Assange, las Pussy Riot y el “Mercenario”

 

Beatriz de Majo

Beatriz De Majo
beatriz@demajo.net.ve 

 

La concesión de asilo de Ecuador a Julian Assange y la afrenta infligida a Gran Bretaña y Suecia al desconocer las acusaciones formales por delitos sexuales; la sentencia rusa a dos años de prisión a tres jóvenes del grupo Pussy Riot por entonar en público una canción contra Vladimir Putin, y la captura del ciudadano americano con “cara de mercenario” que, en opinión de la revolución bolivariana, tenía la intención de perpetrar un ataque subversivo contra el Gobierno nacional, tienen en común elementos que ponen de bulto los excesos en países con altos componentes de autocracia totalitaria.

Rusia, Ecuador y Venezuela protagonizaron en las semanas pasadas situaciones que evidencian la ausencia de una genuina vocación democrática: la manipulación de la ley a través de su subordinación al antojo del Gobierno, el irrespeto de los derechos de los individuos y la ausencia de institucionalidad.

Estos tres episodios que colocan frente al escrutinio planetario a los gobernantes de estos países, no dejan duda sobre el carácter arbitrario de la administración de justicia en esas naciones, la nuestra entre ellas, y la forma personalista de manejo de los asuntos del Estado cuando ello conviene a los intereses al gobernante de turno.

Es realmente estrambótico que Rafael Correa se solidarice con un individuo solicitado en extradición por crímenes sexuales, y hacerlo en nombre de una supuesta “libertad de expresión”, una de las más patéticas y mayores carencias del Ecuador. Conceder el asilo para burlar un fallo de la Corte Suprema británica y el petitorio de extradición sueco es un exabrupto legal colosal.

Que los tribunales rusos condenen a jóvenes intérpretes de música rock por haber osado pedirle en un concierto a la Virgen María que proteja a los rusos de las acciones de Vladimir Putin es igualmente una espantosa manera de subordinar la justicia a los designios de un solo hombre y una torcida forma de atemorizar a todo el que pretenda manejar en público ideas contrarias al régimen personalista del líder.

Pero la guinda de la torta fue la venezolana. No es fácil encontrar calificativo para el ridículo incidente fronterizo con un ordinario traficante de drogas dominicano escapado de una cárcel colombiana que la inteligencia estratégica revolucionaria quiso convertir en poco menos que un agente desestabilizador del imperio en plan abiertamente golpista dentro del crítico escenario de la elección presidencial.

¿El común denominador de estos casos? La ausencia de democracia, la debilidad institucional, la manipulación mentirosa de la opinión colectiva. Y, además de lo grave del asunto, el ridículo frente la comunidad internacional.

 

 

 

 

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