Desafíos del cambio

Simón Garcia

Simón García
@garciasim 

 

Es urgente que en este último tramo cada quien asuma el triunfo como una construcción personal y asociativa

 

Capriles es la personificación de una aspiración nacional de cambio. Su ascenso progresivo, además del éxito adjudicable a su desempeño, es la expresión de un espíritu colectivo que está por encima del carnet, las ideologías o la proveniencia social.

Su candidatura experimenta una interesante transformación: ya no se circunscribe a representar a la oposición sino que está agregando otras motivaciones de país y atrayendo incluso a sectores que han apoyado al candidato oficialista. Esta ampliación plural vivida por la candidatura de unidad explica el fervor con el que se han ido a la calle gente de todas las condiciones.

A través de Capriles, la sociedad venezolana está demostrando que no es dócil ante las estrategias de intimidación y control del poder excluyente. Aquí no hay autoritarismo consentido sino residuos de una esperanza que ha pasado a ser la principal muralla para que Venezuela pueda dar el salto hacia el siglo XXI.

 

¿Por qué Capriles?

Si a uno no le importara fortalecer la mentalidad estado/dependiente podría hacer rodar la versión facilona de que Capriles ganará porque es un sortario. Pero la explicación del triunfo seguro está conectada a una dedicación admirable del candidato a la más intensa campaña de relación personal que hayamos conocido. Es a fuerza de pulmón que Capriles y los venezolanos están abriendo otro camino.

El empeño prospera porque cabalga sobre un insoportable conglomerado de crisis cuyo último estallido eslabona el yo acuso de Yare, Cúpira y Amuay. Pero también porque Capriles tiene unos atributos que despiertan simpatía, confianza y certidumbres. En particular la imagen de persona que se compromete y resuelve.

 

Su orientación hacia un futuro que sea compartido por todos alienta el tránsito de candidato de la oposición a líder de la nación. No es sólo un discurso sino una actitud nacida del aprendizaje común de que nadie avanza si no es capaz de salir de la ciénaga del pasado y sin la disposición a no pasar facturas por haber defendido un proyecto político o sostenido un ideal distinto al de otros.

 

La caída de Constantinopla

A Manuel Caballero, aludiendo a la recurrente magnificación de las elecciones, le gustaba afirmar que el mundo no se acaba con ellas. En octubre el país seguirá su curso, aunque en escenarios diferentes según quien resulte ganador. La victoria oficialista será la pérdida de la democracia y de la libertad porque en el modelo que se va a llevar a un punto de no retorno ambas se manejan como conveniencias tácticas.

El triunfo de Capriles sellará un trato hecho entre venezolanos, un consenso nacional basado en: 1) Una noción avanzada de progreso, 2) Un compromiso de bienestar fundado en la creación de oportunidades para todos, 3) Una ética de servicio público articulada por la responsabilidad, la equidad y la solidaridad y 4) Una visión de estabilidad por vía de la innovación. Esta dirección programática se mueve en medio de una transición generacional que por primera vez no está taponeando el desempeño de otras.

No podemos caer en la pasividad. Comportarnos como aquellos ciudadanos de Estambul que en 1453 contribuyeron a la caída de su imperio por negarse a defender un interés común. A ellos, cuando tardíamente se ofrecieron a participar y pagar un impuesto de guerra, les dijo el valiente Constantino XI: “Id a morir con ese dinero, dado que no habéis querido vivir sin él”.

Es indispensable que el principal actor del progreso sea el ciudadano. Es urgente que en este último tramo cada quien asuma el triunfo como una construcción personal y asociativa. Dos condiciones para que la victoria indetenible de Capriles el 7 de octubre sea el camino de una nueva época.

 

 

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