¿PERDIO SU GENIO?

Victor Maldonado C.

Víctor Maldonado C.
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Cuando todo esto comenzó buena parte de la inteligencia nacional decía, entre sorprendida y maravillada, que Chávez exhibía una lucidez y una velocidad para tomar la iniciativa que no tenía parangón con ninguno de sus competidores. Algunos hicieron tesis sobre la forma de hacer política del caudillo, equiparándola con la blitzkrieg que instrumentaron los nazis para hacer y ganar sus guerras. Algunos decían que la rapidez, la imposibilidad de prever su próxima jugada y ese gusto por el riesgo y esa forma de apostarlo todo le habían dado el poderío que luego volcó sobre la sociedad civil con la intención de aplastarla definitivamente.

A mi esa tendencia de la opinión pública siempre me pareció exagerada y errada. De esa primera aproximación a sus cualidades carismáticas se generaron posiciones y estrategias políticas también equivocadas. Dos son, tal vez, las más importantes. La primera de ellas decía que no había que tocar la imagen sacrosanta del caudillo, lo que imposibilitó que se pudiera hacer una campaña consistente contra su gobierno y toda la responsabilidad que él tenía en sus resultados. La segunda, que la política y los políticos no podían hacer nada contra ese coloso. Que la política era causa y consecuencia de tanto oprobio y que había que intentar otras formas de alterar el curso de nuestra propia historia.

Afortunadamente estamos de regreso de todas esas monsergas. Los cultores de esas falsas premisas están ahora contra la pared del escrutinio público. Esos encuestadores devenidos en pitonisas están siendo desenmascarados, y todo ese mundo de la antipolítica está bajando al basurero de la historia, de donde nunca debió salir. Mientras tanto, la trayectoria del líder de este convulso proceso está llegando a su ocaso con más errores que aciertos. En la política lo que importa es la tendencia. Y la verdad sea dicha, por más que uno le ponga la lupa “perdonavidas” a este período, no hay forma de salvar su resultado. No hay obras sino promesas. Vivimos de lo que construimos hasta hace treinta años, y hemos perdido los últimos veinte en ese ambiente confuso y violento que nos impuso el discurso resentido del que ahora es presidente. Pero sobre todo luego de catorce años nadie se llama a engaños. Esa tendencia no va a cambiar. Está condenada a su propia inercia, esa que deja que los puentes colapsen mientras se acelera el endeudamiento y se promete la salvación del planeta. Es precisamente esa mezcla incomprensible de realidades insalvables y promesas inconcebibles lo que nos hace pensar que el acto está por concluir. Porque nadie le cree.

Napoleón Bonaparte decía que hacer la guerra tenía una edad propicia. Él mismo, avejentado se atrevió a la campaña contra Rusia sin preguntarle a su cuerpo cuan capaz seguía siendo para aguantar esos trajines y la presión de las decisiones en las que se perdían decenas de miles de vidas con cada equivocación. En esa misma época cayó en cuenta la salud era una condición indispensable para comandar un ejército y poder imperar sobre su pueblo. Tampoco la tenía. Era un hombre enfermo. Ya no era el mismo joven audaz y rápido que escaló hasta coronarse él mismo como emperador. Ahora era un hombre vacilante y temeroso que había perdido contacto con la realidad y ascendencia sobre sus hombres. Terminó siendo un hombre extraño a todos, huraño y cruel. Su ambición cayó presa del invierno ruso con los resultados que todos conocemos. Fue su codicia la que lo condenó sin que sus lugartenientes se atrevieran a contradecirle ninguno de los errores gruesos que cometió en el transcurso.

A Napoleón le costó reconocer que su salud y la vejez le impedían continuar sus sueños de conquistado

Pues bien, ni edad ni salud. Rozando los sesenta años luce envejecido y repetitivo. Los mismos cuentos, los mismos chistes, la misma gente. Chávez dirige un gobierno que ha sido incapaz de renovarse y él mismo es un caso perdido de anacronismos y malas decisiones que ahora tiene que pagar de su caudal electoral que le está pasando factura sin que él pueda reaccionar.

Ya no es el conductor implacable de hace una década; parece su propia mascarada, negado al paso del tiempo, cabello pintado y viejas consignas que no consigue renovar. ¿Perdió el genio? Nunca estuve claro de que lo tuviera, pero ahora estoy seguro que ya no lo tiene. Porque el genio no es otra cosa que la capacidad para obtener triunfos sorprendentes, para acertar y no equivocarse, para apostar con riesgo y aun así ganar la partida. Nada de eso exhibe. Él se ha conformado con ser su propia mentira y regodearse con ese universo fantástico en el que reina conjuntamente con Fidel sobre un mundo que es feliz precisamente porque ellos están al frente. Pero las cosas no son así. La realidad es que el puente de Cúpira colapsó, tal vez porque no pudo soportar otra promesa más.

 

 
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