DAÑAR LA PERSONALIDAD

Rodolfo Izaguirre

Rodolfo Izaguirre

 

Rodolfo Izaguirre
izaguirreblanco@gmail.com 

 

Se dice que cuando el cansancio nos domina es conveniente expresarlo a gritos, o sea, sacarlo de uno mismo pero acompañado de palabras consideradas gruesas o vulgares.

 

No estoy seguro de que semejante receta terapéutica haya ganado seguidores; al menos, no en la comunidad donde vivo porque jamás he escuchado a los vecinos extirpar a gritos el agobio y el desaliento que pesa sobre el país bolivariano.

 

De ser así, debería escucharse con frecuencia una algarabía en los balcones exigiendo a la autocracia militar que deje de envenenarnos el alma. Es de presumir que guardamos otro clamor para el 7 de octubre cuando se abrirán a los venezolanos nuevos caminos.

 

En todo caso, pude practicarlo en mí mismo la vez que me sentí desfallecer en el Ávila cuando quise llegar hasta la Silla de Caracas, sentarme en el Pico Oriental al pie de la Cruz de los Palmeros, ver el mar Caribe bajo un cielo de azul inmensidad y sin moverme, con sólo girar la cabeza, admirar a la Caracas que Oviedo y Baños y luego el fervor popular convirtieron en “la sucursal” de ese mismo cielo superando la publicidad radial que hizo famosa a la sastrería La Imperial, de José Chacho, y que escuché en mi infancia asociada al “Capriccio italiano” de Tchaikovsky: “¡La Imperial, el imperio de las sastrerías!”, y la voz del locutor agregaba una absurda, orgullosa y contundente afirmación: “¡Y no tiene sucursal!”.

 

Los sábados emprendía por Sabas Nieves el ascenso a la Silla de Caracas. De hecho, fueron varias las veces que estuve junto a la Cruz restaurando fuerzas con sorbos de agua y puñados de granola y fueron varias también las veces que se apoderó de mí un frenesí ambulatorio que me hacía recorrer la cresta de la montaña, alcanzar el hotel Humboldt y bajar por allí hasta Maripérez, tomar un taxi y rescatar mi automóvil que había estacionado temprano en la mañana en Altamira. Por lo general, subía siempre solo y era raro encontrar a alguien subiendo o bajando por el estrecho camino.

 

Un día se aferró a mis piernas un cansancio tan extremo que me impidió dar un paso más.

 

Me senté en un recodo y vino en mi auxilio el consejo de los gritos y maldiciones que aliviarían la fatiga del caminante que fui sin hacer camino al andar.

 

Y comencé a gritar: “¡¿Quién me mandó a meterme en esta maldita montaña?!”.

 

Y en medio del mágico silencio del lugar ensarté injurias, blasfemias y vulgaridades de todo color, naturaleza y densidad y sentí de pronto que alguien me observaba: que algo se movía un poco más arriba en el camino y apareció una pareja aterrorizada al toparse con este ser endemoniado pegando lecos y la chica espantada que repetía con voz temblorosa: ¡Jorge, Jorge!, ¿estás ahí, mi amor?, para que yo supiera que en caso extremo ella tenía quien la defendiera. Pasaron a mi lado, sin verme, esquivándome como un vértigo, esto es, con un apresuramiento anormal y se perdieron a la carrera en el camino de bajada.

 

Cuando me repuse de la vergüenza y logré recuperar las fuerzas ya había desertado mi entusiasmo por llegar a la cumbre y comencé también a bajar sin la aceleración de la aterrorizada pareja. La gente en Sabas Nieves se veía nerviosa y se notaba allí una animación desacostumbrada. Alguien me informó que un loco andaba suelto en la montaña gritando insolencias y amenazando a todo el que veía; pero que, afortunadamente, ya se había alertado a Inparques y la policía y unos enfermeros del psiquiátrico estaban llegando para amarrarlo y, de ser necesario, ¡ponerle la camisa de fuerza! Sin mirar a nadie terminé de bajar. ¡Fue la última vez que subí a la montaña! No quería encontrarme con un loco gritando obscenidades en cualquier vuelta del camino.

  

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