LA INDUSTRIA DE LA FANTASIA

Alex Capriles M.

 

AXEL CAPRILES M.
acaprile@ucab.edu.ve 

 

Cada día hay un mayor número de personas que vive y trabaja para viajar

 

Desde que tengo uso de razón he escuchado mencionar el portento de nuestro clima y variedad geográfica y el potencial turístico de nuestro país. Como esos talentos prematuros que nunca llegan a manifestarse, la capacidad turística de Venezuela nunca se ha hecho realidad. La cultura rentística del petróleo es enemiga jurada del turismo. Sólo algunos países del Golfo Pérsico han sembrado el turismo de eventos con grandes inyecciones de gasto público, pero en una nación petrolera como la nuestra, es cuesta arriba que otros sectores productivos prosperen. La industria de la fantasía y el ocio, sin embargo, podría ser uno de los instrumentos para la transformación de la mentalidad minera. Y ello porque implica cambios en actitudes colectivas muy arraigadas. En Venezuela, el servicio se experimenta como humillación, significa rebajarse frente a otro. Contrario al pueblo mexicano que ha conformado una sólida industria de servicios turísticos, el bravo pueblo venezolano no puede estar al servicio de otro. El turismo, no obstante, es considerado uno de los sectores económicos más ágiles para el logro del desarrollo sostenible y la atenuación de la pobreza.

 

Cada día hay un mayor número de personas que vive y trabaja para viajar. El turismo emplea una de cada 12 personas en edad laboral en el mundo y produce el 5% de PIB mundial. En el año 2011 se registraron 980 millones de llegadas internacionales y en el 2012 se superará ampliamente los mil millones. Esta movilidad de la población tiene consecuencias importantes para el cambio de la mentalidad colectiva. Impacta las nociones fijas de identidad y despierta la consciencia sobre las diferencias individuales. Es un llamado a la pluralidad y a la diversidad, nociones tan reñidas con el trasnochado nacionalismo del socialismo bolivariano. La industria de la fantasía no sólo exige libertades sino que además promueve el desarrollo de virtudes públicas que fuimos perdiendo por el uso político del resentimiento: la hospitalidad, la simpatía, la empatía.

 

 
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