Un hombre sin miedo

Neil Armstrong (1930 – 2012)

Fue un hombre con una constante capacidad de aprendizaje y frío ante el peligro. Era discreto: no firmaba autógrafos, y persiguió a su peluquero

 

Malen Ruiz de Elvira

Es verdaderamente difícil ser durante más de cuarenta años una de las personas más conocidas del mundo, un pionero como era Neil Armstrong, el primer hombre que pisó la Luna, y no haber dicho públicamente ninguna tontería en todo este tiempo. No solamente tiene mérito esta característica pública del ingeniero, piloto y astronauta estadounidense, en una época como la actual, en la que prácticamente se exigen declaraciones de forma continua a cualquiera que se suponga que suscita un mínimo interés público, sino que dice mucho sobre su personalidad.

Armstrong era un astronauta típico de aquella época dorada, los años sesenta del siglo pasado, seleccionado por sus méritos técnicos, indudablemente, pero sobre todo por su capacidad de aprendizaje, de reacción ante situaciones imprevistas y peligrosas y por su carácter muy sereno, que algunos llamarían sangre fría. Las relaciones públicas no eran una de sus preocupaciones.

Sobre todo, a Armstrong, nacido en 1930 en Ohio (EE UU), le gustaba su profesión, le encantaban los aviones desde muy pequeño, era inteligente y por eso pudo hacerse ingeniero aeronáutico. Se enroló en la Marina antes de terminar la carrera y participó en la Guerra de Corea (1950-1953). Luego se presentó a piloto de pruebas. En esa etapa, en la década de los años cincuenta, se convirtió en una leyenda en la base Edwards, en California, por sus peligrosas experiencias con aviones experimentales, en las que a veces dio la impresión de haber cometido equivocaciones, y que pudieron costarle la vida en varias ocasiones. Incluso voló una vez con el también mítico piloto Chuck Yeager. Allí demostró que si sabía lo que era el miedo no lo demostraba nunca.

Sin embargo, toda esa experiencia y su indudable ambición, que le permitieron ser elegido para ser el primero en pisar la Luna, tras varias misiones espaciales peligrosísimas, no le prepararon para convertirse de una semana para la siguiente en un personaje mítico universal. A pesar de ello, aunque no consiguió nunca que dejaran de preguntarle por la Luna, sí consiguió dar casi siempre la imagen de ser una persona equilibrada, apreciada entre sus compañeros y discreta en su vida.

No se le subió a Armstrong el éxito a la cabeza, porque su ego no era muy grande. Con el mismo proceso de selección, su compañero en la superficie lunar, Buzz Aldrin, ha llevado una vida mucho menos discreta, con problemas de alcoholismo y multitud de declaraciones pintorescas.

Cuando se le veía en un acto público, contestando con paciencia infinita a las mismas preguntas de siempre, daba la impresión de que Armstrong consideraba su etapa de la Luna como algo cerrado, de lo que difícilmente él podría decir más sin meterse en especulaciones, y las especulaciones son algo que un ingeniero normalmente rechaza y mucho más cuando se trata de temas que conoce bien.

Como hizo con tantos otros astronautas de aquella época, la NASA dejó ir a Armstrong casi inmediatamente tras la histórica misión lunar de 1969. Es difícil saber lo que pasaba entonces por la cabeza de un hombre tan activo que decidió dejar de volar, lo que le gustaba más que nada en el mundo. En 1971 se pasó a la universidad como profesor, pero tampoco duró mucho y, en 1979, inició una nueva vida de famoso asesor y portavoz de instituciones y empresas, que elegía cuidadosamente.

Al mismo tiempo evitó engordar los negocios en torno a las misiones lunares y cualquier intento de culto a la personalidad, negándose a firmar autógrafos y, ya mayor, persiguiendo incluso a su barbero por intentar comerciar con sus cabellos. Hasta el año 2005 no aceptó la publicación de una biografía autorizada.

Con el fallecimiento del primer hombre en pisar la Luna se cierra una época dorada, incluso épica, de la astronáutica. Armstrong, un hombre de la vida real, que se enfrentaba en sus misiones a motores que no funcionaban, computadores primitivos que se bloqueaban o simplemente a interruptores atascados en los que le iba la vida, siempre ha dicho que no creía que fueran a lograr aterrizar en la Luna. Conocía perfectamente todo lo que podía ir mal en una tecnología que todavía hoy tiene mucho de artesanía y no tenía paciencia con quienes, desde los sillones de sus casas, creen que ir a Marte, por ejemplo, es como dar un paseo en helicóptero. No fue nunca un visionario genial como el alemán Wernher Von Braun, el artífice del cohete Saturno que impulsó a Armstrong hacia la Luna. Sin embargo, siempre se declaró optimista sobre el futuro del hombre en el espacio.

 

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