CREPITACIONES

Américo Martin

Desde la cima del Ávila
Américo Martín
mermart@yahoo.com 
@AmericoMartin 

I

            Ni la MUD ni el gobierno esperaron algo parecido a lo que ocurrió el 7-O. Aquella veía perfilarse en el horizonte una victoria que se afirmaba progresivamente, aunque las encuestas ofrecieran deplorables disparidades, una mayoría de las cuales –todo debe decirse- favoreciendo al gobierno, en general con ventaja estratosférica. No obstante, otras se movían en la marea del empate técnico a favor o en contra de Henrique Capriles. Se daba por supuesto el voto “del miedo”. En países de tan elevado empleo público con razones fundadas para ocultar su real preferencia, no puede funcionar con exactitud la metodología de las encuestas, por muy serias que fueran. En Venezuela hay claramente más de dos millones de empleados públicos, de modo que si realmente estaban escondiendo la que sería su final decisión electoral podrían pesar mucho a favor del poderoso rival del presidente. ¿Y por qué pensarían en Capriles y no en Chávez? Por una sencilla razón: los partidarios del presidente más bien tendrían interés en subrayarlo para beneficiarse del reconocimiento de su lealtad; en cambio sus adversarios  correrían el peligro de ser despedidos si declararan con franqueza por quién votarían. Ese potencial subyacente daba fuerza a la creencia de que Chávez finalmente sería derrotado.

 

            ¿Hay algún testimonio de otro país que avale semejante postulado?

            En realidad pocos, pero significativos. En América, mal que bien prevalecían reglas inviolables. Por lo general un empleado público se atrevía a manifestar sus creencias sin peligro de ser cesanteado por adversar al mandamás de turno. En Chile de Pinochet no fue así. Las encuestas lo ponían a ganar con 20 puntos y perdió por 4. El voto del miedo le dio un bofetón.

            No todo era especulación. En la calle estallaban las grandes manifestaciones que seguían a Capriles, en tanto que los actos del presidente acusaban desgano y cierto artificio. El presidente, por enfermedad o incapacidad para mantener el ritmo intenso de Capriles, había perdido la iniciativa y la agenda. El sustantivo era Capriles, el adjetivo, Chávez.

 

II

 

            Pero el presidente tenía motivos para pensar que saldría victorioso. Calibraba el inmenso poderío del estado y se disponía a apurarlo hasta las heces. La compra de opositores  dados a subastarse, el generoso financiamiento de su maquinaria, el abuso de medios y las cadenas, la intervención planificada y masiva de la Guardia, la Policía Nacional, los ministerios, empresas e institutos del Estado en la intimidad del proceso electoral, eran en su conjunto un poder demasiado grande. Encuestadoras complacientes sembraron la especie de la invencibilidad del presidente, con abrumadora e inalcanzable mayoría. Alguna de ellas fabricó la tonta idea de la “religiosidad” del presidente, sin caer en cuenta de que más mística espontánea se apreciaba en las colosales concentraciones de Capriles.

            Sea por la manía persecutoria que caracteriza a gobiernos autocráticos o por cuidadoso cálculo, el gobierno disparó al mundo la teoría de que la MUD, aliada al imperio yanqui, desconocería la victoria de Chávez con propósitos golpistas. El guión, explicado en detalles por un acreditado columnista oficial, sería  el de Libia y Siria. Condenas a violaciones de derechos humanos, seguidos por condenas internacionales y finalmente el desembarco de marines en nuestras costas. ¡A defender la Patria de la agresión extranjera! Clamaba Chávez, quien carece por completo del sentido del ridículo.

            El resultado fue que pese al brutal ventajismo y la bárbara presencia militar en centros de votación, si bien ganó Chávez, la oposición obtuvo la más alta cifra de votos de su historia: 6 millones y medio, que seguramente fueron más. Y lo bueno es que contra lo pregonado por los corifeos del régimen, Capriles y la MUD reconocieron el resultado. Desconcertado, el mencionado columnista oficial siguió envuelto en su truculencia. Es verdad que reconocieron, pero es “por ahora”. Vaya usted a saber qué significa eso.

 

III

            Ahora vamos a las importantísimas elecciones regionales. Superando el inevitable desconsuelo de la derrota y consciente de que este gobierno haría y hará lo que ningún otro en el Continente, la oposición reforzará los Centros Electorales donde la depredación de las hordas causó más daño y aprovechará sus ventajas comparativas.

            La primera es del gobierno. Toda elección presidencial tiene efecto de derrame sobre las que vengan, pero eso no es fatal. Los candidatos de la MUD van con la corriente: fueron electos en sus regiones en primarias muy participativas, se oponen a la aniquilación de la descentralización ordenada desde Miraflores y enfatizaron los duros problemas que afectan a sus regiones. Un detalle adicional: serán los paladines de sus estados y municipios amenazados por el siniestro modelo comunal que el régimen se dispone a aplicar.

            Los candidatos del gobierno, todos sin excepción, han sido nombrados a dedo por el presidente, son ajenos a los estados que quieren gobernar, son invasores que actuarán como el brazo largo del presidente para someter a los estados, mientras que los de oposición son sus defensores legítimos porque al pueblo deben su candidatura, no temen a los depredadores que vienen al asalto desde Caracas y luchan firmemente por la descentralización.

            La batalla se celebrará el 16 de diciembre. Un día después en el año 1935 un cáncer prostático que no quiso atender por temor a ignotas conspiraciones, se llevó para siempre a Juan Vicente Gómez. ¿Tuvo que morir para que venciera la democracia? Por lo que conozco de historia la resurrección de Venezuela se hubiera producido, con Gómez o sin él. Todo lo que puedo desear es que el 16 de diciembre la democracia obtenga una esplendorosa victoria que abra una autopista para salir de la agonía que reina en Venezuela. Derrotar en vida y pleno ejercicio de sus facultades al presidente vitalicio será la prueba de que este país nunca se va a rendir. Óiganme bien: nunca.

 

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