La Carlota de las maduras al verde


Faitha Nahmens

ESPECIAL PARA EL ABC DE LA SEMANA

El parque va. Tras una lucha de años esgrimida con los mejores argumentos, de la base aérea acotada en el medio de la ciudad saldrán los aviones para instalarse las guacamayas de colores. Un festín para la biodiveridad, un oasis para los caraqueños, una ocasión para repensar más allá de sus confines a la ciudad toda que celebró su aniversario con esperanzas de cambio. Caracas, la de los techos rojos, ve su futuro verde. Dos parques vecinos, con nombres de guerreros -Bolívar y Miranda- serán escenario de la paz.

 

Meca ciudadana y de ciudadanía, ejercicio tenaz y apremiante de participación vecinal, tabla de salvación de la Caracas carrasposa y acérrima, la conversión del, por ahora, aeropuerto en el parque La Carlota es, más que un punto a favor para los caraqueños, el inevitable e irreversible punto de partida de lo que será la ciudad. La democracia se da un respiro imaginando el reacomodo verde de aquellas más de cien hectáreas donde quedará, sin dudas, sembrada la convivencia. Y lo que se vislumbra, al cabo de varios años de forcejeo, cadenas humanas -Elías Santana a la cabeza-, debates, controversia y variopintas sugerencias para la humanización de la polis, el reordamiento de su faz y su operatividad, es la victoria. O 69 más bien, como diría convencido el arquitecto Marco Negrón, involucrado sin cortapisas con el sueño y “la larga marcha” que ha supuesto esta causa. Sesenta y nueve, porque tal es el número de ideas que se postularon en el concurso promovido por la Alcaldía Metropolitana para el diseño del futuro oasis caraqueño, suscritas por alrededor de 400 seseras treinteañeras en su mayoría, que, organizadas en equipos, se dieron a la tarea de repensar la ciudad anárquica y biodiversa, febril y exultante, caótica y seductora tan plena de potencialidades y tan posible en la que vivimos y morimos.

 

Epicentro para la conexión urbana entre el norte y el sur, y todos los puntos cardinales, oportunidad para hilar los parches y colocar bisagras entre los extravíos espaciales, limbos y laberintos que desarticulan y socavan la ciudad, caldo de cultivo para la paz y la seguridad desde el ir y venir a través suyo y sin tropiezos, La Carlota descolla como clara opción para la conexión sustentable; es la belleza servida en la ciudad de las despabiladas tetas y, al parecer, lagañosos estetas. Y sea cual sea el diseño de paisajismo que se seleccione de entre las tantas propuestas, será, eso sin duda, la pieza providencial del rompecabezas que traerá nuevos aires en medio de este sofoco. No. No es poca cosa. Pese al desdén absoluto -y absolutista- del multiministro Francisco Sesto, y con todo y concreteras, el concepto, señores, se concreta. No ha habido mejor noticia para celebrar el cumpleaños de Caracas, de entre los tantos eventos pautados en la apretada agenda de julio, que la de que hay esperanzas de parque, politizaciones aparte y consideraciones arquitectónicas mediante. La Carlota y la ciudad comienzan a enamorarse, los ríos embaulados podrían reaparecer como refrescantes argumentos para la comunicación ambiental y los confines entre la pista de aterrizaje y Caracas podrían desdibujarse en señal de libertad. Y es que si la ciudad merece otra Carlota, también La Carlota merece otra ciudad. Así que nada como saber que la realización del requerido pulmón derecho será un hecho.

 

Caracas, por lo demás, luce agradecida. Parece tocada por el encantamiento. Desmelenada y terca, violenta y amurallada, la ciudad del verde como seductor oficio y los hechos rojos en cada resquicio, asume su edad -445 contando de Diego de Losada para acá- tentada con la ilusión de futuro y a sabiendas de que ni la peor crisis ni el peor gobierno pueden desmontarla. De que esta hora aciaga de varios años pasará como le pasó la mala hora suya a Medellín, por ejemplo. Caribeña y caribeada, la ciudad parece que busca relanzarse y, como jura el sociólogo, articulista y caraqueñólogo Tulio Hernández, se empeña en encarnar el ave Fénix que renacerá de entre sus cenizas. La conciencia colectiva de civilidad, su remozamiento y el triunfo del buen hacer por encima de la anomia y la confusión lucen como prioridades inalcanzables en el rimero de gestiones pendientes. Pero para rescatar a Caracas no hay que partir de cero. Caracas está viva, pese a lo escandaloso de sus números rojos. Nunca como ahora había sido objeto de los mejores deseos, de enfocados pensamientos y esperanzados conciliábulos. Todo está escrito. Están listos los más esplendentes bocetos. Y La Carlota, convertida en el parque largamente soñado, es ya una pista de que la ciudad que viene vale la pena, y está cerca.

 

Ciudad para llevar

 

Mirelis Morales, periodista de Tu Zona Caracas, página de Ultimas Noticias hecha para urbanos inquietos, asegura que, en efecto, nunca antes la polis había estado tanto en la agenda como tópico ni había propiciado tantos debates: Caracas, la abandonada, la malquerida, y a punto de perder la franquicia de sucursal del cielo, se ubica en la mira pero de quienes buscan enmendarle la plana. Que como nunca antes surgen de entre las piedras -las piedras lanzadas en la escena picada en dos- numerosos grupos y colectivos desembarazados de la resaca de la polarización, entusiasmados en hacer de esta una ciudad para reencontrarse, ejercer ciudadanía, vivir.

 

Persuadidos de que hay que retomar la calle, esa en la que el hampa está enseñoreada y seguros de que atrincherados nos perdemos y nos negamos más, regresan a por el territorio confiscado, con paradas poéticas en las esquinas y debates sobre civilidad en librerías y museos, los de una sampablera por Caracas; cuando no hacen conciertos y performances sin previo aviso, en señal de pertenencia y resistencia, los creativos de Sincroniciudad; o trabajan en las comunidades a favor de la conciencia colectiva, y organizan concursos para la participación ciudadana en la solución de tal o cual entuerto, los de Por la Caracas posible; o promueven el uso de bicicletas para sortear el infierno del tránsito y convidar a los citadinos a salirse de esa cápsula humeante que es el carro los de Cicloguerrilla y Bicimamis; o hacen picnics nocturnos en aceras imposibles de cualquier avenida de la ciudad los de Ser Urbano; o elevan la voz a favor de un medio ambiente más sano, promoviendo el uso racional de recursos y el reciclaje, los de Ecoclick; o defienden a capa y espada al mitológico Ávila, ese protector a veces desprotegido, a veces ardiendo en llamas, ese parque nacional alguna vez considerado territorio urbanizable, los de una montaña de gente.

 

Las alcaldías, por su parte, leen el mensaje y actúan. Si la celebración del aniversario de la ciudad, aprovechando el delicioso clima, se reducía antes a una bonita fiesta de retreta y pumpás en la plaza histórica, de uno tiempo a esta parte se ha convertido en jaleo con orden y concierto. De un día de júbilo, como era rutina, la cumpleañera ciudad pasó a tener -como el año pasado- una semana aniversaria, y este 2012 fue todo un mes de actividades celebratorias para sentirla y sentirnos: talleres, conversatorios, performances, rutas gastronómicas en todos los municipios, conciertos en las plazas, proyección de películas al aire libre, funciones de teatro, exposiciones, pintura en extramuros y hasta la elección de la reina de Caracas, amén de que al cierre, el 25 de julio, se anunció -y distribuyó tanto como libraco impreso como en versión digital- el plan estratégico Caracas 20-20 para una ciudad cierta, de luz, de viandantes, divertida y vital: ahora es que comienza el festín. Antonio Ledezma, alcalde metropolitano, reunido con los representantes de todos los municipios -menos el alcalde de Libertador, invitado ausente-, en su puesto y sin presupuesto, llamó esta fiesta “la de la convivencia” y se comprometió, ante funcionarios, asesores de diferentes disciplinas, periodistas, políticos, arquitectos, urbanistas, colaboradores y curiosos a seguir, contra viento y marea, esta batalla de paz.

 

A Caracas los ticinco la tienen alborotada, pues. Ciudad de vientos alisios y aliados que la limpian desde el este, de enredaderas de todos colores tejidas entre las filosas alambradas del miedo -como las mira con fe la chef caraqueña María Fernanda Di Giacobbe-, se recompone coqueta. A la muerte y a la desolación las intenta espantar con solidaridad y conciencia la gente de Esperanza; a la hostilidad la intentan apaciguar los de No te engoriles; al viandante que va por aceras itinerantes -a veces están, a veces no- le describe propuestas peatonales, desde Caracas a pie, en El Nacional, Cheo Carvajal. Todos, sin embargo, tienen algo que decir sobre La Carlota, suerte de punto de encuentro y también de controversia en la ciudad de bandos y bandas. “Lo que se desea es una Caracas segura e integrada, donde La Carlota se constituiría como clave fundamental del Sistema de Espacios Públicos Metropolitanos de la capital”, dice la presentación en el portal propio por la que da la cara la defensora del patrimonio, la arquitecta Hannia Gómez, de Docomomo.

 

Porque La Carlota es un concepto verde que se riega con líquida fluidez en facebook, twitter y demás redes sociales. Hace poco, por unos días, pudo ser, según el insensato anuncio oficialista, una pista de carros de carrera fórmula uno -ganó la fórmula todos-, pero en un futuro cercano será, quién lo duda, cien o tantas hectáreas de felicidad como sea posible.

 

El gran hermano

 

Bueno pues. El caraqueño, sus tensiones desfogadas en el bucólico paisajismo urbano, podría tener, una magnífica visual verde parejo que cambiaría sin duda su crispada vida: la que va desde el Parque del Este, prosigue imponente a través del Parque La Carlota y descansa en la alfombra vegetal de vértigo del Ávila. Así lo pensó Roberto Burle Marx, el arquitecto y artista brasileño cuando diseñó a finales de los años cincuenta su proyecto dilecto y archirreconocido, en aquel espacio de 82 hectáreas: que en un ángulo de privilegio todos podríamos ver verde, desde el parque Rómulo Gallegos, así bautizado en enero de 1961 -después cambiaría a parque Rómulo Betancourt y luego a parque generalísimo Francisco de Miranda- hasta el vertical infinito. Persuadidos de las bondades de disfrutar de dos parques, de dos pulmones, de dos oasis, de doble felicidad, los caraqueños defienden, con razón y con pasión, la benéfica causa de La Carlota, a la vez que se las amañan para no perder de vista al especular y espectacular parque del Este, siempre colmado -de 6 mil visitantes pasó a recibir 270 mil por mes-, y el cual, por lo visto, es también territorio de tentaciones para el despropósito quehacer oficial.

 

 

Con estrafalarias decisiones, y sin tomar en consideración ordenanzas y acuerdos, han actuado desde el pragmatismo, afectando su condición original de parque contemplativo, suspira la presidenta el comité de usuarios y una de sus más consecuentes defensoras, la arquitecta Raquel Scharffenorth. Porque ¿para qué alterar lo excelso? Si acaso lo único que le ha sobrado al parque son las rejas, como a toda Caracas, ay. Lo cierto es que Scharffenorth haya desafortunada la ubicación, fuera de contexto, y sin sentido de las proporciones, de la réplica del buque Leander, ahí, en mero medio, y con fines acaso propagandísticos, seguramente económicos.

 

Eventos desafortunados y estropicios trajo la ocurrencia desde el comienzo, en julio 2008. Entonces tuvo lugar la más agresiva intervención que ha sufrido el Parque del Este en sus casi 50 años de existencia: una profunda excavación al sur del lago 9 que afectó plantas y narices. Para nada. Resultó un desaguisado, o más bien un guiso: según lo anunciado, se construirían un museo temático mirandino y subterráneo, tiendas y una sala de proyección dentro de lo que los vecinos llamaron el megahueco. Pues no se hicieron. Se invirtieron casi 20 millones de dólares que seguro beneficiarían a alguien -un botín para alguna bota- para que, luego de que toneladas y toneladas de tierra fueran extraídas de las entrañas del parque, volvieran a ser enterradas en aquel enlodado desliz.

 

Desde un cementerio de aeronaves militares hasta una concretera hay en los terrenos de La Carlota

Tapado el megahueco, encima fue colocada, como guinda, la mítica nave con que se pretende rendir tributo a la historia, aunque no: solo ha devenido razón de no poca histeria. Especialistas en patrimonio han protestado enérgicamente en contra de este proyecto que difiere, reiteran, del diseño previsto de llano jardín tropical, avalado mundialmente como obra de arte del paisajismo moderno. “Esta construcción implica un irrespeto a la declaratoria de bien patrimonial la cual protege al Parque desde 1998”, elevan sus voces. Porque la nave con sus 35 metros de eslora, y 8 de manga, y tres mástiles, además de parecer un barco encallado en orillas inesperadas e impropias, luce como un obstáculo visual, que es lo que es, amén de un capricho retórico. Los espacios construidos en puntos estratégicos no comprometen la beatífica visual -el fantástico Planetario Humboldt, por ejemplo- pero el Leander sí. “El Leander es un perjuicio contra un bien cultural, es una obra ajena al diseño originalmente planteado”, remata Scharffenorth.

 

Los amantes del parque del Este sostienen que este clon de algarrobo y teca hubiera quedado fantástico en La Vela de Coro, a donde llegó Miranda el 3 de agosto de 1806 con la bandera primigenia y sus afanes libertarios de estreno, y donde se hubiera podido hacer un parque temático, aprovechando las circunstancias turísticas de la zona. Pero es aquí donde funciona, como monumento al nacionalismo de obsesión.

 

Elías Jaua, el día en que el Leander fue presentado al público, el 12 de octubre de 2011, juró: “Todavía es necesario hacer justicia con relación a aquella masacre que comenzó un día como hoy, hace 519 años”. Entonces la emprendió contra la réplica de la Nao Santa María que, en efecto, había sido colocada allí, sin mucho ton ni mucho son, es cierto, en 1971 -un regalo que recibió la primera dama, Alicia Petri de Caldera, que creyó que junto al lago quedaría mejor que en la Fundación del Niño- hasta que, toda desportillada, en vez de ser eliminada, pues fue sustituida por el barco de marras “como icono de la independencia”, en el contexto de la celebración del Día de la Resistencia Indígena. Contexto que adornaron estos textos: ¿Cómo fue que por tanto tiempo se reverenció a quien trajo consigo el coloniaje? ¿Qué patriotismo es ese? !Nada menos venezolanista que rendirle homenajes a Colón el intervencionista! !Traición! !A Colón el tramposo, que le quitó los créditos y la recompensa por las tierras avistadas al bueno de Rodrigo de Triana, que le corten la cabeza! Que por fin se reconocía la materia pendiente. Y añadió: “Ahora sí decimos lo que la historia no nos había contado”.

Y acaso Francisco de Miranda -el parque con su nombre y el Leander con el nombre del buque con que navegó hasta estos lares y con el que bautizó a su hijo menor- de oír aquello habría quedado estupefacto. Hiperorganizado, de toda observación guardaba registro, no se habría sentido cómodo con la improvisación de la agenda -el quitipón de tierras, los cambios de proyecto, la ausencia de contraloría- y el disponer de tal dineral que se consumió -y se esfumó-; y en honor a esa historia no conocida -como diría Jaua- lo habría terminado de asombrar la supuesta reivindicación: Miranda es nada más y nada menos que el creador de la palabra Colombia con la que quería rendir !homenaje al navegante! Colombia, derivado de Colón, es el nombre con que quería llamar la unión de toda la América del Sur que se propuso libertar. ¿Cortarle la cabeza?

Así fue presentado el Leander al Parque del Este. Como vehículo para reforzar “la autoestima” vernácula. Ese día Jaua tampoco contó que Simón Bolívar y Francisco de Miranda se enemistaron pública y notoriamente tras la capitulación suscrita por el precursor de la independencia con Monteverde, en 1812. Que Bolívar, ni corto ni perezoso, lo entrega y que, al cabo de cuatro años de prisión en La Carraca, Miranda muere. “No, chica, no creo, no había oído eso jamás”, se asombraría la historiadora Inés Quintero ante la pregunta de que si es cierto que Bolívar, junto con otros mozalbetes furibundos, habría orinado a Miranda, su mentor e inspirador, por pura iracundia.

Lo que sí es cierto es que, tarde pero seguro, Bolívar cambiaría de parecer, y se expresaría de Miranda -inspirador de la Comunidad Europea- como “el más ilustre colombiano”. Intensa relación histórica, Miranda y Bolívar serían los nombres de los dos parques. Que la Carlota se llame como el Libertador no tendría por qué sorprender en esta hora simonónica.  

 

Ver dos verdes

 

El Parque del Este, algo descuidado, y per sé amado, aquí y en medio mundo, debería no solo continuar siendo la joya que es sino jamás dejar de brillar. Pronto hermanado y conectado al de la Carlota podría aprovecharse la entusiasta circunstancia del concurso para debatir acerca de que los dos tengan garantizada la sustentabilidad. Las ideas esbozadas para convertir el aeropuerto en reservorio de especies y territorio de vida -que otras alas lo sobrevuelen-, y las de la inminente la ligazón física y urbana entre el parque que está y el que viene, y de ambos con la ciudad, constituyen una oferta seductora para los caraqueños, así como un gran desafío para urbanistas y arquitectos, y un reto para los administradores y gerentes de la polis.

“Caracas cuesta 80 millones de dólares mensuales”, dice Francisco Paúl de Arepa -Arquitectura Espacio Paisajismo-, cuya idea de parque conquistó una mención especial el 22 de julio, cuando se anunciaron los finalistas del concurso. Concurso que es un hervidero de sueños, y en el que seguro este proyecto seguirá aportando chispas. “La idea es que el parque no sea una isla maravillosa, que ya la tenemos, y es el Parque del Este; la idea es que toda la ciudad se mantenga con su maravillosa biodiversidad, con una vialidad adaptada a la realidad, con seguridad, claro, con belleza…”, diserta. “La Carlota podría salirse hasta el Sambil y Los Ruices, y Caracas entrar a La Carlota”, acota Ignacio Cardona de Agua -Arquitectura Gestión Urbanismo y Ambiente- y asociado con Paúl es esto de repensar Caracas. “Que los parques no sean obstáculos en medio de las urbanizaciones sino oasis a los que accedemos caminando, encantados con sendos espacios reordenados…o mejor ¡con toda una ciudad reconsiderada, más verde, más amable… sin muros!”, dice. “¿Sabes que la suma de nuestros muros caraqueños resulta 8 mil kilómetros? Tanto o más que la muralla china”

 

Pasos por el parque

Así hace el recuento Marco Negrón: el concurso pretendió -y lo consiguió- abrir las puertas a equipos multidisciplinarios de todas partes del mundo, expertos urbanistas dispuestos a competir con el objetivo de producir la mejor idea de Parque, sostenible en lo ambiental, y también en lo económico, que respondiera a las expectativas de los habitantes de la ciudad, particularmente en materia de integración social y cultural. Varios foros públicos antecedieron a la entrega de los proyectos participantes y la selección de los finalistas: en mayo de 2008, “Caracas despega desde La Carlota”; en noviembre de 2007 y julio de 2010, en las salas del Trasnocho Cultural, la Fundación Centro de la Ciudad organizó sendos debates sobre el mismo tema; en diciembre de 2011, promovido por la FAU-UCV, el Instituto Metropolitano de Urbanismo y unas 60 organizaciones de la sociedad civil, tuvo lugar el foro “La Carlota, Parque Verde”. De este último surgió la recomendación de convocar un concurso de ideas para la transformación en parque de la Base Aérea, constituyéndose un grupo promotor integrado por profesionales, líderes comunitarios y el IMU, que se reunió durante varios meses en las sedes del Colegio de Arquitectos y de DoCoMoMo.

 

El tricolor mirandino

Está ahí en la mitad de la capital venezolana, a 880 metros sobre el nivel del mar, el remedo del Leander. Tiene el nombre del primer hijo de Francisco de Miranda: “Vela, Sally, por la salud y la educación de Leandro; trátale con dulzura y gravedad, de modo de inducirle a la sumisión sin quebrantar su ánimo y su vivacidad”, le escribe Miranda a su esposa. Político, periodista, diplomático y banquero, más inquieto sería Francisco, el menor de los Miranda Andrews, aun sin nacer cuando Miranda salió de Inglaterra; fue edecán de Simón Bolívar, y murió a los 25, involucrado con la causa libertaria que sedujo a su padre y a su protector, luego de salir vivo de un duelo al que fue convocado por romperle un frasco de perfume al embajador holandés.

Lo cierto es que con contribuciones de solidarios de la causa de la independencia, Miranda compra el buque en Estados Unidos -de contrabandear en los siete mares venía el buque- y se hace a la mar. Llega a Haití e iza el pabellón tricolor el 12 de marzo por primera vez: “Juro ser fiel al libre pueblo de Sur América, independiente de España, y servirle honesta y lealmente contra sus enemigos y opositores” (Betancourt escoge la fecha como día de la bandera). Y de ahí a Ocumare de la Costa, el 28 de abril -el día de su cumpleaños- donde es derrotado. Mas, vuelve y el 3 de agosto de 1806, iza por primera vez nuestra bandera en territorio venezolano, en La Vela de Coro (y Chávez preferirá esta fecha como día de la bandera).

 

 
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