EL ALTAR DE LA VIOLENCIA

Manuel Felipe Sierra

Fábula Cotidiana
Manuel Felipe Sierra
manuelfsierra@yahoo.com  
@manuelfsierra 

 

En agosto del 2010, Juan Manuel Santos inició contactos con las FARC. Días antes había tomado posesión de la presidencia de Colombia. El 22 de julio del mismo año, ya de salida del gobierno, Álvaro Uribe consignó denuncias ante la OEA sobre la existencia en Venezuela de campamentos del grupo guerrillero. El embajador Luís Alfonso Hoyos mostró gráficas que confirmaban evidencias anteriores sobre la vinculación del régimen chavista con el grupo en armas. Revelaciones que por lo demás no eran novedosas porque muchas de ellas habían sido asumidas públicamente por el propio Hugo Chávez. Pero el asunto se tornaba interesante.

 

Santos, como ministro de la Defensa de Uribe fue el responsable de una operación militar que colocó a la guerrilla a la defensiva. Incluso, violentando la soberanía de Ecuador, realizó un ataque aéreo en el territorio de ese país en el cual resultó muerto el comandante Raúl Reyes, permitiendo el rescate de computadoras con elementos probatorios de los nexos del chavismo con la guerrilla.

 

Era lógico suponer que Santos al asumir el poder persistiría en la misma línea. Pero no ocurrió de esta manera sino todo lo contrario. Las denuncias ante la OEA fueron archivadas y se registró un cambio de rumbo en las relaciones colombo-venezolanas. Santos consideró a Chávez “su nuevo mejor amigo” y exaltó su mandato como garantía de “equilibrio político en el continente”. Chávez, colocado en situación embarazosa ante la comunidad internacional, bajó el tono de sus ataques a la “oligarquía colombiana”, acordó el restablecimiento del comercio en la frontera y canceló deudas a los exportadores vecinos. Pero ya se intuía que en el fondo, el nuevo trato obedecía a la posibilidad de una nueva negociación con la guerrilla, que ahora habría de tener como negociador al propio Chávez.

 

Esta semana se develaron detalles de la historia. A comienzos del 2011, Alfonso Cano jefe de la FARC después de la muerte de Manuel Marulanda, propuso  acercamientos para explorar acuerdos con el gobierno. La ofensiva militar de Uribe había debilitado el alto mando de la guerrilla y como en el pasado se abría espacio para una pausa en el largo conflicto. Cano cayó abatido el 4 de noviembre del 2011 en un bombardeo en Suárez, departamento del Cauca. Ello sin embargo, no interrumpió las gestiones. En Barinas, (donde se había dicho que estaría refugiado el sucesor de Cano, Rodrigo Londoño alias “Timochenko”) se realizó  el primer diálogo formal con la autorización y el apoyo logístico de Chávez. Ahora se anuncia que el 5 de octubre en Noruega comenzará el proceso de negociaciones que se trasladará posteriormente a La Habana, teniendo como acompañantes a los gobiernos de Chile y Venezuela y como garantes a los de Cuba y Noruega.

 

No es la primera vez que se levanta la bandera blanca de la paz en el conflicto colombiano.  La iniciativa más importante fue el diálogo de San Vicente del Caguán promovido por Andrés Pastrana entre enero de 1999 y febrero del 2002. El Plan de Paz le permitió al mandatario manejarse durante casi cuatro años evitando confrontaciones militares y en un esfuerzo por recobrar el prestigio internacional del país debilitado durante el mandato de Ernesto Samper, quien había sido acusado de llegar a la presidencia con el auxilio de los carteles delictivos. Samper gobernó al borde del abismo y con la habilidad de un equilibrista, ante las presiones de los Estados Unidos que privilegiaba entonces el combate contra la droga. Ya el narcotráfico había establecido un “modus vivendi” con los grupos guerrilleros y consolidado además su relación con las Autodefensas Unidas de Colombia o “paramilitares”, que actuaban al igual que éstos como guardia protectora de los narcotraficantes.  En esencia, el plan de Pastrana era una manera de ganar tiempo. Él, mejor que nadie sabía que no eran posibles los acuerdos estables con una guerrilla convertida en un emporio económico. La FARC también tomaba oxígeno porque durante tres años y medio gobernó un territorio de 42 kilómetros cuadrados y pudo realizar sus gestiones diplomáticas con los centros del poder mundial. En esos años, Manuel Marulanda salió de la oscuridad de las montañas para ocupar las primeras páginas de las más prestigiosas publicaciones internacionales. Pastrana también aprovecharía la tregua para instrumentar con Estados Unidos el “Plan Colombia” que orientado a disminuir los cultivos de la droga, significaba también la repotenciación de las Fuerzas Armadas para una posterior lucha antisubversiva.

 

Pastrana rompió el diálogo meses antes de la victoria presidencial de Álvaro Uribe Vélez. El ex gobernador antioqueño, liberal de derecha, cuyo padre, el hacendado Alberto Uribe Sierra, fue asesinado por la FARC en 1983, se convertía en fenómeno electoral por su promesa de combatir frontalmente a la guerrilla en un contexto que se inclinaba a favor de su exterminio después de la fallida gestión de Pastrana. La política de “Seguridad Democrática” de Uribe se tradujo ciertamente en el debilitamiento de la FARC y en la consolidación de una fuerza política decisiva alrededor de su nombre que le permitió la reelección en el 2006 y la votación mayoritaria que le transfirió a Santos para la victoria  de éste el 2010.

 

Ahora Santos apuesta a las posibilidades del diálogo y propone a diferencia de las tentativas anteriores que la FARC acepten dejar “las armas y su incorporación a la vida civil”. Sus opositores advierten que en los papeles que se conocen se omite sospechosamente el tema del narcotráfico. Sin embargo, la historia demuestra que la guerrilla ha sobrevivido a los ropajes ideológicos y a los procesos de reinserción en la vida democrática, porque es el producto de una aguda explosión social, unas relaciones de injusticia en el campo  que dieron paso a un cuadro crónico de violencia  y en las últimas décadas a su papel como brazo armado del narcotráfico y la industria de la extorsión y el secuestro.

 

¿Escapará a esta dinámica el nuevo proceso que se inicia en Noruega o no será acaso la repetición de la experiencia de San Vicente del Caguán que por un tiempo sirvió por igual al gobierno y a los irregulares? De ser así, Colombia seguirá pagando una dolorosa penitencia en el altar de la violencia. 

manuelfelipesierra.blogspot.com

 

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