El fantasma de CAP

Argelia Rios

Argelia Ríos
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De un lado y del otro se sabe que Chávez encara un severo problema para cumplir su palabra

 

Su oferta principal lo compromete más que nunca. Lo que Chávez le ofreció a su electorado no es cualquier cosa: la eficiencia no es precisamente el signo que distinga a su gestión. Al proponer que este nuevo será el sexenio de la eficacia, el comandante no sólo ha asumido las graves fallas de su gobierno: además, se ha asignado un inmenso desafío: nada menos que cambiar por completo las prioridades que lo han movido durante todos estos 14 años… Concederle jerarquía a los problemas de la gente -esos que siempre son descalificados por “inferiores”-, no será una tarea fácil para quien ha estado habituado a gobernar para complacerse a sí mismo.

En el trajín de la campaña, Chávez aceptó la obligación de enmendarse: admitió la gruesa deuda que mantiene con los venezolanos y reconoció que ya es hora de reducir el volumen de la agenda política… Pero, la probabilidad de que el éxito le sonría no está a la mano: si Chávez se ocupara de ser un buen presidente, con seguridad tendría que abandonar su rol de revolucionario, pues ambas cosas resultan del todo incompatibles.

La rectificación que el comandante anunció en medio de la contienda con Capriles, requeriría un giro copernicano en su conducta: un salto tan pronunciado, que nadie, ni aun en el propio chavismo, está en capacidad de visualizar con nitidez. De un lado y del otro se sabe que Chávez encara un severo problema para cumplir su palabra: el mejoramiento de la gestión bolivariana sólo puede alcanzarse con la “normalización” de la política, lo que, al mismo tiempo, sería posible solamente si se redujeran los muy altos niveles de polarización, inherentes a cualquier proceso revolucionario.

Colocado frente a las innumerables demandas del país -y frente a las nuevas expectativas creadas-, el Jefe del Estado estará urgido de lidiar con sus propias contradicciones. Si en verdad procurara desempeñarse como un mandatario eficiente -enfocado únicamente en la solución de los problemas del ciudadano de a pie-, no podría oponerse a que la opinión pública lo evaluara con el rigor con que ella suele evaluar comúnmente a los “presidentes normales”.

Durante 14 años, Chávez ha logrado que los venezolanos lo escruten del mismo modo benigno con que las sociedades valoran a los regímenes revolucionarios. Ahora, sin embargo, se ha comprometido a enrumbarse por el desconocido camino de la eficiencia. En el oficialismo no pierden de vista el hecho de que -sin esa necesaria eficiencia- Chávez podría terminar, tarde o temprano, como Carlos Andrés Pérez, quien, habiendo sido ovacionado por las multitudes, acabó en el basurero de la historia contemporánea de Venezuela. Como lo ha dicho el propio Chávez: se acabaron los pretextos.

 

 

 

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