ESTADO COMUNAL

Américo Martin

Desde la cima del Ávila
Américo Martín
amermart@yahoo.com
@AmericoMartin 

 

I

 

El Estado Comunal es el nuevo amuleto extraído por el gobierno desde el fondo de un sombrero de farsante de feria para proporcionarle una causa a su desconcertada militancia. Las viejas consignas parecen muertas. Hasta los más inocentes han descubierto la realidad íntima de la trepidantes “democracia participativa y protagónica” a la vista de las prácticas dedocráticas pasando por encima de la voluntad de los militantes e incluso de los líderes del día a día de las regiones.

 

Una revolución que en la primera hora a puño alzado se enfrentaba a la corrupción, ahora se hunde en las aguas tenebrosas del asalto a los caudales públicos, con un absoluto desparpajo que no puede interpretarse sino como inaceptable desvergüenza. Observar como el miasma va penetrando las propias esferas de mando mientras hasta las más tímidas quejas son silenciadas con el penoso pretexto de no darle armas al enemigo.

 

La descomposición se cruza con dudas convertidas en certezas acerca de la idoneidad e integridad moral de quienes por la sola voluntad del máximo líder se asumen jefes de la revolución; y lo que es más grave, se cruza también con un enfrentamiento ideológico cuyo paradigma es la confrontación de dos modelos excluyentes: el trabajo comunal y la burocracia enriquecida y soberbia. Semejante fenómeno destruyó todas las revoluciones leninistas del siglo XX.  Era la misma condena levantada por Trotsky y Rosa de Luxemburgo desde los albores de la victoria bolchevique; el mismo que en la Yugoeslavia de Tito,  Milován Djilas describió en su obra “La nueva clase”. El mismo que con tonos sangrientos impuso Stalin a la aterrorizada militancia del partido. Y el que sepultó la Europa del este y que está haciendo del “principado” del partido comunista chino otro caso abominable de corrupción.

 

En fin: el proceso se pone en manos de la burocracia o esta es derrocada en beneficio del trabajo popular sin cerradas estructuras que en una espiral hacia abajo excluyen a los estamentos sociales en nombre de los cuales se supone haberse hecho la revolución.

 

II

 

Intelectuales del partido comunista cubano, interpretando un creciente malestar interno, han proclamado que para sobrevivir la revolución debe arrebatarles la conducción a los burócratas y extenderlo a “los de abajo” El profesor Pedro Campos Santos ha sido muy pródigo en su literatura. Su casi abierto desafío se inspiró en la apertura del libre debate interno dictado por Raúl Castro, jefe indiscutido de la revolución cubana.

 

No puede ser por azar que casi en los mismos términos se ha planteado ese dilema en el gobierno de Chávez y el PSUV.   Han surgido grupos postulando lo que se plantea en Cuba. Juan Barreto ha sido uno de los que pretende hacer la generalización teórica y práctica de la tendencia antiburocrática. Su partido lleva un nombre que intenta traducir esa aspiración: Redes. La idea es establecer la autonomía de las clases populares, arrebatada por la burocracia. Quizá la visibilidad que han adquirido sus tesis lo ha separado de las esferas más cercanas al líder supremo. De otra parte, el reto de las elecciones del 16 de diciembre ha presionado a Barreto y sus leales a aliarse a representantes de la burocracia a los que objetó brindándole respaldo en Mérida a un candidato disidente al cual bajo presiones superiores abandonó.

 

En un clima tan enrarecido de tensiones y enfrentamientos, el presidente Chávez decidió poner en el medio una causa novedosa: la de construir el Estado Comunal. Quiere unir -y hasta cierto punto lo está logrando- a los jefes de las tendencias en conflicto, pero aprovecha para descargarse de fracasos protuberantes con el dudoso argumento de que son errores de acercamiento a la verdad. Quiere hacerse perdonar lunares a ratos repelentes envolviéndolo todo en un gran objetivo. Creo que a lo sumo lo único que puede ganar es tiempo, correr un poco la arruga a la espera de mejores tiempos…

 

III

 

La tragedia implícita en estos movimientos es que el Estado Comunal es decididamente inviable. Históricamente ha terminado en sangre derramada cuando en el siglo XX se intentó construirlo y conceptualmente es un imposible teórico. De la historia mencionaré a vuelo rasante los casos de las comunas organizadas por los anarquistas españolas sobre todo en Aragón y Cataluña en plena guerra civil. La teoría era enfrentar la arremetida fascista del movimiento nacional y hacer simultáneamente la revolución. El desastre fue rotundo. Los comunistas, alegando que la prematura revolución dividía el frente antifascista los persiguieron con inaudita saña, asesinaron a sus jefes, los cuales tampoco devolvieron con serpentinas el mazazo. En la China del delirante Mao Zedong, las comunas, el gran salto adelante y la revolución cultural pusieron a la gigantesca nación al borde de una guerra civil que no prosperó por la liquidación de la banda de los 4, pero sin que antes se cometieran los desmanes más oprobiosos contra las figuras más encumbradas del partido. En Camboya, las comunas de Pol Pot  diezmaron a aquel país ahogándolo en sangre y vejaciones escandalosas.

 

Siempre podrá decirse, no obstante, que esos fracasos le servirán a la revolución bolivariana para perfeccionar la obra. La derrota es maestra de la victoria. Pero es que no es casual esa hecatombe de comunas. El centro de la cuestión es el mismo que hoy se debate en la socialdemocracia europea y americana. El asistencialismo social está muy bien, es necesario y hasta urgente.

 

El punto es que para financiarlo hace falta elevar la productividad de la economía, cosa que no puede lograr un sistema comunal que supuestamente erradica el lucro, ni unas estatizaciones que son fuente de la nueva clase, ni quimeras parecidas que nunca cristalizaron ni lo harán.

 

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