DE LAS MUNICIPALES CHILENAS A LAS REGIONALES VENEZOLANAS

Fernando Mires

Fernando Mires
fernando.mires@uni-oldenburg.de 

 

En su viaje a América llamó la atención de Alexis de Tocqueville el interés de los ciudadanos por participar en elecciones locales, interés mantenido a lo largo de la historia. A diferencia de los países europeos, sobre todo Francia, advirtió el sagaz viajero que los norteamericanos daban más importancia a la política del lugar donde vivían que a la de la nación. La de los norteamericanos era, efectivamente, una política de la polis. Las distancias se han ido, por supuesto, acortando.

Las elecciones nacionales apasionan hoy a los norteamericanos tanto como las locales, sean comunales, regionales o federales. A su vez, en varios países de Europa, el interés por las regiones es cada vez más grande y suele suceder que los resultados obtenidos por los partidos en elecciones locales no corresponden con los que en la misma región obtienen en las nacionales.

Michelle Bachelet

No ocurre lo mismo en países latinoamericanos donde las elecciones locales son puestas casi siempre al servicio de las nacionales.

Quizás como resultado del centralismo geográfico heredado de la colonización española, o del pasado oligárquico y militar que siempre tendió al centralismo, lo cierto es que en la mayoría de nuestros países prima una política sin polis, es decir, una política para-estatal. Sólo así se explica por qué hasta las elecciones más locales están orientadas en función del objetivo central: la ocupación del Estado. Ahora bien, ese es el punto que une a dos países política y culturalmente tan diferentes como Chile y Venezuela. Pero no siempre fue así.

Chile es uno de los países más centralizados de América Latina lo que se observa en su economía, en su cultura, y por cierto, en su política. Venezuela es (o fue) uno de los más descentralizados. La autonomía administrativa ejercida a través de las gobernaciones fue allí una conquista de las luchas democráticas en contra de dictaduras que intentaron imponer un centralismo de carácter militar. Hasta que apareció Hugo Chávez.

Desde que gobierna Chávez la oposición ha venido realizando un notable esfuerzo para evitar que las gobernaciones sean secuestradas por el Estado. De ahí que las elecciones del 16.12.2012 estarán marcadas, como otras, por la lucha entre el poder regional y el poder central. El hecho de que Chávez haya designado a dedo a candidatos desvinculados de las regiones (los “paracaidistas”) pero vinculados a su persona, obedece precisamente al objetivo de subordinar el poder de las gobernaciones -incluyendo las de los chavistas- al Estado.

Luego, las municipales de Octubre en Chile, así como las regionales que tendrán lugar en Venezuela en Diciembre, giraron y girarán alrededor de la lucha por el poder del Estado. ¿Fue esa desvinculación con la polis una de las razones del triunfo del abstencionismo en Chile? ¿Será esa también una de las razones por la cual muchos piensan que en las regionales de Venezuela ocurrirá un aumento del abstencionismo con respecto a las elecciones presidenciales? Veamos:

En Chile el abstencionismo ganó por mayoría absoluta (cerca de un 60%). La Concertación y sus satélites ocuparon el segundo lugar (43,21% de la votación). El gran perdedor fue la Alianza (37,57%). No obstante no se puede decir que el abstencionismo lastimó más a la Alianza que a la Concertación pese a que esta última celebra el resultado como un triunfo. Y en algún modo lo fue.

La Concertación ganó en comunas emblemáticas (Cerrillos, Providencia, Recoleta, La Reina, Concepción, ñuñoa y Santiago) y ahora se encuentra en buen pie para afrontar las presidenciales. No obstante, el fantasma de la abstención seguirá penando. La razón es la siguiente: Los chilenos saben que muchos “eligieron no votar” no por desidia sino como protesta en contra de toda la clase política. Protesta en contra de la utilización de las comunas como escalones estatales. Protesta en contra de la ausencia de proyectos y de ideas. Protesta en contra de la conversión de la actividad política en un simple medio para el reparto de cuotas de poder. La gran abstención ha demostrado, en fin, que la que está viviendo Chile no es una crisis política sino algo mucho más grave: una crisis de la política.

Una crisis de la política vive también Venezuela, aunque de modo diferente. Mientras en Chile las municipales fueron un ensayo para las presidenciales, en Venezuela las regionales son esperadas, después del triunfo de Chávez en las presidenciales, como la gran oportunidad del gobierno para estatizar a las gobernaciones. Para nadie es un misterio que en nombre del estado-comunal el chavismo intentará apoderarse del poder total. 

Los observadores venezolanos esperan, al igual que lo que ocurrió en Chile, un aumento considerable de la abstención. Mas, esa abstención –y los chavistas lo saben- perjudicará más a la oposición que al gobierno. Este último, además del clásico ventajismo electoral, contará con un aliado adicional: el infinito cretinismo de los abstencionistas opositores. Eso significa que la oposición deberá luchar en contra de dos enemigos: uno interno y otro externo. Sólo si derrota al primero podrá enfrentar con ciertas opciones al segundo.

En Chile por su lado, la oposición espera derrotar al abstencionismo y superar la crisis general mediante el regreso de la gran dama de la política chilena.

“Este es el triunfo de Michelle Bachelet”, dijo Carolina  Tohá, flamante vencedora por Santiago  De este modo la izquierda chilena –o lo que por ella se entienda- se apresta a convertir a un gobierno que de por sí ya era centralizado, fuerte y autoritario, en un “poder personalizado”.

El personalismo puede en algunas ocasiones facilitar la gobernancia. Pero ni en sus formas patriarcales, como ocurre en Venezuela, ni en sus formas  matriarcales, como probablemente ocurrirá en Chile, puede ser bueno para la democracia.

 

 

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