El destino de la clase media

Roberto Giusti

Roberto Guisti

Roberto Giusti
@rgiustia

 

 

“¿Querían a Chávez?, entonces se lo calan. ¿Están pasando hambre?, sigan votando por Chávez”

 

Una de las taras permanentes que el chavismo ha venido sembrando con generosa cosecha es el de la división social. En la aplicación del manual de la lucha de clases, como motor generador de la transición hacia el socialismo, se niega la inclusión y la existencia de una porción fundamental de la población, cuyo destino forzoso es la de fundirse en un colectivo uniforme, sometido e indiferenciado que, en principio, bajo el supuesto dominio del proletariado, termina convirtiéndose en la sociedad sin clases y sin Estado propuesta por Carlos Marx. Comentario al margen, generalmente ocurre todo lo contrario, nace una nueva clase dominante y el Estado (totalitario) es más poderoso que nunca.

Ahora, que Chávez maquille su lenguaje disolvente en épocas electorales y lo endulce con frases halagüeñas hacia la clase media resulta un tópico inevitable porque necesita esos votos, o parte de ellos, para transmitir una sensación de amplitud. Pero está claro que, en este caso y en muchos otros, se guía por el esclarecido pensamiento del padrecito Vladimir Ilich Ulianov (Lenin), quien consideraba a la “pequeña burguesía” como más perniciosa, para toda revolución, que los grandes propietarios del capitalismo. (“La Enfermedad Infantil del ‘Izquierdismo’ en el Comunismo”).

Por eso y no obstante todas las garantías y guiños demagógicos, el objetivo está claramente definido: el desquiciamiento del orden establecido, en cámara lenta (aunque cada vez más rápida), que implica la desaparición de la clase media, a mediano y largo plazo, en un desarrollo ya en progreso y tan explícitamente aplicado que no hace falta abundar en el tema.

Pero lo que no puede hacer la clase media es asumir hacia las grandes mayorías nacionales, valga decir, los pobres, la misma actitud que ha venido sosteniendo el chavismo hacia ella misma. “Querían a Chávez, entonces que se lo calen”, “¿Están pasando hambre?, sigan votando por Chávez“, son expresiones que he venido escuchando desde el 7 de octubre, reflejo, hasta cierto punto, de una comprensible frustración, pero también cargadas de un clasismo y una animadversión a contravía de un mensaje clarísimo en el discurso de Capriles: la inclusión.

No son la grande o la pequeña burguesía las únicas capas sociales amenazadas. Los pobres, los marginados, en fin, los más vulnerables, aquellos que, según Chávez, son su razón de ser y de hacer, resultan los más perjudicados por un modelo totalitario y empobrecedor en todos lo sentidos. Sin su inclusión, participación y acompañamiento esencial, todos, absolutamente todos, estaremos irremediablemente perdidos. Y no se trata sólo de un problema de estrategia política, sino de la carencia de algo sin lo cual no valdría la pena vivir.

 

 

 

 

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