CARA A CARA

Américo Martin

Desde la cima del Ávila
Américo Martín 
amermart@yahoo.com
@AmericoMartin

I

            A días escasos de unas elecciones que más que ninguna otra comprometen el destino del país, los términos de la confrontación se han ido aclarando, a despecho de las desorbitadas promesas de un hombre que sencillamente no puede seguir mandando.

            Mientras Capriles hace un descomunal esfuerzo por racionalizar la campaña con un programa  que presenta a los electores en todas las oportunidades y formas posibles, el presidente Chávez sube el tono de sus injurias y sitúa el debate en un plano esotérico, plagado de “burguesías”, “derechas desestabilizadoras” e “invasiones imperiales”. Es una pugna entre la oferta racional que quiere abrirse paso y las punzantes fantasías que tratan de impedirlo. Con el programa de Capriles cualquiera sabe a qué atenerse. Podrá respaldar o discrepar, pero tiene a su vista el diseño de un nuevo país en el que precisamente se pueda hacer eso: respaldar o discrepar, sin que nadie sea premiado  indebidamente por lo primero ni castigado por lo segundo.

 

           Lo del otro es más simple pero también más aterrador: sus ofertas saltan de un lado al otro según su estado de ánimo. Frente a ellas no cabe sino la lealtad incondicional. El que discrepa arriesga mucho, el que adhiere goza de prebendas que tampoco le aseguran el futuro porque el poderoso mandamás es de afectos volátiles.

II

            Es entonces natural que Capriles quiera “comunicarse”. Le urge ir a la gente, debatir con ella, explicar y oír en busca de respaldos de corazón pero también de cerebro. No desvía su discurso hacia la descalificación ni se pierde en adjetivos que solapen la sustancia de lo que expone. Para llegar a ese estado, convocó la opinión experta de más de 500 especialistas que durante meses trabajaron el programa, su viabilidad y hasta el momento aproximado en que se aplicarían sus recetas. Por eso, el osado compromiso de estremecer al país en sus primeros 100 días no es una promesa alegre sino algo bien meditado, empírica, técnica y científicamente fundado.

            Sabía que para romper el encandilamiento de 14 años de fantasías que nunca se concretaron, debía ir más allá de hablar por los medios o elaborar documentos. Fue así como dispuso la titánica tarea de visitar casa por casa, pueblo por pueblo. Combinó el mitin de plaza pública con el foro popular

            Mientras tanto ¿qué hace el presidente? Parte de algo que puede resumirse así: ha gobernado 14 años con un resultado más bien decepcionante y en algunos aspectos cruciales, catastrófico. Tiene mucho que aclarar y poco que ofrecer. No puede tomar contacto directo con la gente para que no le ocurra lo que vivió en Guayana, frente a trabajadores enardecidos que eran o habían sido de su partido. Fue a hablar y tuvo que soportar que le hablaran. Le exigían respuestas rápidas y lo obligaron a hacer promesas que tampoco cumplirá, como el inicio inmediato de la negociación colectiva y la incorporación de todos los tercerizados a la nómina.

            Aún si lo hubiera querido no puede seguir el ritmo de Capriles, su intenso peregrinar. Es un hombre enfermo, cansado, desmotivado. Reacciona con los reflejos de un antiguo boxeador reclinado en las cuerdas.

III

            Capriles dialoga, Chávez predica. La diferencia entre dialogar y predicar reside en que la primera es bidireccional: te digo y me dices, te replico y me replicas; en tanto que la segunda es unidireccional: te digo, te digo, eres un pasivo receptor de mi mensaje.

            ¿Ese esquema decretaría la derrota de Chávez? No necesariamente. Estamos en plena revolución informática y comunicacional y Chávez guarda una amplia hegemonía mediática que utiliza como le da la gana. Ni el CNE ni ningún órgano público lo controlan. Bien utilizado, ese medio podría contrabalancear la superioridad abierta de Capriles en el contacto con el pueblo. Es verdad que nada sustituye la relación fresca y personal, pero mucho puede lograrse desde el empíreo mediático. El problema es que parte del predominio de Chávez en esa área se pierde porque el arma emocional se desgasta con el uso. Y no tiene mucho efecto usarla para divagar sobre invasiones imperiales que nunca se concretan, planes desestabilizadores que nunca se descubren, más si se rocían con conceptos jurásicos sobre izquierda-derecha y mojigangas parecidas.

            El presidente es un showman. Lo ha sido desde sus tiempos escolares cuando cuatro en mano alegraba el entorno.  Imitando sin tasa los discursos interminables y universales de Fidel, ha sembrado la idea de que su discurso remueve cualquier obstáculo. Pero se sobrestima

            Más que su palabra, obra a su favor el miedo. Los empleados públicos (y son 2.300.000) temen ser despedidos si no votan por Chávez y corean sus actos. Reciben una paga miserable, no discuten contrato ni gozan de estabilidad. Su voz no fluye libremente, como en los países donde no reina el miedo.

            Las encuestas confiables siguen hablando de empate técnico, esta vez con superioridad de Capriles. La clave es el voto oculto, el voto del miedo. La contribución más notable que dará cualquier ciudadano democrático es convencer a los empleados que conozca o a los que temen la represalia del gobierno, de una verdad diamantina: el voto es secreto, archisecreto. Puedes votar libremente sin necesidad de decirle a nadie por quien lo hiciste. Y recuerda: la victoria de Capriles será decisiva para ti porque tu trabajo será respetado, gozarás del derecho a la contratación colectiva y nadie nunca más te humillará obligándote a la impostura de disfrazarte de lo que no eres.

 

 

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