LA VERDADERA ELECCION: MADURO

Rubén De Mayo
@rubdariote
rub_dario2002@yahoo.es

 

La sucesión al trono tropical de la bonanza petrolera se decidió el día de la designación de Nicolás Maduro como vicepresidente de la República y digno (esta palabra le encanta a Maduro, siempre apela a ella) delfín presidencial.

 

El ascenso de Maduro como hombre fuerte del chavismo ha sido de ensueño. De sus funciones en la Asamblea Nacional, donde dio muestras de ortodoxia y habilidades oratorias como diputado y presidente del Congreso, pasó al tan codiciado cargo de ministro de Relaciones Exteriores, en un país que cuenta con tradición académica en la formación de profesionales en el campo de las relaciones internacionales.

 

 

 

Maduro entonces se dedica a la muy importante misión de representar a un gobierno que muchas veces exhibe facciones ásperas y toscas para cualquier demócrata de espíritu liberal, suavizando sus rasgos más desagradables y broncos.

 

La imagen de Maduro inspira confianza; no es la imagen ruda del militarote autócrata, envanecido por el voto popular y una muy gorda chequera con la cual ganar voluntades; no, Maduro se nos presenta con aspecto de político negociador, de semblante señorial y pulcro, enfundado en un impecable traje oscuro, que estiliza su regordeta complexión.

 

Maduro se ha acostumbrado en estos seis largos años como canciller al boato y lujo de los mejores hoteles del mundo, acomodando y atildando sus modales a los grandes salones y recepciones protocolares de Estado. En el roce asiduo con altas personalidades internacionales, Maduro se ha impregnado de ese aire de seguridad del buen burgués que confía en su porvenir, inspirando tranquilidad y confianza con sus palabras.

 

Ante esa imagen excesivamente cuidada y blanda del Canciller acostumbrado a la buena vida, Chávez suele recordar con sorna su procedencia, y aquí nuestro Comandante es implacable: no  es que  Maduro haya trabajado como conductor de una unidad de transporte público, es que es un autobusero, no se le debe olvidar, piensa Chávez, que lo encumbró hasta la cima del poder. Y es que para el Comandante la actividad que en algún momento se ejerció termina siendo usted mismo, de forma exclusiva, para toda la vida: si vendió pescado, es pescadero; si estudió filosofía, es filósofo, como Pérez Pirela; si vendió chicha, pues usted es chichero.

 

Que Maduro sea un incondicional de Chávez está fuera de toda discusión: no se puede escalar y medrar dentro del régimen sin demostrar lealtad al Comandante; lógico en un gobierno que se alimenta del culto a la personalidad. Maduro es hábil, ha acomodado su discurso a las apetencias de Chávez, como bien lo demostró en su discurso como orador de orden, este mismo año, en la sesión especial de la Asamblea Nacional para conmemorar la firma del Acta de la Independencia. Ahí Maduro, en un alarde de conocimiento de la historia de Venezuela, según la singularísima y extraviada visión de Chávez, solamente hizo mención especial de Cipriano Castro, luego de detenerse un buen rato en Simón Bolívar, para llegar, en el caos del intervencionismo y la tutela del imperialismo estadounidense, que hace de toda la historia patria republicana una sucesión de gobiernos títeres y marionetas como hombres de Estado, al proceso político que se abre en 1999 con la llegada de Chávez al poder y la conquista de la segunda independencia.

 

Pero no nos engañemos, por muy incondicional que sea un hombre nunca renuncia a su libertad; estamos condenados a ser libres, según Sartre, y las relaciones humanas son siempre conflictivas, por la dominación y sujeción intermitentes, y más si se desenvuelven en un marco político, donde las adhesiones y compromisos son circunstanciales y por conveniencia.

 

Ya le veremos la propia piel a Maduro, de qué está hecho como hombre y político. Yo me lo imagino en Miraflores, el espeso bigote hecho de gamuza, con un irreprochable y costoso traje oscuro, una delicada y estudiada corbata, emulando al bello Brummell, artífice del buen y refinado vestir inglés, oloroso a buena lavanda masculina, en protocolar y recelosa conversación con algún Maquiavelo criollo (¿José Vicente?), acompañado por algún bufón ambicioso para amenizar la tertulia (¿Pérez Pirela?), calculando su próximo movimiento político, ya hecho con el poder, con las mismas cuitas y preocupaciones de su antiguo mentor y maestro político.

 

 

 

 

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