OBAMA, EL CIBERGUERRERO

Javier Valenzuela

Javier Valenzuela

 

 En un artículo publicado en The New York Times el 4 de septiembre, Haim Saban (“un israelo-americano profundamente preocupado por la supervivencia de Israel y el futuro del pueblo judío”) informaba de que votará a Obama en noviembre porque, según argumentaba, ha ayudado a Israel con mayor efectividad y menor alharaca que George W. Bush y otros inquilinos republicanos de la Casa Blanca.

   Entre las muchas manos que Obama le ha echado discretamente a Israel, Saban señalaba “la estrecha coordinación de los servicios de inteligencia –incluido el desarrollo de ciberarmas- para frustrar las ambiciones nucleares de Irán”.

   Tras negarlo inicialmente, por aquello de no confirmar sus propias debilidades, el régimen iraní terminó reconociendo hace unos meses que troyanos, virus y programas malignos como el el Stuxnet y el Flame estaban zancadilleando sus esfuerzos. Y atribuyó su creación y difusión a la cooperación de israelíes y norteamericanos. Tanto en el mundo del espionaje como en el de la seguridad informática a nadie le cabe la menor duda de que, al menos en esto, los iraníes aciertan.

 

    Ahora Reuters informa que dos de los principales especialistas mundiales en la lucha contra la intrusión informática, la firma norteamericana Symantec y el laboratorio ruso Kaspersky, acaban de descubrir que los servicios secretos del Gobierno de Estados Unidos pueden haber creado otros tres virus aún por identificar destinados al espionaje y/o sabotaje de equipos ajenos en Oriente Próximo, especialmente Irán y Líbano. 

 

Asimismo, las dos empresas han dado nuevos detalles sobre el terrible Flame, que fue identificado la pasada primavera por Kaspersky. Datos de estos descubrimientos pueden encontrarse en las informaciones publicadas esta semana por ZDNet, The Register y otros medios.

  Obama se ha caracterizado en su primer mandato por un modo peculiar –más contemporáneo, por así decirlo, y, para él y sus compatriotas, menos traumático- de hacer la guerra: el desarrollo a gran escala del ciberespionaje y cibersabotaje y el uso masivo de drones -aviones sin humanos a bordo- para atacar objetivos en países como Somalia, Yemen, Afganistán y Pakistán. Por el contrario, ha reducido la presencia de tropas físicas estadounidenses en las zonas en conflicto.

 

 A comienzos de julio, The New York Times publicó una extensa información que daba cuenta de que, al poco de su llegada a la Casa Blanca, Obama “ordenó en secreto un aumento de los ataques sofisticados a los sistemas informáticos de las factorías iraníes de enriquecimiento de uranio, expandiendo así de modo significativo el primer uso continuado por Estados Unidos de ciberarmas”.

 

       A finales de ese mes, Elisabeth Bumiller publicó en ese mismo periódico un reportaje sobre los pilotos militares que, desde sus bases en suelo norteamericano, dirigen los drones hasta sus objetivos y aprietan el gatillo que lanzará su carga mortal. Esos pilotos, contaba la reportera, desarrollan una “extraña intimidad” con los “insurgentes” que van a ejecutar: ven, a miles de kilómetros de distancia, cómo se desarrollan sus vidas y las de sus familias… y ven cómo mueren cuando les alcanza el misil.

 

     Obama no es, para nada, el blandito que describen esos belicosos a la antigua que son los republicanos de Estados Unidos. Que se lo digan a Bin Laden o a los cientos de militantes de Al Qaeda y talibanes exterminados en operaciones militares encubiertas o en ataques de drones. Y tampoco es ese campeón del buen rollito con el que soñaron muchos en Estados Unidos y el resto del planeta al seguir su campaña electoral de 2008. Es un frío, inteligente e implacable comandante en jefe de la ciberguerra del siglo XXI.

 

     Dice mucho del extremismo de la derecha republicana de Estados Unidos, la madre de todas las derechas occidentales de hoy, el que considere un “rojo” peligrosísimo a alguien así, a un presidente que se cargó a Bin Laden, jamás le chistó a Israel, se rodeó de gente de Wall Street y apenas pudo aprobar una reforma minimalista de la atención sanitaria. Terrible.

 

@ELPAIS

 

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