La autocrítica revolucionaria: sí, Luis

Argelia Rios

Argelia Ríos
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Una triste historieta donde no importa la ruina misma, sino el show que se hace de ella…

 

El gran histrión vuelve por la puerta grande a las tablas donde se representa el drama nacional. La tragedia de Amuay, como la de las cárceles, las inundaciones y los puentes rotos, han sido el escenario perfecto: no para poner en práctica la autocrítica a la cual ha hecho tantas referencias en su campaña, sino para probarnos, al contrario, que la revolución no tiene -ni tendrá jamás- voluntad de rectificar, mientras su caporal se desenvuelva cómodamente, y sin rubor, en el arte de la opereta.

Hábil en las tarimas, donde nadie le supera, el comandante es el protagonista de la novela venezolana y también el autor indiscutido de sus líneas argumentales. Cada una de sus historias es una falsificación de la realidad y un “revival” secuencial de sus muchas farsas acumuladas: ésas en las que las negligencias más portentosas culminan en finales pretendidamente felices, disueltas todas en el trajín de sus magistrales funciones teatrales.

Por obra de la trapacería con que se atienden las situaciones más comprometidas, la elocuente incompetencia gubernamental queda siempre reducida a conspiraciones imperiales, cuando no a hechos “lamentables, dolorosos y fortuitos”, a partir de los cuales Chávez -estrella de su propio relato- se transforma en un superhéroe imposible de señalar como lo que, genuinamente, es: un presidente con 14 años de ejercicio, negado a aceptar con humildad tan sólo uno de sus incontables errores y omisiones, al tiempo que jura de rodillas, sobre la Santa Biblia, que el “proceso” está dispuesto a enmendarse.

La depurada oratoria del comandante -arma con la que encubre su descarada insolvencia- se alza como un peligro lacerante que invisibiliza con su facundia la destrucción de Venezuela. Sin duda, una triste historieta donde no importa la ruina misma, sino el show que de ella se hace… La experiencia se pronuncia claramente para advertir que en nuestro folletín las desgracias, provocadas por la ineptitud, derivan invariablemente en eufóricos agasajos a los chapuceros gerentes de la burocracia bolivariana. El hecho resalta por su incongruencia, pues mientras el Chávez-candidato promete la autocrítica, emprendiéndola contra ellos en plan de eludir sus responsabilidades, el Chávez-presidente hace de entusiasta animador de sus graves chambonadas.

La paradoja corre el velo del sainete para describir que estas contradicciones narran la farsa en que estamos envueltos, mientras nos aconsejan extenderle a Chávez una muy convincente carta de despido el próximo 7-O. La razón salta a la vista: ante tantas calamidades provocadas por la indolencia y la desidia, no conviene un presidente sin voluntad de rectificar. Reelegirlo nos convertiría en cómplices.

 

 

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