El sepulturero del catenaccio

Césare Prandelli, la nueva cara sonriente del fútbol italiano

WALDEMAR IGLESIAS

Césare Prandelli es el técnico de Italia. En un fútbol proclive a priorizar el juego defensivo, él se anima a jugar. Una vida marcada por tragedias y dolores le permite ver el deporte sin dramas.

Lo cuenta la propia historia: el cinematográfico fútbol italiano se alimenta de drama y de polémica. El Pro Vercelli y el Genoa, reyes del calcio a principios del Siglo XX, no son campeones desde los años veinte; los dos primeros títulos mundiales llegaron al amparo de la pesada mano de Benito Mussolini; el Torino de los años cuarenta -el mejor equipo de su tiempo- se murió en la catástrofe aérea de Superga; en la Lazio del primer título -aquella de Giorgio Chinaglia, en los 70- sus jugadores arreglaban a los tiros sus problemas de vestuario; la Italia campeona del mundo de 1982 no hablaba con la prensa y vivía presa del Toto Nero, el entramado de las apuestas clandestinas; el doping fue un fantasma omnipresente en la historia de varios de sus equipos más exitosos (como el Inter de Helenio Herrera en los 60 o la Juventus de los 90). Hace poco más de un lustro, los arreglos de partidos mandaron a la B a la Vecchia Signora, pusieron en la cornisa al Milan y ensuciaron a casi todos; en simultáneo, el equipo que ganó la Copa del Mundo de 2006 arrastraba el peso de limpiar con gloria las manchas de tantos escándalos. El calcio, infiernos y paraísos a cada paso. Tampoco en este tiempo cesan las denuncias por arreglos de partidos: por ejemplo, Doménico Criscito -uno de los sospechados del reciente “Calciopoli”- se quedó afuera del plantel que disputó la Eurocopa para que resolviera su situación ante la Justicia.

No hay casualidad en el modo de jugar de los italianos: ante la crisis, catenaccio. Y también la providencia de algún talentoso en días felices: como aquel Paolo Rossi de 1982, el mismo que tuvo que ser perdonado por su participación en el Toto Nero para que se pudiera transfomar en el goleador del equipo de Enzo Bearzot. Nereo Rocco se llamaba quien introdujo ese modo de entender el juego desde Suiza a Italia. Triestina, el equipo al que llegaba para sacarlo de una situación traumática, realizó la mejor campaña de su historia en aquella temporada 47/48. Helenio Herrera -el más italiano de los argentinos- fue una de las caras más reconocibles de esta idea. El mexicano Juan Villoro lo escribió alguna vez: “Helenio Herrera se veía a sí mismo como un Zeus provisional, que gritaba insultos geniales y hacía ademanes más eficaces que los rayos. Incluso este hombre convencido de su inspiración, comentó resignado: ‘Si se puede ganar jugando bien, estoy conforme, pero a los quince días se olvida si el partido ha sido bueno o malo. En la tabla queda el resultado, eso es lo que cuenta'”. Giovanni Trapattoni fue el continuador, con aquella Juventus acaparadora capaz de ganar seis Scudettos en nueve años entre 1977 y 1986.

Césare Prandelli lo vivió desde adentro en sus días de mediocampista ochentoso. El era parte de la Juventus que ganó el bicampeonato en las campañas 80/81 y 81/82 y que le dio la base y la vida a la Azzurra que se consagró en territorio español. El éxito deportivo le mostró una parte de su historia; la otra, la conoció a los golpes: a los 16 años, falleció su padre. Su día más feliz como futbolista, la final de la Copa de Europa, se le transformó en horror: mientras la Juve derrotaba al Liverpool en el estadio de Heysel sucedía en las tribunas una tragedia que dejó 39 muertos. A los 32 años, una lesión de rodilla, lo empujó al retiro antes de que lo que él se había imaginado. En el primer gran desafío de su carrera como entrenador, el Parma, le tocó soportar la bancarrota de la empresa que sostenía a la institución y sus consecuencias. No se inhibió: sacó adelante al equipo. En 2007, tras una larga enfermedad, falleció su esposa Manuela Caffi. Una anécdota que le contó al diario La Reppublica poco después de ese dolor retrata su vínculo: “Nunca llevo dinero en el bolsillo, era ella la que se encargaba. Hace poco tuve que pedir dinero a un compañero porque fui a echar gasolina y no tenía para pagar”.

Experto en dolores más allá de los avatares de un partido, Prandelli se asomó a su carrera de entrenador como lo que es: un audaz. Lo dijo durante el valioso recorrido de Italia por la última Eurocopa. “No tengo qué defender en el área. Prefiero recibir un gol a la contra que sufrir en defensa. Es mejor arriesgar al ataque que tener que esperar”. Su equipo fue subcampeón. En el camino escuchó elogios. Lo declaró Johan Cruyff, tras la victoria en la semifinal frente a Alemania: “La que ha animado esta Eurocopa ha sido Italia. Antes, para ver los partidos de la selección italiana, ¡ostras!, costaba mucho. Los cinco partidos de Italia han sido para disfrutar”. En la final, la Azzurra cayó goleada por la España del juego lindo y los éxitos grandes. Lo criticaron de todos los modos. Corriere dello Sport le dedicó el título principal de la derrota: “Prandelli, ma cosa hai fatto?” (“Prandelli, que cosa has hecho?). La crítica continuaba en la explicación de la portada: “Teníamos que hacer historia y lo hemos conseguido, esto es seguro. Porque nunca una final de un campeonato del mundo o de Europa se había resuelto con una diferencia tan evidente entre los campeones y los derrotados, mucho menos con Italia como protagonista”.

Prandelli leyó y escuchó. Pero eligió poner la derrota lejos del drama. Es lógico: desprecia el dramatismo incluso ante las derrotas duras. Después de la goleada de España, ofreció una pausa para reflexionar: “Nuestra interpretación del partido no estuvo mal, pero pronto nos dimos cuenta de que era necesario contener el juego porque estábamos muy cansados. Lo único que podemos hacer es felicitar al equipo que ha ganado porque ha dominado y es la campeona del mundo. Estábamos muy cansados y somos un equipo que necesita estar bien físicamente para hacer nuestro juego. Tuvimos la oportunidad de darle ‘vida’ al partido en la segunda parte, pero nos quedamos sin energía. Llegamos a estas grandes citas con el tiempo justo de los esfuerzos realizados durante la temporada”. No azar en su modo de actuar: entiende que el verdadero drama -casi siempre- sucede más allá del campo de juego. Lo demostró también justo antes del inicio de la máxima competencia continental de selecciones. Ante la posibilidad de que Italia no se presentara en la cita de Ucrania y Polonia por los inmensos alcances del arreglo de partidos, Prandelli entregó su mensaje: “Si es por el bien del calcio, nos quedaremos en casa”. Tenía al hablar la mansedumbre forjada en los días de la niñez en Orizinuovi, su pequeño lugar en el mundo, entre las bellezas de la Lombardía. Esa misma calma que lo acompaña ahora, en este inicio de las Eliminatorias para Brasil 2014 en el que Italia sigue haciendo lo que Prandelli pretende: un fútbol sin inhibiciones.

 

 
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