UN PAIS CLAMANDO POR CAMBIO

Vladimiro Mujica

Vladimiro Mujica

 

Si las cosas siguen por el camino que van es posible que la tragedia de Amuay sea el punto de inflexión del gobierno

 

Todo dependerá de la sabiduría política y la sensibilidad con que el asunto se maneje.

 

En un sentido muy real Venezuela es un país al garete. La impresión inescapable es que la nación se le ha ido de las manos al gobierno en prácticamente todos los ámbitos. La enorme paradoja es que mientras esto ocurre el gobierno insiste por todos los medios en que tiene la situación bajo control.

 

El concepto parece ridículo y peregrino pero la verdad es que para un régimen profundamente autoritario y personalista como el de Chávez es una verdadera tragedia que ni la naturaleza ni la física parecen obedecerle. Las lluvias o su ausencia causan desastres y los puentes no soportan cargas superiores a las que están especificadas en su diseño. Mientras más compleja la maquinaria y la tecnología que se requiere más se revela la enorme incapacidad del gobierno venezolano para manejar la situación. El terrible caso de Amuay pone de relieve en toda su dimensión que estamos en manos de gente que combina una profunda incompetencia con una voraz vocación por el poder.

 

A los accidentes prevenibles producto de la falta de mantenimiento y la imprevisión se le une la devastación del país por la destrucción de su economía y el deterioro de toda la infraestructura nacional. Únale a ello la incontrolable situación de violencia tanto dentro como fuera de las cárceles que cobran las vidas de miles de venezolanos al año y la profunda crisis del sistema educativo y de la Salud, y el cuadro es en verdad el de un país maltratado y a jirones cuyo destino no le importa a sus gobernantes.

 

YA NO LE CREEN

 

El efecto mortal de un gobierno al que la población no le cree no puede ser exagerado. Las crisis, los accidentes e incluso las grandes tragedias como las guerras son a veces inevitables, pero es precisamente en esos momentos cuando la autoridad basada en el respeto por el liderazgo de un país puede marcar una diferencia esencial. En la Venezuela de estos días es literalmente imposible confiar en las informaciones oficiales sobre ninguna de las calamidades que afectan al país.

Según la versión oficial vivimos en un país donde la violencia y la pobreza han disminuido, donde existe un gobierno humanista que garantiza los derechos humanos de los venezolanos, en el que la educación y la ética son prioridades revolucionarias, donde la economía ha crecido y la infraestructura mejorada.

 

El contraste entre la versión oficial y la realidad es simplemente obsceno. Termina por ser profundamente ofensivo ver al obsecuente círculo oligarca del poder tomar turnos para explicar lo inexplicable y atribuirle todo a una conspiración del imperio. Si uno se tomara las cosas en broma, podría decirse que la odiaba CIA a la cual gente como la inefable Eva Golinger denuncia, no es la Central Intelligence Agency sino a otra organización con las mismas siglas: Chavistas In Action. Pero las cosas son demasiado lamentables para la chacota.

 

Hemos llegado al punto de una sociedad y un país que claman por un cambio. La recta final del enfrentamiento democrático con la autocracia depredadora no será sencilla, pero las evidencias de que se está generando el momento social necesario para desplazar a la oligarquía chavista del poder son innegables. Nunca como antes es tan necesario insistir en que no podemos caer en la trampa del enfrentamiento entre las dos mitades del país para salir de esta pesadilla. La reconciliación y la unidad siguen siendo las claves de la política de los sectores democráticos. Cualquier ruta para lograr este fin es importante y quizás haya llegado el momento en que alianzas improbables, como por ejemplo entre la Iglesia y los sectores a favor del cambio y la reconciliación, avancen hacia un primer plano.

 

TODO DEPENDERÁ

 

Si las cosas siguen por el camino que van es posible que la tragedia de Amuay sea el punto de inflexión en la caída de popularidad del gobierno. Ello dependerá de la sabiduría política y la sensibilidad con que el asunto se maneje. Un tema tan delicado que trajo la muerte a decenas de venezolanos no puede jamás ser manejado con ligereza, pero la pretensión del gobierno, y de Chávez en particular, de que el asunto no se discuta más y que la función continúe como si aquí no hubiese pasado nada es sencillamente inaceptable.

 

Amuay es la escena final de un régimen para el cual lo único importante es mantenerse en el poder. Frente a esto debe alzarse una serena pero imparable respuesta de los venezolanos para restaurar la dignidad en la función pública y generar un cambio que el país pide a gritos.

 

 

 
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