RELEVO EN CHINA

Elizabeth Burgos

Elizabeth Burgos
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El cambio de gobierno en China responde a unos convenios políticos internos que se elaboran durante varios años, creando durante ese tiempo a un virtual “príncipe heredero”, hasta que  en un Congreso del Partido se efectúa formalmente la proclamación del nuevo mandatario y el retiro del anterior.

Hoy, 8 de noviembre, se inicia el XVIII Congreso del Partido Comunista Chino (PPCH).  No se trata del clásico rito de los regímenes comunistas mediante el cual ratifican la gerontocracia en el poder y agregan uno que otro elemento de menos edad, destinado a tomar el relevo que garantice, generación tras generación, el modelo vitalicio de poder.  Ante los desafíos que se le presentan hoy a China, el poder está consciente de la necesidad de elegir un nuevo liderazgo que regirá los destinos del partido y lo que es lo mismo, del país y de su política económica.

Wen Jiabao

No se trata de un congreso como los habituales que se celebraban – y aún se celebran en aquellos países que todavía se rigen por el sistema comunista: China enfrenta retos cruciales de cuya gestión depende la perennidad del régimen y el papel de gran potencia industrial que el país ha alcanzado.

“Este congreso será de una gran importancia, en el momento en que la China atraviesa una fase crucial de la construcción de una sociedad moderna y próspera en todos los ámbitos, continúa las reformas y la apertura, y acelera la transformación de su modelo de crecimiento” – así se expresaba en la conferencia de prensa en el Palacio del Pueblo el portavoz del XVIII congreso, Cai Mingzhao.

Los dirigentes chinos están consciente de la ineludible tarea de emprender reformas de toda índole destinadas a modernizar la sociedad que el modelo de aceleración de su economía exige: las desigualdades sociales, la corrupción, los desequilibrios medioambientales, el creciente surgimiento de una sociedad civil indócil, las tensiones con los países vecinos y los signos evidentes de freno de la economía.

Especialistas de la moderna China comienzan a predecir el agotamiento del sistema económico que se sustenta principalmente en las exportaciones, amén  del control que ejerce el Estado, elemento de freno principal de la actividad económica, en contradicción con una economía competitiva a escala mundial en la que China está inmersa y juega un papel del líder, pero puede perderlo.

Las presiones de la tendencia que aboga por el cambio, se hacen cada vez menos discretas, y exigen cambios concretos, en particular: limitar el poder del Estado sobre la economía, la eliminación de los privilegios de las que gozan las compañías del Estado.

El dilema radica en cómo emprender las reformas que conducirán a China a convertirse en un país, política y socialmente moderno, en el marco de una dictadura comunista, dirigido por una clase política hereditaria, roída por la corrupción al punto de haberse convertido en un sistema del ejercicio del poder y cuya principal preocupación, es mantenerse en el poder.

De entrada, lo que está previsto es el relevo de la actual dirigencia y ya esta medida ha sido tomada, producto de acuerdos y negociaciones en el seno de la élite del poder y las facciones que la integran, por lo que el congreso del partido sigue siendo, en ese aspecto, un mero ritual.  El actual vicepresidente chino, Xi Jinping, pasará a ser secretario general del partido, y como lo quiere la tradición, será designado presidente en substitución del actual, Hu Jintao. Li Keqiang, actual vice-primerministro, pasará a ocupar el cargo de primer ministro, hasta ahora ocupado por Wen Jibao. 

Igualmente habrá modificaciones o se designará un nuevo Comité Central, que a su vez nombrará un nuevo Buró Político y el Comité Permanente del Buró Político, el cenáculo dirigente.  Es el nombramiento y la orientación de estos dos entes en donde radican los enigmas del actual congreso.  Las tres instancias del partido que deben ser renovadas, por lo menos, parcialmente.  El comité Central cuenta 200 miembros, el Buró Político, 25 miembros.  Los delegados al congreso son 2.270.

La nueva dirigencia tendrá en sus manos durante los próximos diez años los destinos del país.  Y como es habitual, según el modelo dinámico establecido, se trata de los descendientes de los antiguos dirigentes, fundadores de la República Popular (los pequeños príncipes) y de la élite que los circunda.  La oligarquía de las grandes familias producto de la Revolución, tiene el monopolio de los cargos de poder: el partido, el Estado, los bancos, las finanzas, las empresas estatales, incluso, las compañías privadas.  La corrupción en el seno de la élite financiero-política, que ha hecho del nepotismo y de la corrupción un sistema de poder, ha trascendido las fronteras del país y le ha valido la publicación de una minuciosa encuesta en el New York Times del pasado mes de octubre sobre la familia del primer ministro, Wen Jibao, donde se revela que ha acumulado una riqueza superior a los 2.100 millones de euros.  La corrupción alcanza extremos dignos de la mafia.  La esposa de Bo Xilai, uno de los dirigentes más célebres, Gu Kailai, fue condenada a muerte por haber asesinado por razones de intereses económicos a un hombre de negocios británico.  La corrupción, más la represión y la violación de los derechos humanos, es la mayor causa de descontento de la población.

La novedad de los cambios políticos anunciados por el Congreso, es que por primera vez el nuevo dirigente, Xi Jinping, de 59 años, no ha sido ungido por un líder carismático, al contrario que Hu Jintao y Jian Semin, ambos ungidos por Den Xiaoping.  Candidatos impuestos desde la cima del poder, que no son producto de una votación aunque fuese del comité Central, dejan muchas dudas sobre la legitimidad de su poder y, en el fondo, revelan la fragilidad del sistema de sucesión.  Se evidencia que el consenso en el seno de la clase dirigente no es de índole ideológico, sino determinado por los intereses de clanes financieros que se sirven del poder político.  Tal parecería que el capitalismo salvaje desarrollado por China, está devorando la ideología comunista del poder.

La preocupación por la crisis que incuba la sociedad china y las consecuencias desastrosas que podría traer, parece preocupar a la dirigencia china que según expertos de la China contemporánea, se ha dedicado los últimos tiempos a estudiar a Alexis de Toqueville y sus textos acerca de las razones que condujeron en Francia al estallido de la Revolución.

La idea de que el régimen feudal ya había desaparecido en Francia, y al no ser percibido ese cambio por el poder monárquico, y al no modernizarse al ritmo que lo había hecho la sociedad, terminó derrumbado por ésta, es un esquema, que con razón, preocupa sobremanera a la casta dirigente china.

 

 
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