LA HORA DE LOS HORNOS

Américo Martin

Desde La Cima del Ávila
Américo Martín
amermart@yahoo.com
@AmericoMartin 

“Es la hora de los hornos y no se ha de ver más que la luz”
José Martí

 

I

            Hasta en países usualmente civilizados, las elecciones presidenciales desatan pasiones a veces incontrolables y suelen romperse los diques de la prudencia. ¿Qué esperar en la Venezuela de esta era chavista profundamente dividida porque así lo ha dispuesto el presidente?  Por alguna extraña razón, Chávez ha fundado su liderazgo en la división y no en la unión de sus compatriotas. A lo largo de catorce años, el ventajismo, el vejamen, las calumnias más salvajes han sido moneda corriente en el léxico del presidente y de su bloque político. ¡Cuánto más lo serán en la víspera de una elección que la oposición puede ganar!

            No se tome por iluso el tenaz esfuerzo de reconciliación y paz adelantado por la Unidad Democrática y su incansable  abanderado Capriles Radonski. El gobierno no quiere diálogo, considera que para que su proyecto salga adelante cualquier forma de disidencia debe ser demolida. ¿A qué entonces insistir en una reconciliación que el otro rechaza?

El punto es que hay un tercero, el pueblo, principal factor de la ecuación, que espera la consolidación de la unidad y la paz como premisa para afrontar los muchos problemas que lo aquejan.

Esas políticas electorales enfrentadas pueden resumirse en una fórmula: consenso o conflicto, manera educada de decir: paz o violencia. Los partidarios de la paz, representados por Capriles, tienen a su favor el sentimiento mayoritario del país. ¿Quién será entonces el iluso? ¿El que va con la corriente popular o el que se enfrenta a ella?

 

II

Estar del lado de la mayoría bastaría en un país democrático normal para anticipar el resultado. Pero en Venezuela, si no hay dictadura abierta tampoco hay democracia, a lo que se añade que, nadando en la corriente alcista de los precios del petróleo, el régimen ha acumulado un poder financiero interno y una capacidad de compra externa excepcionales. Como al presidente no lo alcanzan la Constitución y las leyes y no está sometido a controles de ningún tipo, ha concentrado en su puño todas las funciones del poder público ¡Todas! Así, con brutal ventajismo contrabalancea en alguna medida su alejamiento del pueblo.

Las dos campañas se deslizan por cauces diferentes: Capriles recorre pueblos, organiza foros, escucha a la gente y recibe sus preocupaciones, en tanto que Chávez casi no sale de Miraflores, salvo ocasionales actos hacia los cuales mueve empleados y militantes de casi todo el país. La campaña del presidente se apoya en Salas Situacionales para diseñar maniobras que pueden ser diabólicas. Allí, rodeado de maquilladores, asistentes y asesores traza sus políticas en un mapa imaginario. Su comunicación con el país no es tal porque comunicarse es transmitir y recibir; es una relación bilateral: te digo y te oigo. El presidente no se comunica; informa a sus pasivos oyentes sin escucharlos.

En condiciones tales la iniciativa no puede estar sino en Capriles. Su ritmo de campaña es indetenible. El país lo ha escuchado y ha hablado con él. Adicionalmente comenzó a poner la agenda, cosa que desconcertó al poder y desarticuló su estilo provocador. Al fin y al cabo, si tú insultas y agredes a quien eso no le mueve una ceja, te condenas a ser como un muñeco al que se le acaba la cuerda.

 

III

Había que forzar la barra y así lo dispusieron los cenáculos que rodean al presidente. Se combinaron varias medidas: sembrar la idea de que la victoria de Chávez sería irreversible, a lo cual se prestaron Consultoras complacientes; redoblar los insultos tratando de unificar al chavismo, que comienza a recibir con agrado el mensaje opositor; pescar peces solitarios de la oposición tratando de desvirtuar la ostensible unidad del movimiento que respalda a Capriles; y forjar un programa “oculto” de la Unidad Democrática cuya orientación sería antipopular, cargada de ajustes macroeconómicos que castigarían las ya precarias condiciones de vida de los venezolanos.

El plan se puso en órbita con sorprendente intensidad. Casi con desesperación. En la imposibilidad de recuperar la calle, perdida irremisiblemente, se arrojaron como fieras contra Capriles. El oficialismo devino parasitario, adjetivo. No se le ve sinceridad programática y consagra sus días a tergiversar a la Unidad Democrática. Ruido, dinero, ventajismo, pero la verdad no tarda en imponerse. Los insultos ya no dan mucho resultado, las compras de unos cuantos opositores en el mercado de la política resulta inocua frente a las marejadas humanas que, sin gastar un bolívar, acompañaron a Henry Falcón y el gato Briceño. Y lo más sorprendente es que quien tiene un programa distinto al que predica, es el presidente. En sus lineamientos se habla de profundizar el socialismo y las expropiaciones, mientras que en la tribuna Chávez ofrece a los “ricos”  (que serán expropiados, según el programa real) paz y tranquilidad. Si gana Capriles, dice y remacha, habrá guerra civil. ¿Provocada por quien? No será por el que acaba de ganar pacíficamente los comicios.

Ese doble programa chavista contrasta con el único presentado por Capriles en acto impecable, adornado con pertinentes decisiones al alcance de cualquiera. La desvergüenza oficialista de acusar al otro de lo que es él, refleja el diabólico conflicto entre paz y  violencia. La Hora de los Hornos de Martí.

Afortunadamente las cosas nunca son tan trágicas como parecen, sobre todo con los líderes de este proceso, especialistas en encender fogatas y correrle a sus consecuencias.

 

 

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