EL NOMBRAMIENTO DE MADURO

Fernando Ochoa Antich

Fernando Ochoa Antich
fochoaantich@gmail.com 

 

Hugo Chávez no da puntada sin dedal. Esa es la verdad. La decisión de nombrar a Maduro para la vicepresidencia no fue tomada a la ligera. En ella tuvieron que coincidir los intereses de la revolución comunista mundial, de Fidel Castro y del propio Hugo Chávez. Es imposible entender el significado de esta designación si antes no  se determina con alguna precisión el estado de salud de Hugo Chávez. No es fácil hacerlo. Ha sido rodeado de demasiado misterio. De todas maneras, existe un indicio que puede servir para aclararlo: la forma curiosa de enfrentar la reciente campaña electoral, con su limitado contacto popular y sus esporádicas apariciones. Ese no es su estilo. En definitiva, la designación de Maduro para la vicepresidencia sólo se puede explicar si se reconoce que la salud de Chávez está deteriorada y existen reales riesgos de que pueda  morir.

 

Si se acepta esta verdad, se debe ahora profundizar en las razones por la cual el líder seleccionado fue Nicolás Maduro. Claro está, que toda persona enferma siempre tiene la ilusión de poder mejorar de salud. Así ocurre con Hugo Chávez. De todas maneras, las presiones de todo orden lo obligaron a tomar esa decisión. Es demasiado lo que significa el proceso venezolano para los intereses de la revolución comunista mundial. Esas presiones surgieron del preciso conocimiento que tienen los Castro de la evolución del cáncer de Hugo Chávez. No pudo negarse. Nicolás Maduro había logrado convencer a ese liderazgo internacional que él sería segura garantía de todos los intereses en juego. Antes que nada, es un hombre de confianza de Chávez. Le ha demostrado lealtad, en todas las formas, en particular durante su gravedad en Cuba.

 

Esta última no es la razón de fondo de su escogencia. La lealtad a Hugo Chávez se encuentra más que generalizada entre todos los líderes del PSUV. Surge de otra realidad: ninguno es capaz de reemplazar el liderazgo popular de Hugo Chávez. El éxito de Nicolás Maduro se originó por otras circunstancias. Logró, en sus funciones de canciller, demostrar a los hermanos Castro y a otros líderes comunistas mundiales que, de fallecer Hugo Chávez y ser su heredero,  sería una leal garantía de continuación de la revolución bolivariana dentro del marco ideológico comunista. De inmediato surge una pregunta: ¿Existen en la revolución bolivariana líderes no comunistas? La respuesta es sí. Esa división proviene de la propia logia militar que se insurreccionó el 4 de febrero  contra la democracia venezolana.

 

Los venezolanos, con ese instinto que tienen los pueblos, han vinculado esa tendencia no comunista con la figura de Diosdado Cabello: “Le gustan los reales”;  “hace negocios”; “tiene una gran fortuna”. Todo esto es verdad, pero no es la razón de fondo. Otras  frases, sí nos dan la pista: “Nunca ha ido a Cuba”; “el sector militar no acepta como vicepresidente a Nicolás Maduro”. El problema es ideológico: el grupo militar del chavismo es nacionalista; el grupo civil es marxista. Los dos son antidemocráticos. El comunismo internacional está convencido de que Maduro garantiza los grandes intereses que representa el chavismo: la preservación de la revolución cubana, nicaragüense y boliviana y la consolidación de las elecciones como método para que los sectores radicales de izquierda puedan alcanzar el poder en la América Latina.

 

Por el momento, el enfrentamiento fue resuelto. Se impuso la voluntad de Hugo Chávez y su visión geopolítica: la destrucción del imperialismo norteamericano y el establecimiento en la América Latina  del “socialismo del siglo XXI”. El conoce perfectamente que sólo alcanzando el segundo objetivo es que podría tener alguna importante figuración histórica. De allí que ese aspecto sea innegociable. En este momento, la situación es irreversible: el heredero de Hugo Chávez es Maduro. En caso de su muerte, el vicepresidente tendría que convocar a elecciones en treinta días. ¿Correrían los intereses comunistas internacionales ese riesgo? Estoy convencido que no. Aprovecharán la victoria del 7 de octubre para tratar de imponer una enmienda constitucional que permita al vicepresidente terminar el período presidencial sin convocar a elecciones.

 

Esta realidad debe evaluarla con detenimiento la oposición democrática. El primer punto difícil de precisar es la fecha. Puede realizarse el referendo aprobatorio de esa enmienda constitucional durante las elecciones para gobernador, alcaldes o durante el año 2013.  Decidirán lo más conveniente para sus intereses. Creo que este riesgo no debe ocultarse, sino crear, lo antes posible, una matriz de opinión contraria a esa posibilidad. Ya tenemos experiencia. Logramos que el pueblo rechazara la reforma constitucional al demostrarle los riesgos que corría la democracia si se aprobaba. Al contrario, nos derrotaron  en el referendo revocatorio para aprobar la reelección indefinida. No pudimos convencer a nuestro pueblo de su inconstitucionalidad. En realidad fuimos sorprendidos. Ahora, no nos pueden volver a engañar.

 

 

 

 

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