VERDADES Y MENTIRAS PROMISCUAS

 

Carlos Blanco

CARLOS BLANCO
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“Hay dos CNE: Uno, el que ustedes controlan, y el otro es Dilma Rouseff”, le dije

 

El capitán de la Armada me dice que Dolores me espera; aunque “llegó muy temprano, doctor”, se queja. Efectivamente, a esta instalación naval hay que llegar al amanecer para atajar los colores antes que se desgasten con el día. Me instalo en el borde de una piscina que ingrávida casi flota sobre el mar que está más allá. Cielo de marineros libres, arena rosada y unas olas mínimas que rugen como bestias pequeñas y peligrosas. Llegar con más de una hora de anticipación a la cita con la camarada Dolores depara placideces inesperadas, sonidos tenues de volúmenes oceánicos inimaginables, y antes que nada el espectáculo del amanecer de esta Venus criolla: la valquiria roja, ahora con matices rosados de morena atrevida, emerge de las olas con el perfil imprudente de quien pide batalla por todos los flancos y se dispone a deslumbrar. Brota del mar como diosa y su perfil habla de vanguardias osadas y retaguardias acogedoras; cuando finalmente las espumas se transforman en mujer poderosa, hace el ademán del saludo militar y corre a mi encuentro. Agua salada que me resbala como si fuera agua bendita preventiva, para limpiar futuros pecados.

 

Se nota de talante alegre, diferente al encuentro reciente. Distingo a una decena de metros al Almirante que al pasar había saludado y encuentro que le disgusta mi presencia, no alcanzo a saber si es por razones ideológicas o por las atenciones que la camarada me prodiga. Pareciera que Dolores quiere provocar celos y condenar al Tártaro terrenal a los fascinados por su presencia. Nos da la espalda mientras se despoja del mar que la ha abrazado y alcanzamos a ver, extasiados, el andamio robusto que la sostiene hasta que se pierde en sus valles.

 

-Te quería ver para despojar la tristeza que nos rodeó en el último encuentro y para evaluar contigo situaciones posibles… Al menos un sector de ustedes se equivocó y puso todos sus huevos de codorniz con catarro en la muerte de Hugo y están desmoralizados por esa apuesta.

 

-Tú sabes que muchos no caímos en ese juego pero es una situación que cualquier análisis debe considerar.

 

-Sí, pero una cosa es analizar las consecuencias de los malestares de Hugo y otra apostar a resolver el problema que ustedes -no el país, por cierto- tienen con su desaparición. Sí; está enfermo; muy enfermo, pero ya no está asustado; sabe que se puede morir pero se ha impuesto una tarea que lo ha moralizado como no tienes idea.

 

-No dudo que se ha recuperado o que lo parece parcialmente, pero no puede hacer campaña, el contraste con Capriles es muy fuerte- le digo como quien pone sobre la mesa lo obvio.

 

-¿Tú crees que un hombre joven y atlético en caimaneras suscita más interés que un sufriente que se entrega a una causa? Ustedes no entienden a Venezuela, predica mientras sonríe y rompe filas para pasar a los corredores de la Casa.

 

DILMA VS. TIBISAY

 

A pesar de la parquedad que advertí en el mensaje de Capriles a la Fuerza Armada, le comunico a la camarada que mis informaciones que dicen que cayó muy bien. Además -le señalo porque lo sé- hay un nuevo tema con el candidato opositor que es la sintonía generacional con capitanes, mayores, comandantes y coroneles. Me objeta con su sonrisa suculenta: no hay acción militar posible contra el Alto Mando; no hay acción militar posible sin generales y almirantes.

 

-La historia contradice lo que afirmas, enfatizo.

 

-Ni Isaías Medina, ni Pérez Jiménez, ni Carlos Andrés Pérez estaban dispuestos a liquidar físicamente a los insurrectos y por eso cayeron; en cambio, Rómulo Betancourt y Hugo Chávez, sí; por eso no tumbaron a aquel ni tumban a éste.

 

Vuelvo a la carga -Si Capriles gana se sabrá en el curso del día y ustedes no podrán reaccionar contra la voluntad del electorado.

 

-Te equivocas: ganaremos con votos; pero si ustedes no ganan con 15 puntos arriba no ganan- dice altiva.

 

-Quien se equivoca eres tú. Con un solo voto arriba la oposición hará respetar el resultado…

 

-Lo que diga el CNE será santa palabra- dice para terminar con su mohín encantador, de dientes que intentan morder, como si fuese una guayaba madura, el labio inferior.

 

-No estés tan confiada. Hay dos CNE: uno, el que ustedes controlan; el otro, no lo vas a creer -le indico, haciéndole un paréntesis largo para suscitar su interés- El otro es Dilma Rouseff; si Dilma dice que Chávez no ganó y que ganó Capriles, habrá ganado Capriles.

 

La camarada queda absorta, repitiendo en voz baja “Dilma… Dilma… “ Le digo que Dilma no es Lula, atrabiliario e ideológico; ella se aleja de Chávez, como ha dicho, principalmente por “razones estéticas y éticas”. Lo que Dilma diga inclinará la balanza internacional.

 

EL MIEDO A LA LIBERTAD

 

A estas alturas, después de haberla dejado por un rato bajo el sol con aquellas piernas centelleantes de mediodía y en el esfuerzo de digerir mi estocada brasilera, Dolores procede a ordenar dos vodka-Martini. Al recuperar el habla me indica lo contraproducente, según su criterio, de la campaña opositora: “Ustedes están atrapados en un galimatías insoluble, porque para dar certezas dicen que van a hacer lo que Hugo ya hace, lo cual representa dos problemas de estrategia muy serios”. Como esta vez la estocada la siento yo, continúa: “Si van a hacer lo que Hugo hace, ¿para qué cambiarlo? Además lo dicen para conquistar chavistas a los que le ofrecen… más de lo mismo, lo que Hugo ya les da a ellos aunque no se los dé a los escuálidos”. E insiste: “El asunto más serio es que muchos -incluidos antichavistas- temen más a un futuro caótico sin Hugo que a uno de restricciones que ya son conocidas, con él”.

 

-Es que ustedes funcionan con el miedo; sólo saben apelar a la amenaza para lograr lealtades- sostengo, como quien dice algo irrebatible.

 

Dolores me acerca la cara, casi rozándome y hasta el punto que podía sentir el aroma marinero que de su cuerpo emanaba, me lanza: “La oposición no hace sino equivocarse. Hay miedo de empleados públicos y beneficiarios de misiones en relación con el voto; totalmente injustificado porque la verdad es que no hay manera de saber por quién vota alguien”. Y prosigue: “El miedo más terrible es el que la oposición ha creado: el miedo a lo que vendrá. Ustedes han creado, sin percatarse, el miedo a ustedes; nadie entiende que quieran cambiar a Hugo para seguir haciendo lo que él hace, por lo tanto esconden sus verdaderas intenciones y el país lo siente”.

 

Viene el Almirante en su moto de arena. Apenas lo ve, Dolores salta de la tumbona donde se deja abrasar desde la corona solar para perderse en las arenas rosadas con su peculiar compañía, quien ya no se ocupa de estrategias navales sino de fascinar a quien piensa es el camino directo y secreto a Hugo. Veo a Dolores la roja, alejarse para luego embridar su moto y su almirante. Ambos maquinalmente dóciles.

 

 

 

 

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