ALUCINACIONES GUERRERAS

Américo Martin

Desde la cima del Ávila
Américo Martín
mermart@yahoo.com
@AmericoMartin 

Todos los comunistas tienen que comprender esta verdad: “El Poder nace del fusil”   Mao Zedong 1938

 

I

 

            Nació en una época que no le viene. Venezuela alcanzó su independencia hace 191 años y desde el fin de la guerra civil con la derrota de la revolución libertadora en noviembre de 1902, no volvió a ser víctima de conflictos armados internos. Son 110 años sin matanzas masivas. Por supuesto, no siempre han sido tiempos bucólicos. Largas dictaduras, torturas, cárceles y asesinatos alternándose con fecundos años de convivencia. Pero así y todo hay que ver lo que significa la paz. Tampoco se enredó Venezuela, desde la batalla de Ayacucho, en guerras con otros países, ni sufrió invasiones imperiales como las soportadas por México, Centroamérica y el Caribe. A Jóvito Villalba le escuché decir que Venezuela había sido el primer país en la lucha por la Emancipación y el último en los enfrentamientos armados contra otras naciones americanas o de cualquier parte del mundo.

Mao Zedong

 

           Valga ese introito para explicar por qué no hay ánimo bélico en los venezolanos y en cambio sí mucho escepticismo cuando se les dice que está en marcha alguna extravagante invasión foránea contra nuestro territorio. En su diatriba con Uribe, Chávez lanzó sus blindados contra el vecino quien por cierto no se dio por aludido, y mejor así. Es preferible no acordarse del desenlace.

No duró mucho, sin embargo, el toque de reflexión provocado por aquella desgracia. El presidente se ha sumergido de nuevo en la atmósfera de la guerra del pueblo, en la que no creen ni sus cercanos colaboradores, así estén obligados a corear lo contrario. Sus obsesiones no le dejan ver la total indiferencia del pueblo a sus arrebatos guerreros.

 

II

 

Pero agreguemos que ahora no se trata únicamente de obsesiones. Las elecciones del 7 de octubre han sorprendido al presidente y a sus confiados seguidores. Capriles crece como la levadura, Chávez se estanca y ahora su bombástico continuismo está cerca del naufragio. Como a más de un mes de los comicios muchos cambios pueden sobrevenir, tiene significado lo que hagan las fuerzas enfrentadas. A Chávez, obviamente le conviene la apertura que ciertamente ha intentado hacia la clase media, pero su historia conspira contra él. Por eso han vuelto los tambores de guerra, las sospechas maliciosas vertidas contra Capriles y la alternativa democrática. Desde el poder vuelve a deslizarse la falacia de la desestabilización.

Por desgracia el episodio del “mercenario magnicida” dejó en ridículo al presidente y desacreditó estas maniobras. ¿Qué hacer entonces? Apelar al apocalipsis, volver a predicar que un triunfo de Capriles desataría la guerra contra el imperio. Un choque, ya se indica antes, que no siente nadie, salvo el angustiado mandatario. En su sesera por supuesto lo que baila es una guerra popular como la que le dio la victoria a países débiles contra imperios superarmados. China y Vietnam resumieron los perfiles de semejante experiencia que, a juicio del presidente, podría extenderse a la tranquila Venezuela. El caso es que esos países no habían salido de una contienda para entrar en otra. Venían de una milenaria confrontación contra invasores de sus territorios y cuando iniciaron las guerras populares contra los imperios japonés y francés tenían los soldados extranjeros en su propio territorio.

Por eso el victorioso general vietnamita Vo Guyen Giap declaró que “los colonialistas se habían enemistado con la nación vietnamita, y esta nación se alzó contra ellos. El factor nacional fue lo pri­mordial”

Es exactamente eso, el problema nacional, lo que no juega en el caso venezolano. No sufrimos la presencia de tropas extranjeras como las que menudearon en Asia sur oriental. No se siente que la guerra contra la bota imperial tenga que ver con nosotros.

 

III

 

Es demencial trasladar esas desgarradoras realidades a la nuestra. Ni la ALBA se ha hecho eco de la fantasía de la invasión. No tiene asidero algo tan volcánico como una carnicería colectiva solo para complacer el narcisismo de un hombre. Se entiende por supuesto la razón de la intermitencia de esas pulsiones violentas. Tan pronto las invoca el presidente, levantando una pasajera polvareda, como las deja de lado para enfocarse en otros asuntos.

Lo gracioso es que la famosa “guerra del pueblo” también tiene un linaje profundamente militarista e imperial. Diez años antes del nacimiento de Mao Zedong y siete antes del de Ho Chi Minh,  el general prusiano Colman von der Goltz escribió “La Nación en Armas”. Sería dable resumir su contenido de esta manera: una nación debe movilizar todos sus recursos humanos, económicos e ideológicos, para imponerse en un enfrentamiento bélico moderno. Es la quintaesencia del militarismo. Un país debe estar siempre preparado para el combate. Decir esto equivale a educar al mundo civil en el negocio de las armas: niños, mujeres, ancianos, inválidos, todos deben estar dispuestos a empuñarlas. El adiestramiento ha de ser permanente. ¿No recuerda esa teoría muchas de las palabras y decisiones que vierte la sedicente revolución bolivariana?

Es “la guerra de todo el pueblo” en versión asumida con entusiasmo por Hitler y luego por Juan Domingo Perón, un rendido admirador de los nazis. Cuando el presidente Chávez cree ser continuador de los dos comunistas asiáticos, pudiera serlo más bien del ideólogo militar de los nazis. Pero entendámonos: no lo será de ninguno de ellos. Sus aspavientos son aletazos en el aire

De cara a las elecciones de octubre las pomposas milicias territoriales, los grupos armados y generales del entorno no podrán contra un pueblo dispuesto a cuidar su victoria.

Al final son humo, oquedad, vacío, nada.

 

Artículos relacionados

Top