Realismo mágico

José Antonio Gámez E.
jgamez@alumni.unav.es
@vidaprog

  

El problema del hombre moderno, no es no creer en nada,

sino estar dispuesto a creer en cualquier cosa…

Chesterton

 

El realismo mágico, más allá de ser una corriente literaria de reconocida tradición en nuestro continente, se ha convertido en una actitud frente a la vida, incluso entre aquellos que se jactan de ser científicos y liberales. Paradójicamente es una consecuencia de la secularización de la cultura.

El hechizo postmoderno tiene el mismo fin que en las etapas primitivas de la historia; el logro del poder sin medida. El poder por el poder, termina siempre siendo una forma de esclavitud. Ese poder-ídolo en las sociedades contemporáneas se manifiesta principalmente como poder económico.

Es por ello, que hay razón para que alrededor de la economía se tejan una serie de mitos y leyendas que al final, aunque pretendan un supuesto rigor científico -bastante cuestionable por cierto- terminen tan alejados de la vida como la actividad de cualquier chamán o babalao cubano.

Por eso, los que desean un régimen de libertades sin control, o un régimen militar sin libertades, tienen que acudir a alguna de las formas de la magia; del dominio charlatán y falso. Periódicamente, vemos actuar a grandes profetas del liberalismo económico como predicadores de una especie de conjuro supra racional. Pretendiendo dejar de lado cualquier intento de institucionalidad política, como forma de ejercer gobierno sobre las tendencias a la ganancia excesiva, o los monopolios sin restricciones.

Son realistas mágicos los que creen en los mercados autorregulados, como los que pretenden que un control absoluto del Estado sobre la economía mejora la productividad. La confianza en lo mágico está presente en los que consideran indispensable un control de cambio, como en los que no ven la quiebra que supone una fuga incontrolada de divisas.

Hay una especie de fe sobrehumana en que la entrada en los grandes mercados hemisféricos como el Mercosur, va a significar un impulso a la actividad industrial nacional, que ha sido golpeada sistemáticamente durante tantos años. Pero no deja de ser ingenuamente religiosa la tendencia que apoya una actividad exclusiva de competencia privada, para lograr la definitiva penetración de nuestros productos en los mercados del Sur.

Hay tanto realismo mágico en el credo que reza; la competencia económica es lo que desarrolla un país, como en creer que es posible el bienestar de la población sin un apoyo adecuado al sector productivo. Tan brujo pretende ser el gobernante que quiere mantener un adecuado abastecimiento de alimentos mediante la destrucción del sector productivo nacional, para depender de las importaciones, como el que cree que la sola industria privada es capaz de satisfacer todas las necesidades básicas del pueblo.

Son verdaderos magos los que se preocupan solamente de mantener maquillados los índices macroeconómicos, como aquellos que piensan que las variables macro de la economía no afectan al ciudadano común. Hay magos que sólo ofrecen generación de riqueza y olvidan que sin mecanismos de distribución no es posible un equilibrio para el bienestar social.

Pero más seguro tenemos a los brujos revolucionarios que pretenden ahogar cualquier posibilidad lícita de progreso, bajo el prejuicio de la maldad intrínseca de la riqueza. @ELUNIVERSAL

 

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