ME ATREVO A IMAGINAR

Leonardo Padrón

Leonardo Padrón

 

Me cuesta entender a aquellos creadores que no opinan, no toman posición, y prefieren ocultarse detrás de la confortable frase que reza: “Yo me debo a mi público”

 

Todo artista es, por definición, el antipoder.

 

El humor escrito de Laureano Márquez una vez fue severamente multado por el gobierno.

Suele disentir, cuestionar, proponer. Es la contravía del statu quo. Históricamente, cada vez que el Estado intenta apropiarse del sistema cultural, las articulaciones internas de la libertad crujen. Se activa, entonces, el forcejeo, la resistencia.

 

Pienso, con León Blum, que el hombre libre es el que no teme ir hasta el final de sus pensamientos. Al poder lo inquietan los creadores. La transgresión no puede dormir en la misma cama con la censura. La irreverencia no conoce sumisión posible. La imaginación no acepta ser uniformada.

 

Escribir lo que quieras. Decir lo que piensas. Son frases tan breves y a la vez tan poderosas. Me atrevo a redondear mis apetencias: Quiero, por ejemplo, trabajar en una televisión que no viva intimidada por el poder. Quiero escribir historias que puedan cuestionar la realidad sin temor a cierres o represalias. Quiero garabatear personajes cotidianos, olorosos a Metro y tardanza, quejándose por algún desatino del país.

 

Quiero olvidar una pandemia llamada autocensura. Quiero un sistema de creación que no dependa de los subsidios del Estado. Quiero un país donde los libros sean prioridad y no lujo. Quiero contemplar en cadena sólo uniformes de beisbol y vinotinto. Quiero desintoxicarme de encantadores de serpientes.

 

Por eso, me cuesta entender a aquellos creadores que no opinan, no toman posición, y prefieren ocultarse detrás de la confortable frase que reza: “Yo me debo a mi público”. Y pregunto: ¿No nos debemos también al país y su infamante lista de cadáveres diarios? ¿Al país y la tinta de odio que lo surca? ¿Al país y su larga legión de expropiados, damnificados, exiliados, presos, humillados y excluidos? Muchos artistas esconden el desencanto tras el biombo de la apolítica. Bajan apurados al sótano de los silencios oportunos. Otros se hacen dúctiles, maleables. Yo he visto a muchos clausurar su queja por miedo, mudar de piel por interés, o dar zancadas largas con pasaporte en mano.

 

A pesar que Leonardo Padrón denunció el hackeo de su cuenta de twitter y correos electrónicos, el caso nunca fue investigado.

Creo que todo artista debe ser voz de su tribu. Decía Albert Camus que “el papel del escritor no puede estar al servicio de los que hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Y la nobleza de nuestro oficio estará siempre en dos arduos compromisos: la negativa a mentir y la resistencia a la opresión”.

 

Por eso imagino ser un escritor sin una Ley Resorte que ofenda la naturaleza de mi oficio. Imagino escribir sin un censor que decida los parlamentos que deben ser purgados de mis cuartillas. Imagino ser un escritor que exprese sus opiniones en Twitter, o donde me ocurran las ganas, sin que un comando de hackers a sueldo silencie mi voz y desfalque mi correspondencia personal.

 

Imagino decir “esto pienso” sin ser insultado por un siniestro anfitrión del canal de todos los venezolanos. Imagino ver las caricaturas de Zapata, Rayma, Weil o Edo sin temer su juicio por traición a la patria.

 

Leer a Laureano Márquez sin gastar dinero para reunir el monto de su próxima multa.

 

Ir a las ferias de libros gubernamentales y conseguir textos de múltiples ideologías y tendencias. Imagino sentir que en mi país la cultura se ejerce con el sentido totalizador que ella implica y no con el espíritu totalitario y excluyente que hoy la regenta. Imagino dejar de recibir advertencias, ultimátums, amenazas.

 

La premisa es no convertirnos en gente que está, como diría la poeta Szymborska, “envenenada por la indiferencia”.

 

Convertirnos en silencio ante la impunidad nos hace cómplices. Ser indiferentes ante la corrupción nos hace cómplices. No pelear por la vida ante la cultura de la muerte nos hace cómplices. Hay tanto silencio acumulado. Hay tanto escurrirse por el fondo. Tanto desvío de la mirada. En términos morales, quedarnos callados es un traje demasiado bochornoso.

 

Debemos inventar, insisto en Camus, una paz que no sea la de la servidumbre. Felizmente, hay un camino, pero esa ruta nos necesita a todos, nos pide coraje y actitud. Toca, en estos tiempos decisivos, refundar el país. Me atrevo, entonces, a pensar que ser libres es la mejor obra que podemos construir. Me atrevo a imaginar.

 

@elnacional

 
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