El final de los simulacros es el 7-O

Carlos Ochoa

Carlos Ochoa
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El objetivo estratégico del chavismo en el simulacro electoral organizado por el CNE, se les cayó cuando el número de votantes que participaron en el evento fue menor al de las primarias de febrero, donde la oposición eligió por amplia mayoría a Henrique Capriles como candidato. La escogencia de los centros de voto duro rojo rojito, en estados donde es clara la ventaja de Chávez, y el funcionamiento de una maquinaria aceitada por los recursos del estado, pretendió demostrar que parcialmente el candidato a la relección indefinida lleva la delantera en la contienda por la presidencia. Pero no lo logró.

Jorge Luis Borges escribió un cuento brevísimo tomado de un hecho real, que narra como a la muerte de Evita Perón en 1952, se armó en muchos pueblos de Argentina un gran simulacro, con ataúdes vacíos, falsos, para que el pueblo pudiera despedir a su líder social. “El simulacro” de Borges es una crítica al populismo peronista, que a falta de realidades efectivas de gestión social, las simula.

El filosofo francés posmoderno Jean Baudrillard a propósito del cuento de Borges, consideró a los simulacros como un algo que pretende sustituir a la realidad por un modelo virtual, concebido a partir de la acumulación sucesiva de simulacros, dando paso a la “hiperrealidad”.

El gobierno de Chávez encaja perfectamente en la “hiperrealidad”, pues a lo largo de 14 años, ha simulado construir un número de viviendas, de hospitales, autopistas, redes ferroviarias, escuelas, puentes, cárceles, fábricas y un sinfín de cosas que no se corresponden con la realidad concreta, sino con la realidad virtual de un simulacro, que  el líder y su poderoso aparato de propaganda han utilizado para mantenerse en el poder.

Sin embargo, la realidad del resultado de la elección presidencial de Octubre no puede ser simulada a favor de nadie, si como se espera, las instituciones se apegan a la legalidad constitucional y declaran vencedor al que saque más votos.

Como en el cuento de Borges,  el simulacro permanente de Chávez, al final lo convierte en un fantasma que es y no es, como Evita Duarte, como Perón, como tantos otros que simularon favorecer a los desposeídos, prometiendo y prometiendo, justicia, equidad y progreso sin cumplir.

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