LA MALA HORA

Manuel Felipe Sierra

Fábula Cotidiana

Manuel Felipe Sierra
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@manuelfsierra  

 

La tarde del miércoles 21 de octubre de 1952 Leonardo Ruiz Pineda bajó la escalera de la casa número 38, avenida San Gabriel, de la Alta Florida. El ajetreo clandestino le permitió compartir unas horas con su familia y revisar planes conspirativos con su compañero Jorge Dáger. “Alfredo”, su apelativo de lucha traía en las manos un portafolio y un sombrero; y al cinto una pistola italiana calibre 22. Dáger le dijo: “esa pistola me parece muy pequeña para ti, llévate mi 45 que es mucho más efectiva”. “Alfredo” comentó sonriente “tú quieres que me enferme más los riñones llevando ese cañón tuyo en la cintura”. Ambos salieron en compañía de Santos Gómez quien les hacia de chofer y pasado unos minutos se detuvieron en el puente de Los Caobos. Un hombre vestido de blanco le hizo entrega a “Alfredo” de un sobre. Regresaron a la casa y  Auraelena su esposa abrió el sobre que contenía la cantidad de cinco mil bolívares, el precio que el desconocido le había puesto al “Libro Negro” editado en esos días por José Agustín Catalá y que daba cuenta de la pesadilla que vivía el país. El generoso comprador era el poeta Juan Liscano.

 

Leonardo Ruiz Pineda

Leonardo Ruiz Pineda

“Alfredo” y Gómez salieron apresurados para cumplir con una cita. En la ruta hubo un cambio y “Alfredo” se trasladó a un vehículo conducido por Regina Gómez Peñalver quien lo condujo hasta la Plaza Pérez Bonalde en Catia donde lo esperaba David Morales Bello. De allí tomaron la avenida España con dirección al Atlántico y frente a la planta de leche “La Silsa” recogieron a Segundo Espinoza y Leoncio Dorta. El auto tomó la vía del puente “9 de diciembre”; luego dobló a la izquierda hacia la avenida principal de El Paraíso hasta llegar a Roca Tarpeya; y cruzó a la avenida principal de San Agustín. A esa hora había congestionamiento de tránsito, las luces tambaleaban y una camioneta accidentada los obligó a detenerse. El vehículo era seguido en una moto por los agentes de la Seguridad Nacional, David Augusto Colmenares “Suelaespuma” y Francisco Ramón Matute. A los pocos minutos actuaron los sicarios. El auto fue interceptado, Morales Bello y Dorta lograron escapar mientras Espinoza luchaba con uno de los agresores y Leonardo, que iba en el asiento del copiloto trató de salir por la puerta del conductor, pero ya no había tiempo para la huída. Colmenares lo había identificado, pero fue Matute quien disparó.

 

José Vicente Abreu construyó un relato de los pormenores del crimen con testimonios de testigos y declaraciones posteriores a la caída de Pérez Jiménez de Colmenares y según el periodista alrededor de Matute se tejió una red misteriosa hasta que el 4 de enero de 1953, a sólo tres meses del asesinato, se anunció su muerte por un “shock traumático”. Se habría repetido la historia de otra muerte ordenada por los jefes de la SN en la cual el autor del homicidio también pagaba con su existencia los servicios prestados.

 

A las 8:10 de la noche cuando “Alfredo” fue asesinado Auraelena oía una radionovela de Radio Caracas. Al día siguiente Dáger conmovido le hizo entrega de un ejemplar de “El Nacional” que daba cuenta de la muerte de su esposo. La cámara de Francisco Edmundo “Gordo” Pérez dejó para la historia la fotografía del cuerpo de un hombre atravesado en la avenida principal de San Agustín del Sur. La leyenda resumía: “un solo proyectil segó la vida del doctor Leonardo Ruiz Pineda, la bala penetró en la región malar derecha y siguiendo una trayectoria ascendente asomó cerca de la región parietal izquierda. El cuerpo quedó tendido en la calle, boca arriba, con los píes dirigidos hacía la acera, entre un gran charco de sangre”. Auraelena fue al Ministerio de Relaciones Interiores a hablar con el ministro LLovera Páez para reclamar el cadáver, y la atendió Pedro Estrada quien le dijo que ello no era posible y que a su esposo lo habían enterrado a la 4:00 am y no podían decirle el sitio. Fue detenida y permaneció en la Cárcel Modelo hasta febrero de 1953 cuando fue deportada a España junto a su familia.

 

El asesinato de Ruiz Pineda y las repercusiones que el hecho tuvo despojó de cualquier escrúpulo al régimen. El 30 de noviembre de ese año Pérez Jiménez desconoció la victoria electoral de URD fortalecida por una oleada de votos adecos que desacataron la orden de abstención dada por la dirigencia en el exilio. Los crímenes se multiplicaron; las torturas se hicieron prácticas cotidianas; y desapareció el menor resquicio para la libertad de prensa. PJ se vio obligado a gobernar apoyado en una camarilla militar que llegó a alcanzar niveles obscenos de corrupción; la resistencia se fortaleció; miles de hombres y mujeres fueron a la cárcel y la SN se consagró como una sinistra referencia del terror. “Alfredo” fue sustituido en la conducción clandestina por Alberto Carnevali quien habría de morir meses después en la cárcel de San Juan de los Morros víctima de un cáncer. Raúl Nass hombre cercano a Rómulo Gallegos recordaba que en la mañana del 4 de noviembre de 1948, Pineda y Carnevali coincidieron en Miraflores y al enterarse que era inevitable el derrocamiento del novelista, se abrazaron con fuerza y asumieron el compromiso de encabezar la resistencia en lo que habría de ser un pacto de sangre.

 

Ruiz Pineda tenía alma y palabra de poeta y como periodista trabajó en el diario “Ahora” que dirigía Luis Barrios Cruz siendo además colaborador de “Fantoches” el semanario de Leoncio Martínez y de la revista “Elite” a finales de los años treinta. Luego fundó y dirigió el diario “Frontera” en San Cristóbal. En el prólogo  que escribió para “El Libro Negro” dejó las líneas de lo que sería la estrategia, a la postre victoriosa, frente al régimen: “la magnitud de la tragedia pública que conmueve a la nación reclama una coordinación de fuerzas. Ya están resquebrajadas las bases de sustentación de la dictadura, la descomposición del régimen anuncia próximo estallido, la amenaza de un caos general propicia el acuerdo de las fuerzas fundamentales de la nacionalidad. No se trata de una aventurada conjuración de ambiciones políticas, sino de una patriótica aglutinación de sectores responsables del país, a fin de impedir que al desmoronamiento de la dictadura sobrevenga una etapa de desgarrada guerra civil o de anarquía disolvente y reaccionaria”. A 60 años del asesinato del líder de la resistencia, muchos de sus planteamientos cobran todavía una conmovedora vigencia.

 

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