Chávez después de la victoria

 

Roberto Giusti

Roberto Guisti

Roberto Giusti
rgiusti@eluniversal.com 

 

Con los resultados del 7-O se consolida un modelo que anuncia el final de la crisis

 

La victoria de Chávez implica la herencia de lo dejado por él mismo: un país atenazado por la violencia, fracturado en su unidad, dependiente del mundo exterior, con la infraestructura física en ruinas, la salud, la educación y los servicios en estado precario, las cárceles en llamas, las empresas estatales arrojando pérdidas mil millonarias y un nuevo gobierno (que en realidad se hace cada vez más viejo) cuyo reto básico, no obstante estas urgencias, es el de la gobernabilidad.

El triunfo de Chávez obedece más a la rutina, al ventajismo y al miedo, que a los impulsos renovadores que lo llevaron a ganar, de manera clamorosa, las presidenciales de 1998, 2000 e, incluso, del 2006. Pero es, precisamente, este último año el que marca un punto de inflexión en el “proceso revolucionario”, una de cuyas manifestaciones es el estancamiento en el decrecimiento de la pobreza.

Allí comenzó el desencanto y pese a su conexión con las masas, el halo esplendoroso que hacía del Presidente una suerte de santón libre de mácula se fue desdibujando. La forma expedita de paliar este fenómeno, que era el síntoma de una crisis general, consistió en la profundización de las políticas populistas y, sobre todo, de un gigantesco clientelismo arropado por la renta petrolera, que le permitió la extensión de su mandato y de un continuismo inviable.

Con los resultados electorales del 7-O se consolida un modelo que, siendo la causa de la crisis, resulta incapaz de superarla de forma constructiva. No puede resolverla un gobierno que, impulsado por la idea de subvertir el orden establecido, ha sido incapaz de erigir otro en sustitución del extinto. De manera que ese nuevo orden ni siquiera puede considerarse autoritario porque no existe. El producto de ese “proceso” está a la vista: caos, anarquía, violencia y desorden. Es la supresión de los valores establecidos, pero sin trazas de una nueva “ética del socialismo bolivariano”.

Chávez seguirá teniendo el control de los poderes públicos y de algunas instituciones fácticas, pero estos poderes, que en sus manos dejaron de serlo, se desnaturalizaron al someterse y pese a la vinculación clientelar con la gente, la gobernabilidad se le escapa de las manos a un superpoderoso que cada día tiene menos poder. En esas condiciones la continuación de un modelo fracasado significa el anuncio de un colapso porque las crisis no son estáticas e ineluctablemente tienen comienzo y final. Puede resultar una paradoja, pero Chávez estaría obligado a rectificar y operar una transformación radical en su forma de gobernar, abriéndose a una concertación nacional. Y digo paradoja porque ese cambio sería la negación de sí mismo y de su obra, si lo que tenemos a la vista se puede llamar así.

 

 

 

 

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