escasos insumos, pabellones quirúrgicos abarrotados, y personal médico y de enfermería agotado e insuficiente, que atendía a pacientes que demandaban urgente atención. El hospital que era un caos total, luchaba por dar cuidado a seres humanos que parecían provenientes de una guerra. En medio de tan dantesca escena estaba el cadáver del hijo de María Esperanza en una camilla, prácticamente desnudo, goteando aún sangre que provenía de pequeños pero mortales agujeros, hechos por más de diez disparos de armas automáticas. Llegó sin signos vitales y no hubo nada que hacer. Lo mataron para robarle el salario.

Todos en casa de María Esperanza debieron esperar hasta el amanecer para poder salir de casa y buscar los restos del mayor de sus hijos, y no exponerse de ser víctimas de bandas que acechan las barriadas populares en las noches. El peregrinar fue breve y no tuvieron que pasar dando tumbos de un lado a otro, de hospitales a comisarías policiales y de allí a morgues, para tratar de conocer el paradero de un familiar desaparecido. Ella fue directo a la morgue de Bello Monte donde en una lista desabrida aparecía el nombre de su hijo. Reclamó el cadáver y le dijeron que debía esperar por lo menos varios días. Decenas de autopsias médico legales antecedían a la de su hijo mayor. Al final se lo entregaron y lo enterró como uno más que cae víctima de la violencia sin frenos que vive nuestro país.

 

Estar en las calles de Venezuela los fines de semana y en las noches tiene un precio elevadísimo. La muerte ataca insidiosamente a ciudadanos desprevenidos que por oponerse o no al robo de nimiedades son asesinados ante la mirada indiferente de un gobierno que ha puesto en práctica catorce planes de seguridad que han fracasado y que se jacta de tener la Fuerza Armada más poderosa de América Latina, dotada de los mejores recursos bélicos del mundo pero incapaz de detener al hampa.

La existencia de más de un millón de armas ilegales, la mayoría de alta potencia y superiores a las que emplea la policía; una delincuencia desbordada que actúa impunemente; y el lenguaje de violencia que emana en forma permanente desde Miraflores, se han traducido en una terrible estadística donde más de 160 mil venezolanos han sido asesinados en 14 años, un ciudadano es ultimado en las calles cada dos horas en Venezuela, y más de quinientos han perdido su existencia solamente en el mes de julio de este año, en un país donde la vida no vale nada.

 

*Médico y Abogado UCV

 

 

 
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