Aprender a escuchar y dialogar

Antonio Perez Esclarín

Antonio Pérez Esclarín
pesclarin@gmail.com
@cfipj

 

Lo más difícil de un diálogo no es lo que se dice, sino el modo como se escucha

 

La grandeza de un político se demuestra en la hidalguía con que acepta las derrotas y en la humildad y benevolencia con que asume las victorias. Esperamos que el Presidente reelecto sepa interpretar lo que sucedió en Venezuela el 7-O y no siga considerando como traidores, apátridas, agentes del imperio a seis millones y medio de electores, que ejercieron también con responsabilidad y gran civismo su derecho a soñar un país distinto. ¿Quién puede determinar quiénes aman más y mejor a Venezuela? ¡Esperamos, en consecuencia, que queden atrás definitivamente los insultos y las descalificaciones! Es tiempo para el reencuentro, el diálogo sincero, la reconciliación, y el trabajo compartido para resolver los graves problemas que, después de las elecciones, siguen tan vigentes como antes.

Es, por ello, urgente que en Venezuela aprendamos a escuchar y dialogar. Escuchar viene del latín: auscultare, término que se lo ha apropiado la medicina, y denota atención y concentración para entender y poder ayudar. Escuchar, por ello, antes de diagnosticar, de opinar, de juzgar, de descalificar. Escuchar para comprender y así poder dialogar. El diálogo exige respeto al otro, humildad para reconocer que uno no es el dueño absoluto de la verdad. Lo más difícil de un diálogo no es lo que se dice, sino el modo como se escucha. Si yo sólo escucho al que piensa como yo, no estoy escuchando realmente, sino que me estoy escuchando en el otro. El diálogo supone búsqueda, disposición a cambiar, a “dejarse tocar” por la palabra del otro.

Para decirlo con el poeta Antonio Machado:

“Tu verdad, no; la verdad: deja la tuya y ven conmigo a buscarla”. El diálogo verdadero implica voluntad de quererse entender y comprender, disposición a encontrar alternativas positivas para todos, opción radical por la sinceridad, respeto inquebrantable a la verdad, que detesta y huye de la mentira. El que cree que posee la verdad no dialoga, sino que la impone, pero una verdad impuesta por la fuerza deja de ser verdad. “La verdad les hará libres”, dijo Jesús. Nos libera de la prepotencia, del orgullo y del rencor, de creer que somos los únicos portadores de la verdad, que nos las sabemos todas; libera también de toda palabra que ofende, descalifica o hiere. Una verdad que no construye humanidad, es una falsa verdad.

Necesitamos también aprender a escucharnos a nosotros mismos, a dialogar con nuestro yo profundo para ser capaces de construir palabras-puente, palabras generadoras de unión y vida.

 

 
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