La incómoda prensa estadounidense

 

Beatriz de Majo

Beatriz De Majo
bdemajo@gmail.com 

 

La impunidad de la que gozan los altos jerarcas del Partido Comunista de China está siendo puesta a prueba y no porque las instituciones encargadas de la fiscalización de la probidad hayan resuelto honrar la moralidad en el ejercicio del poder. No. La prensa estadounidense es la que le está causando problemas a la “nomenklatura” china. Y aunque el Gobierno ha decidido aplicarle todos y cada uno de los filtros que usualmente utiliza, en la prensa y en las redes sociales e Internet, para no permitir que un tema noticioso se torne viral, le va a resultar complejo pasar la página en la esfera internacional sobre el tema de corrupción en la cima administrativa del Estado, que ha puesto en el ventilador The New York Times. La rigurosidad y la calidad de la investigación efectuada por David Barboza, gerente en Shanghai del prestigioso medio, no va a ser pasada por alto.

El asunto del enriquecimiento grosero de la familia del actual jefe del Gobierno llegará a los más recónditos lugares de la geografía china, lentamente quizá, pero no habrá quien sea indiferente ante las colosales cifras que el trabajo revela. 2.700 millones de dólares son mucho más de lo que puede entrar en la cabeza de un chino urbano de clase media, que lleva a su hogar cada mes el equivalente a un salario medio de 250 dólares.

Los jerarcas gubernamentales hasta el momento, a escasas horas del arranque de la Asamblea del Partido Comunista que designará las nuevas autoridades del país para la próxima década, se han trazado la estrategia de contener el daño a través de mensajes en la prensa mundial. Un comunicado oficial niega la especie presentada por el medio estadounidense sin entrar a discutir los señalamientos ampliamente detallados. Pero el trabajo de Barboza está muy bien estructurado. Este no demuestra ni el tamaño ni la ubicación cierta de toda la fortuna de la familia del primer ministro, pero sí indica las rutas críticas oficiales mediante las cuales la inmensa riqueza se pudo fraguar y hace ver cómo a lo largo de una década se armó todo un entramado dirigido a evitar que se pudiera comprobar el origen de la propiedad por parte de los allegados de Wen.

En el exterior, la evasiva gubernamental ante este hecho no tiene mayor efecto. El jugoso asunto, una vez que ha sido aireado, solo provocará mayor avidez noticiosa, mientras que el tono profesional serio del NYT marcará la pauta de futuras investigaciones. La piedra en el zapato la tiene Wen en su propio país con el escrutinio de los suyos. Ya los entendidos han calculado que por lo menos 50 millones de internautas chinos tuvieron acceso a la información de base que incluye un archivo en PDF en el sitio web del periódico que ha circulado profusamente anexado a un correo, sin que el eficiente aparato represor digital haya podido contenerlo.

¿Puede Wen seguir una suerte similar a la de Bo Xilai, que perdió el cargo, el acceso al partido, la credibilidad y posiblemente la libertad por sus excesos? Dependerá sólo de los vientos que soplen en la Asamblea del PC y de cuánto quiera Xi Jing Pin ejemplarizar honrando las palabras de su antecesor.

Seis meses atrás Wen exigía abordar la corrupción, “el peor peligro”, enfrentado por la élite gobernante.

 

 

 

 
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