La guerra contra los Azules

JESÚS HERAS – 

No son pocos los que sospechan que la inseguridad es consecuencia de una política expresa del gobierno nacional. De lo contrario, se preguntan, ¿cómo explicar la situación de las cárceles? ¿Como explicarlo, no solo por el hacinamiento, que de por sí promueve la promiscuidad y la muerte en los propios penales, sino porque desde allí, los pranes planifican secuestros y todo genero de delito, y en varios “alzamientos” han demostrado tener mayor capacidad de fuego que la Guardia Nacional?

Mientras las cárceles, bajo la máxima autoridad nacional, se convierten según su dimensión, en pequeños o grandes infiernos, ha sido política del gobierno nacional intervenir cuando puede y maniatar cuando las circunstancias no se lo permiten, los cuerpos policiales de estados y municipios. La policía metropolitana de Caracas fue el primer paso. Al ganar un alcalde opositor, el gobierno nacional actuó para despojarlo de sus Azules. Conatos similares se produjeron cuando los gobernadores de Lara y Monagas abandonaron la filas oficialistas, y las últimas amenazas, provenientes del propio Presidente de la República, y de su ministro del Interior Tareck El Aissami, han estado dirigidas a la Policía de Carabobo, y vienen acompañadas de medidas disciplinarias impuestas a determinados funcionarios, sin investigación previa, y pasando por encima de las autoridades regionales.

 

 

A ello se agrega, en todo el país, el propósito plasmado en reglamentos, de coartar la libertad de acción de cuadros de mando, y de las autoridades regionales, y el estrangulamiento de las propias policías, negándoles el equipamiento básico que requieren para el cumplimiento de sus labores, patrullas, chalecos anti-balas, e llegándose al extremo de retener la entrega de armamento prepagado.

Al regresar el gobernador Salas Römer, luego del escabroso interinato del General Acosta Carlez, encontró una policía utilizada para carretear sillas, mesas y bebidas gaseosas para las fastuosas celebraciones del hombre que patentó el eructo…  o resguardando, entre otras, las propiedades de Walid Makled. No en balde el cuerpo había perdido su norte, muchos funcionarios se  habían corrompido o desmoralizado, y el número de asesinatos en Carabobo había aumentado a 74 por cada 100 mil habitantes.

Hoy, la situación, aún lejos de ser perfecta, ha cambiado. Mientras el índice promedio de homicidios del país es de 67 por cada cien mil habitantes, en Carabobo, la cifra ha descendido a 59. Nunca lo suficiente para sentirse satisfecho, por supuesto, pero un avance significativo. Entonces ¿por qué amenazar nuevamente a los Azules con una intervención?

Se ha repetido hasta la saciedad que en 2011, 20 mil seres perdieron la vida a  manos del hampa. Lo que tiende a olvidarse, es que trece años antes, en 1998, en los tiempos de las vacas flacas, cuando el petróleo venezolano llegó a descender por debajo de los $ 8,00 el barril y Chávez asumió el poder, los asesinatos eran cuatro veces menores.

¿Por qué la permisividad que hoy reina en los penales? ¿Por qué, a la inversa, el acoso a los Azules? Vuelve inevitablemente la pregunta. ¿Es la inseguridad producto de una expresa política de Estado? Difícil es precisarlo, pero una vieja conseja sugiere que en política, lo que parece, es.

 
Jesús HerasNo photo

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