PELEAR HUYENDO

Américo Martin

Américo Martín
amermart@yahoo.com
@AmericoMartin 

 

 

I

 

            Los cambios de José Vicente siempre son bien pensados. Sus sugerencias y sus odios no tienen carga emocional, son “estratégicos”; es decir, partes integrantes de maniobras fríamente calculadas. Admiro mucho a Maquiavelo, quien refinó esa manera de privilegiar el objetivo por sobre consideraciones éticas o sentimentales. Fue de los primeros en conferirle a la Política el rango de ciencia autónoma, con campo,  leyes y procedimientos propios. Haberlo hecho en el remoto siglo XVI es un enorme aporte, con toda la desnudez ética que lo acompaña. Naturalmente, esta ciencia se fue humanizando. Y sin perder sus reglas básicas ya no es dada a aprobar que el fin justifique los medios, aunque cierto cinismo siga usando mentiras e inmoralidades para adornar el objetivo, que suele revestir con galas de gran causa revolucionaria.

 

José Vicente Rangel

           Disculpe pues José Vicente que lo tome como referencia para ilustrar lo que diré en adelante. En algunas ocasiones me pareció entrever que estaría inclinado al diálogo, incluso  enfrentando temerariamente la tesis del caudillo, según la cual con “la burguesía” no hay entendimiento posible. Esas ideas expuestas en su columna de La Verdad, postulaban que las dos partes debían reconocerse y dialogar porque el país de todos así lo necesita. Se puede decir eso circunstancialmente, pero el hombre volvió sobre el tema en unas diez ocasiones. Por supuesto, en la cultura del chavismo quien quiera mostrarse flexible en algo debe ser muy duro en lo demás. Pensé que José Vicente contaría con la inteligencia de los opositores para comprender semejante esguince.  Personalmente estuve dispuesto a explorar el alcance de lo que estaba diciendo. Pero observo que ahora marcha en una dirección distinta, tan fríamente determinada como su incipiente aperturismo.

 

II

 

            Sé que me asaltará el aforismo aquel de que cambiar es de sabios, no hacerlo, de necios. Comparto firmemente lo primero pero no necesariamente lo segundo. Hay cambios tan acrobáticos que no guardan la necesaria continuidad del hilo de Ariadna en el laberinto cretense. Cambiar de política o de opinión o de afectos puede ser efectivamente, de sabios. Tengo que citar en este momento un juicio sobre sí mismo vertido por el célebre Santiago Carrillo en el prólogo de sus Memorias.  El viejo jefe del comunismo español, hoy independiente, cambió varias veces durante su vida, pero es que España no cambió menos desde que Carrillo se hizo visible, ya antes de la Guerra Civil de 1936.

            Como fue uno de los promotores del eurocomunismo y después de la reconciliación de la adolorida España, le reprocharon sus golpes de timón, a lo que Carrillo respondió en el indicado prólogo: “Soy el que he sido. Incluso cuando cambié porque el mundo cambiaba, lo hice para seguir siendo el mismo” Posiblemente se refería a sus inclinaciones íntimas, no a sus posiciones ideológicas, que fueron rechazadas por la realidad

            Nada de esto tiene que hacer con los cambios que veo en José Vicente y que me traen a la memoria al Tancredi de Giacomo Tomasi de Lampedusa, cuando decía: si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie. En la novela el Gatopardo se producen cambios revolucionarios. Muchos desaparecen, Tancredi sobrevive. Y creo que José Vicente también. Déjenme aclarar que los Tancredi son útiles en los cambios tormentosos. Por eso no dirijo contra ellos condenas a priori.

 

III

 

       ¿Pero adónde va José Vicente en este momento? Creo que hasta el más prevenido sabe que en la disidencia está rotundamente instalada la vía electoral, pacífica y constitucional. Lo está por razones políticas y por convicciones principistas, que afortunadamente en este momento coinciden como nunca. La alternativa democrática existe con gran fuerza y visibilidad porque ha seguido esa ruta contra viento y marea. El ventajismo, la provocación de grupos de asalto, la amenaza de desconocimiento confesado por altos jefes militares. Todo era como para realentar el abstencionismo y así vencer por forteit. Ya nada de eso resulta. El gobierno sabe que el 7 de octubre se dirimirá con votos este asunto

      Pero ahí está el detalle. Parece claro que Chávez no puede parar a Capriles. Este ha comprendido que el intercambio de insultos sería contraproducente y se ha lanzado a una campaña que nadie esperaba, sobre todo Chávez… y José Vicente.

      Faltando dos largos meses, la confrontación entre un ágil gladiador que no se cansa ni se altera y un viejo bregador que se repite y no puede contenerse, favorece a Capriles. Como es de los pocos que piensa en esa acera, José Vicente se ha echado al hombro al zarandeado gobierno y con la audacia que lo caracteriza anima el coro de quienes aseguran que episodios como el de la cachucha encubren la soterrada voluntad golpista de la oposición. “Sabiéndose” perdedora necesita llamar al fraude como premisa de un golpe en el que intervendrían el imperio, la burguesía, la oligarquía, la derecha, la ultraderecha, Uribe y Obama.

      Argucia fantasmal. En las elecciones que ha perdido, la alternativa democrática ha aceptado su derrota pese a denunciar el ventajismo estructural del gobierno. No ha hecho, ni siquiera, lo que en México López Obrador, aliado poco confiable de Chávez.

      Pero además, Capriles crece todos los días y se perfila ganador. Supongamos que José Vicente aparente no creerlo. De todas maneras no podría dejar de reconocer la fuerte expansión del “enemigo”  Y si es inteligente, como parece, entenderá perfectamente que si una política lleva a la victoria, bien estúpido sería cambiarla, así como el gobierno hace pensar que si lo dejaran, pospondría las elecciones. El problema es que no lo dejen.

 

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