Polarización “por ahora y para siempre”

Juan Carlos Pérez-Toribio

Juan Carlos Pérez-Toribio
@pereztoribio 

 

Independientemente de las evidentes iniquidades de la campaña electoral, del abuso de los medios de comunicación públicos, del chantaje llevado a cabo con algunos programas sociales que hubieran hecho sonrojar a cualquier seguidor de López Obrador; independientemente del salto de talanquera del diputado Ojeda, la candidez nefasta de un Juan Carlos Caldera y las fotos traicioneras del tarjetón electoral; independientemente de la confusión creada por las  sonrisas autosuficientes de Briquet y Aveledo y de que esto haya promovido todo tipo de rumores sobre un fraude electoral ante la inexplicable voltereta a última hora de los números; independientemente de éstos y otros factores semejantes ya de por sí perturbadores, los que no compartimos el proyecto del Presidente deberíamos entender de una vez por todas que el chavismo no es un fenómeno precisamente sencillo; que no sólo influye la personalidad de su líder y la forma cómo se ha sembrado ésta en el imaginario de un pueblo continuamente en busca de mesías que le recuerden las hazañas del padre de la patria, sino que ha sido imprescindible para su consolidación esa especie de artefacto lingüístico que aquél utiliza, basado en la confrontación y las diferencias, al otorgarle a ciertos grupos sociales una nueva identidad, un lenguaje particular y hasta una causa política.

Ese entramado lingüístico se ha podido construir a partir de la diferencia con el otro, por lo que este otro diferente siempre será necesario para este tipo de discursos. Esto ha logrado proporcionar a ciertos grupos de ciudadanos una especie de nueva  identidad como quizás antes lo logró AD en el trienio 45-48 que va más allá de la simple identidad nacional.  La ventaja de este nuevo signo identitario es que en un mundo tan cambiante, pero paradójicamente tan homogéneo en gustos y preferencias como el actual, logra proporcionar también un lenguaje que sirve para enfrentar las diversas situaciones cotidianas y encontrarle sentido al mundo. Estas ideologías que logran facilitar identidades completas a partir de la confrontación y la diferencia, prenden fácil en la mente de los ciudadanos y son por ello mismo difíciles de vencer y superar, como quedó demostrado con las surgidas a mitad del siglo pasado en Europa o con el mismo peronismo argentino.

El chavismo  no es una ideología y uso el término con toda intención que tenga a su base la unión  y el espíritu de la nación; ella es en sí misma confrontacional y ha servido no sólo para que algunos ciudadanos comunes logren ocupar un nicho en este mundo tornadizo, sino que fundamentalmente lo hagan  aquellos que no pertenecen precisamente a una clase social producto del intercambio económico, como los sin casa, los buhoneros, los desempleados, etc. A todos ellos les ha otorgado la ilusión de que pueden influir en las decisiones gubernamentales y participar en el poder político, aunque esto no sea precisamente así.

(Un ejemplo extremo de lo que llevo dicho podría ser la confrontación creada en Ruanda entre los hutu y los tutsi, dos grupos que tienen la misma procedencia étnica, la misma religión y el mismo lenguaje, pero cuyas diferencias manipuladas artificialmente por los antiguos colonizadores belgas y los políticos, han terminado siendo irreconciliables).

En todo caso, a partir del día domingo quedó demostrado que los valerosos jóvenes que ahora  lideran la oposición no deberían descuidar estos aspectos ideológicos u ocuparse sólo en  ofrecer soluciones a los problemas inmediatos (inconveniente con la luz, el agua, etc.), como parecen sugerirle continuamente ciertos medios de comunicación social y algunos políticos advenedizos.

 

 

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