La derrota de la obcecación

Pedro García Otero
potero@eluniversal.com
@pedrogarciao

 

Quien puso una pancarta del oficialismo en el puente de Cúpira, es su enemigo

 

Después me recriminarán si siembro esperanzas vanas, pero, más allá de encuestas, para mí la derrota de Hugo Chávez está cantada. La diferencia por la cual será vencido sorprenderá hasta a los más optimistas: léase que escribo “la derrota de Hugo Chávez”, y no “el triunfo de Henrique Capriles”. Sucederá más lo primero que lo segundo, independientemente de que el retador haya hecho una campaña brillante, esforzada y honesta, la cual ha desnudado al Gobierno y lo ha obligado a seguirle la agenda.

Como en 1998, este país está buscando un cambio y encontró quien lo encarne. El gobierno, con 14 años a cuestas, un candidato enfermo que aparece a ratos (en los que ejerce de tío abuelo regañón) y con un discurso gastado, ya no puede atraer un solo voto nuevo. Por eso las promesas cada vez son más disparatadas, verbigracia “salvar el mundo”. Piensen que una persona de 30 años ha tenido a Chávez en mente cada vez que ha ido a sufragar. Además, Venezuela es una sucesión de catástrofes de las que nadie se hace responsable. Quien puso una pancarta del oficialismo en el puente de guerra de Cúpira, por ejemplo, es su enemigo. Mientras, Capriles, con sencillez, se refiere a los problemas cotidianos de la gente. Sus mensajes calan: “Podemos estar mejor”. “Vota por ti”. ¿Quién no los compra?

Chávez, naturalmente, tiene apoyo popular, parte ideológico, parte utilitario; y en otra parte, blando y crítico, que considera, incluso con cariño y respeto, que ya está bueno, que hay que abrir el juego.

Como una curita vieja, este gobierno se está cayendo de los corazones venezolanos, sin dolor. Hasta Oscar Schemel puso en su web que “acontecimientos inesperados pueden cambiar una elección”. Habla de Amuay, pero pone sus barbas en remojo. Por su obcecación, Chávez dinamitará al chavismo.

 

 
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