Un camino en el mar

 

Peter K. Albers

Peter Albers
peterkalbers@yahoo.com
@peterkalbers

 

Los sucesos del miércoles pasado en Puerto Cabello generan varias reflexiones, todas las cuales dejan muy mal parado al partido del señor Chávez

 

Para quienes no se han enterado, el candidato de la Unidad Henrique Capriles realizaría un encuentro con los porteños en una calle de la urbanización Rancho Grande. Para llegar, utilizaría el casi inactivo aeropuerto de esa ciudad costeña. Pero desde días antes había rumores de que los activistas del PSUV, siguiendo sus consignas de “amor” y “corazón de patria”, impedirían de cualquier manera, hasta llegando a la violencia de ser necesario, la llegada del candidato democrático. Y en efecto, acudieron a lo que mejor saben practicar: la violencia. Quemaron vehículos, agredieron a los que esperaban a Capriles, recurrieron al vandalismo. Se les salió la clase.

Como sabe todo el que ha visitado Puerto Cabello, la ciudad tiene solamente un acceso terrestre, que es la avenida que la comunica con la localidad de “El Palito”, encrucijada donde confluyen las autopistas (llamémoslas así) provenientes de Valencia y de Morón. Decididos los “amorosos” chavistas a no permitir el acceso de Capriles, atravesaron vehículos en la vía a la altura de la entrada al aeropuerto.

Lo primero que llama la atención es la composición de la turba que se proponía impedir la llegada del candidato y quienes le acompañaban. La “crema y nata” del chavismo porteño, entre quienes se contaban altos funcionarios públicos y gerentes de empresas del estado. Con razón andan tan mal estas empresas y la gestión municipal en Puerto Cabello: Los responsables de su funcionamiento, lejos de encontrarse en sus sitios de trabajo, ocupan su tiempo en tirar piedras contra los adversarios políticos. No es para eso que se les paga.

Otro aspecto del asunto tiene que ver con la concurrencia al acto en Rancho Grande. El chavismo, como todo “ladrón que juzga por su condición”, siempre ha tratado de descalificar a las grandes masas populares que acuden a escuchar al “flaco”, aduciendo que son traídos de otras localidades en autobuses. Pues esta vez les salió el tiro por la culata, pues, al impedir el paso de los supuestos autobuses, han hecho quedar en evidencia que los 25.000 asistentes al acto en Puerto Cabello eran residentes de la zona y no traídos de ninguna parte.

Y, para ponerle la guinda a la torta, dieron muestras de su “capacidad estratégica” al no prever que entre ese pueblo, cansado ya de sus promesas incumplidas, de su ineficiencia en el mantenimiento y operación de los servicios públicos, y de la malversación de los fondos del estado, habrían propietarios de toda una flota de botes “peñeros” dispuestos a trasladar al candidato y sus acompañantes desde El Palito hasta “La Planchita” en el corazón de la ciudad y que desde allí serían llevados en automóviles a Rancho Grande, para encontrarse con el pueblo que les esperaba.

Los inútiles pero salvajes medios utilizados por los fanáticos chavistas, azuzados por su inepta y corrupta dirigencia, demuestran el terror que sienten ante la inminente derrota.

Intentaron de nuevo, como otras veces, obstruir el paso al progreso. Pero, a pesar de los obstáculos que la intolerancia y el fanatismo intentan poner al cambio democrático y a la dignidad, siempre hay un camino para salvarlos. Esta vez dejó una espumosa estela en el mar.

 

 

 

 

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