LA ULTIMA FRONTERA DE PUTIN

Luis Giusti

Luis Giusti


LUIS E. GIUSTI L.
lgiusti@csis.org 

 

 

Las principales cuencas petrolíferas de Rusia han sido extensamente exploradas y puede considerarse que están en etapa de madurez. Actualmente 7 millones de B/D del total de 10,5 millones de B/D provienen de los 10 campos más importantes del país, los cuales ya han pasado su pico de producción y están en declinación. Aunque casi todos han experimentado un resurgimiento como resultado de nuevas actividades impulsadas por los altos precios petroleros, en general puede afirmarse que esos campos no regresarán a sus máximos niveles de producción. Y la pregunta importante es: ¿cuán rápida será esa declinación? Cuando el gobierno de Yeltsin terminaba a finales de los años noventa, el papel directo del Gobierno en la industria petrolera estaba en proceso de reducción. Rosneft era una pequeña entidad que custodiaba pequeñas operaciones en busca de inversionistas, y Gazprom, el monopolio estatal de gas natural, estaba sometido a presiones internacionales para desmontar su integración vertical. La llegada de Putin al poder cambió esa tendencia al asumir una participación estatal creciente en el petróleo y gas natural, y revertir buena parte de las privatizaciones de Yeltsin. Además, transformó a Rosneft en un gigante y consolidó la estructura de negocios de Gazprom.

 

En la medida en que la participación creciente del Estado se fue consolidando, también se fue reformando sutilmente la política oficial para la participación en Rusia de petroleras internacionales. Se definieron dos cursos de acción. El primero, asignar a multinacionales proyectos de alto costo y de complejidad técnica, preferiblemente remotos, como el caso de la isla Sakhalin, para los cuales las empresas rusas no tuvieran capacidad técnica ni financiera. El segundo se refería a un plan de restricciones progresivas a las multinacionales al asegurar que los proyectos asignados se ajustaran a un nuevo plan nacional. Fue así como se impusieron restricciones a ExxonMobil en su adquisición del 40% de Yukos, se frustraron las aspiraciones de Conoco de adquirir 20% de Lukoil y se modificó la posición de BP en la asociación TNK-BP.

 

Ahora bien, Rusia tiene reservas probadas de petróleo de 55.000 millones de barriles, cantidad que a su actual producción de 10.5 millones de bpd alcanzaría para 14 años.

 

Adicionalmente, tiene reservas probables de 32.000 millones de barriles, pero en sitios de alto riesgo y alto costo.

 

La futura situación no es alentadora, pues los buenos tiempos de precios en ascenso, producción estable e ingresos en aumento ha cambiado. Rusia afronta fuertes declinaciones en campos de importancia crucial, tales como Siberia Oriental, el Lejano Oriente y Siberia Occidental. Esa declinación ha hecho que el país se convierta en el segundo productor detrás de Arabia Saudita.

 

Rusia depende de sus hidrocarburos para 2/3 de sus ingresos de exportación, la mitad de su presupuesto federal y 20% de su PIB. Además, el balance de su presupuesto establece un impresionante precio petrolero promedio de 120 $/bbl. Frente a esta situación, resulta muy difícil que Putin pueda mantener el sistema político en equilibrio, e imposible que cumpla con el gasto de 320.000 millones de dólares que prometió en su campaña electoral. La única forma en que Rusia podría mantener la producción en 10,5 millones de bpd, sería con la explotación de las reservas del Ártico, calculadas en unos 100.000 millones de barriles. Pero eso necesitará inmensa participación de empresas y capitales internacionales. Rosneft necesita imperiosamente la participación de las “majors”. El Gobierno lo sabe bien, y por ello ya existen acuerdos de participación de la Exxon y la ENI, y se anticipa la llegada de Shell, Total, Chevron y Conoco.

 

Este reciente viraje responde pragmáticamente a los mejores intereses de Rusia, haciendo a un lado dogmatismos, pero su éxito dependerá de consistencia política en el largo plazo.

 

 

 

 
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