El tiempo de Dios

 

Juan Carlos Pérez-Toribio

Juan Carlos Pérez-Toribio
@pereztoribio 

 

Cuando la realidad no encaja en nuestros esquemas conceptuales e interpretativos, tendemos a caer en estados de ánimo de abatimiento y derrotismo. Sin embargo, no es menos cierto que las revoluciones del pensamiento han tenido lugar cuando éste logra dar con esa especie de piedra filosofal que explica más y mejor la mayoría de los desafíos a los que estaba expuesto hasta ese momento. Pensemos, por ejemplo, en el agotamiento de la astronomía y su revitalización con los descubrimientos de Copérnico y Galileo, o en el anquilosado mundo europeo y el dinamismo que adquirió luego del Renacimiento y la Modernidad. Estos ciclos parecen  acompañar siempre a la razón en todos los órdenes del quehacer humano, solo basta que el hombre se proponga romper con esa suerte de destino al que parece estar encadenado.

En este momento, los ciudadanos de países como Nicaragua, Venezuela o Argentina (y en menor medida Ecuador y Bolivia) nos encontramos sufriendo unas especies de “autocracias electorales” (o democracias delegativas, como las llama O’Donnell ) que imposibilitan una  contienda electoral justa, que mantiene entrampados a sus principales opositores y que, por tanto, les exige nuevas formas no violentas de proceder políticamente; esto es, una novedosa lucha política sin sacrificar los principales principios democráticos que todos los opositores sensatos comparten. En este sentido, habría que decir que una de las principales trampas en la que se ha caído, al menos en Venezuela, es aceptar la insinuación gubernamental de que solo hay una oposición y que todos los opositores comparten los mismos puntos de vista y no los mismos principios; otra, que la abstención, las huelgas generales, los paros o cualquier medio de lucha ensayado previamente es malo en sí mismo y no que tal vez esos medios fueron usados extemporáneamente o que los líderes que los sugirieron no eran los más idóneos para llevarlos a buen fin.

 

Dicho lo dicho, ¿qué quiere decir Capriles con esa frase que se ha popularizado tanto de que el tiempo de Dios es perfecto? ¿Quiere decir algo tan de Perogrullo de que las cosas sucederán cuando sucedan? ¿Que ese gran esfuerzo que hacemos de volver a empezar una y otra vez de prácticamente cero, como sucedía a Sísifo cuando la pesada piedra que empujaba volvía a rodar hacia abajo, llegará a su fin cuando Dios así lo disponga? ¿Que estamos pagando una especie de castigo por nuestros actos, pero que llegará el día que nuestros esfuerzos serán recompensados? Yo, con el perdón de Capriles, no comprendo esa frase, como no entendí nunca aquella de Caldera de que los pueblos nunca se equivocan (sin mencionar esa otra de ingenio superlativo de “vivir viviendo”).

O mis entendederas son muy escasas o es muy escaso y limitado el mensaje que ambas frases encierran. En todo caso, sí me parece una frase muy poca combativa, llena de estoicismo y resignación. No creo que sea el momento de transmitir un mensaje como ese, dependiente de Dios, que, a falta de otro, los opositores, en su avidez de eslóganes que resuman su posición ideológica, han comenzado a propagar por las redes sociales como si fuera un grito de guerra.

Creo que está suficientemente demostrado que los pueblos consiguen  un mejor “camino” con frases y motivos más decididos, como aquel usado por el Libertador sobre la naturaleza, o aquellos que componían el Decreto de Guerra a Muerte. Una cosa muy diferentes es si los mismos son blasfemos o no, pero la política, como sentenció una vez Max Weber, no es precisamente la actividad mediante la cual alcanzaremos el cielo.

 

 

www.diariosdelaincertidumbre.com

 

Artículos relacionados

Top