Aquella Paraguaná

Manuel Felipe Sierra

Fábula Cotidiana
Manuel Felipe Sierra
manuelfsierra@yahoo.com
@manuelfsierra 

 

Los vientos alisios se baten sobre los cujíes y despejan la lejanía. En 1527 el adelantado Juan de Ampíes y el cacique Manaure se encuentran en Todariquiva, junto a unas chozas dispersas y estremecidas por la furia de la brisa. El poblado que entonces nacía debería llamarse Coro porque en el dialecto de los caquetíos esa palabra significaba, “lugar de los vientos”. Con el tiempo brotarían casas de bahareque en un desierto castigado por el zumbido de las olas.

 

Seguramente, por ello el paraguanero fue siempre un hombre recio, áspero y en lucha contra una geografía hostil. Arturo Uslar Pietri solía contar un episodio transmitido por generaciones. Unos marinos naufragaron en las costas de la Península y uno de ellos logró alcanzar un pedazo de tierra. Inició una marcha que le parecía interminable con una vastedad marrón como único horizonte. Casi sin aliento llegó a una casa, tocó la puerta y lo recibió un anciano que al verlo a punto de desfallecer le ofreció un poco de agua. Ya repuesto el sobreviviente le preguntó asombrado: ¿Qué se cultiva en estas tierras? Ajustándose el sombrero el vecino contestó: “hombres, hombres…”. Es conocido también que Juan Vicente Gómez para sus travesías guerreras prefería a los soldados paraguaneros “porque ellos saben aguantar la sed”.

 

Todo habría de cambiar en 1946 cuando en la casa Villa Zurca en la parte occidental de la Península comenzaron los trabajos de la refinería Amuay, de la Creole Petroleum Corporation. En el otro extremo, en Punta Cardón la Shell de Venezuela levantaba otra refinería. La Junta Revolucionaria de Gobierno de Rómulo Betancourt, en cumplimiento de una vieja promesa impuso a las compañías petroleras la obligación de refinar el crudo en territorio venezolano. En los años veinte al comienzo de la explotación en el Lago de Maracaibo y las zonas cercanas, el petróleo era refinado en Aruba y Curacao, porque además de razones comerciales para las empresas, Juan Vicente Gómez temía a la concentración de trabajadores (ya eran 10 mil en esa época) que pudieran contaminarse con la ideas comunistas.

 

En 1950 el petróleo zuliano comenzó a ser procesado en Paraguaná en las dos refinerías, una zona estratégica para la exportación hacia los mercados de consumo y lo que además habría de reportar mayores ingresos al fisco nacional. Si el señuelo de la exploración petrolera había desplazado años antes gruesos contingentes hacía las tierras zulianas, el nuevo éxodo hacia Paraguaná aseguraba la posibilidad del empleo con remuneraciones mayores que las que ofrecía la agricultura y el comercio.

 

A los pocos meses,  Carirubana, Punta Cardón, Las Piedras y Los Taques confluían en el nacimiento de una ciudad aluvial, vibrante y caótica que daría rápidamente un salto al progreso. Alí Brett Martínez, escritor y trabajador petrolero él, cuenta en “Aquella Paraguaná” la epopeya del petróleo y el desierto. Las caravanas de hombres venidos de todo el país que se atascaban en los médanos; la plaza El Obrero marcando el rumbo de la nueva ciudad; las calles Colombia y Bolívar como precarios bazares turcos; el Cine Valles con la apoteosis del trío Los Panchos; la moderna emisora Ondas del Caribe, las agencias de automóviles y un intenso tráfico aéreo y marítimo desde Las Piedras y el puerto de Carirubana anunciaban tiempos de prosperidad. Sesenta y seis años después Punto Fijo es una de las regiones venezolanas con mayor crecimiento y empuje, pese a las complicaciones económicas actuales.  

 

A la 1:00 de la madrugada del sábado 25 de agosto todo habría de cambiar de nuevo. La refinería de Amuay (que junto con la de Cardón forman el complejo refinador más importante del mundo) estalló envuelta en llamas. En segundos, un escape de gas impulsado por el viento habría de convertirse en una onda imparable que arrasó con el Destacamento 44 de la Guardia Nacional, barrios, comercios y viviendas hasta convertirse en una verdadera tragedia. A cinco días del accidente todavía no pueden predecirse los daños. Para la AFP “La explosión del sábado en la refinería de Amuay ha dejado más de 40 muertos (a la fecha la cifra es superior) es la más grande en el mundo en los últimos 25 años y supera accidentes similares ocurridos en Kuwait, India, España, China, Estados Unidos, México; Gran Bretaña y el ocurrido en la misma refinaría el 21 de marzo del 2006 cuando murieron dos obreros en operaciones de mantenimiento”.

 

Hugo Chávez visitó la zona para rendir homenaje y otorgar el post-mortem a los efectivos de la Guardia Nacional que perecieron en el incendio; el líder opositor Henrique Capriles Radonski solicitó la investigación y llamó a la calma y a recobrar la serenidad colectiva. Se declararon tres días de duelo en el país; la campaña electoral fue suspendida y mandatarios de numerosos países han expresado su condolencia, solidaridad y la disposición a prestar ayuda material. Pero si los daños físicos son cuantiosos y tendrán un impacto severo para la industria, las implicaciones humanas y emocionales son igualmente incalculables y sus estragos más difíciles aún de superar. Todavía no se ha restablecido plenamente la calma, no se precisa el número de víctimas y persiste el riesgo de nuevas explosiones.

 

De allí que los testimonios de los testigos y afectados sean demasiado conmovedores. Robert Sánchez y su familia viven frente a la refinería y él dice: “la neblina de gas no nos dejaba ver y no sabíamos que hacer”; Elio López que vive en el sector “Alí Primera” exclama: “no queremos vivir de nuevo ese estruendo y ese olor a gas que nos despertó el sábado”; la presidenta de Fedecamaras-Falcón Xiomara Castro comprueba que “todo quedó como si hubiese habido una guerra” y el psiquiatra Solano Calles rector de la Universidad de Falcón dice “que es el momento de convocar la moral de los falconianos ante una tragedia de estas dimensiones”.

 

Rafael Goitía tiene más de 80 años y podría contar la historia de Punto Fijo y la refinería de Amuay.  Ahora contempla un cuadro de desolación, humo y tristeza. Atento y sereno, con el rostro surcado por las huellas de las sequías, resignado comenta: “pero el viento todo se lo lleva”. 

 

manuelfelipesierra.blogspot.com

 

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