CIEN AÑOS DE ENTREGA Y DE BONDAD

Alfredo Fermín

Alfredo Fermín
afermín@el-carabobeno.com 

 

En la novela Cien Años de Soledad, de Gabriel García Márquez, Úrsula Iguarán, prima y esposa de José Arcadio Buendía, es una mujer emprendedora y trabajadora que, con su esfuerzo y prósperas empresas, contribuye al bienestar de su familia. Vivió 120 años y hasta predijo  el momento en que iba a morir. Ese personaje lo hizo realidad Concha Ordaz de Rojas quien murió en Margarita, a los 101 años con una increíble lucidez,  tanta que cuando sintió que se acercaba el fin, pidió los santos sacramentos y llamó a unas amigas para que le cantaran cantos religiosos. Sin sufrimientos y sin agonía, expiró suavemente en la calurosa tarde del domingo 4 de noviembre en su residencia de la urbanización Jorge Coll, cerca de Pampatar.

Concha Ordaz de Rojas

La quisimos y la admiramos profundamente como a nuestra madre, no tan sólo por todo lo que hizo para nuestra educación sino por la brillantez de su inteligencia  que pudo haberla convertido en una personalidad destacada de la vida nacional si, en su tiempo de juventud, a las mujeres se les hubiese dado oportunidad para los estudios superiores y para la participación en la administración pública.

Nacida en el matrimonio de Pedro  Bautista Ordaz y Dolores  Adrián de Ordaz, en la población margariteña de Los Hatos, estudió en la Escuela Luisa Cáceres de Arismendi, de La Asunción hasta el sexto grato. En aquellos tiempos la educación era tan esmerada que parecía haber egresado de una universidad. Sumando, restando, multiplicando y dividiendo parecía que hacía actos de magia para dar resultados inmediatos  y escribiendo tenía una hermosa letra con una ortografía sin el más mínimo error, por lo cual nunca necesito secretaria, para que atendiera sus asuntos relacionados  con el comercio al cual estuvo dedicada casi toda su vida.

Desde niña tuvo un carácter fuerte, siempre con respuestas precisas. Su madre contaba que, cuando tenía tres años de edad, un amigo de la casa se jugó  con  ella y le dijo: “esta Concha si es amarga” y ella le respondió: “si no te gusta no te la comas” .Creció exigiendo y exigiéndose por lo cual a los hijos, nacidos  en su matrimonio con Jesús Rojas Campo les impuso una disciplina militar tanto que, cuando daba una orden, decía que “las órdenes se cumplen y después se discuten”.

Incansable en el trabajo comenzó sus empresas con una fábrica de alpargatas, en Los Hatos, pero como don Chucho era un excelente zapatero, decidieron residenciarse en Caracas para establecer una zapatería que fue un éxito por la novedad de los modelos y la calidad de las pieles utilizadas- Cualquier modelo de los grandes modistos, que le encargaban, los elaboraban exactos a los originales. Regresaron a Margarita, a comienzo de los años 50, y continuaron con la zapatería con una clientela exclusiva que no escatimaba en los costos porque los zapatos prácticamente eran piezas únicas.

 

UNA LEYENDA DEL COMERCIO

Por problemas sindicales decidieron eliminar a la zapatería y establecieron la tienda Dalilubel, que fue una referencia comercial de gran prestigio en la isla por la calidad y los precios de la mercancía que ofrecía. Telas finísimas de Suiza, Inglaterra, Italia, de La India y China, llenaban los estantes, colocados en las que fueron las habitaciones de la planta baja de la residencia. Como en un bazar, allí  se conseguían finas marcas de whisky de Escocia; champañas de Francia; brandys de España y exquisitos perfumes francesas de las casas Chanel, Lanvin y Dior; ropa interior  Schiaparelli  y Van Raalte, pantalones Ruxton, Lee, Wrangler y camisas Arrow y de otras prestigiosas marcas y hasta inciensos y deliciosas sales para baño, provenientes de países orientales.

Era el tiempo del apogeo del contrabando y la señora Concha se había convertido en una leyenda  de ese negocio, cuyo ejercicio no avergonzaba porque era una de las pocas maneras que había en la isla de trabajar y de dar trabajo a los demás. Su política comercial   era adquirir la mercancía que le llevaran a su casa. Consideraba que comprarla en Curazao, Granada o Trinidad era un riesgo que no corría. Compraba de contado por lo cual  los grandes contrabandistas se disputaban su clientela. Era una comerciante que  pagaba hasta el  último céntimo por lo cual ponía exigentes condiciones para la compra.

Mantenía relaciones amistosas con las autoridades por lo cual, cuando la Guardia Nacional pedía permiso para allanarle la casa, en busca de contrabando, el juez del distrito Mariño  la llamaba para informarle de la novedad y se daba su tiempo para extender la autorización, mientras ella tomaba las previsiones para que todo estuviera en orden. Lo curioso era que a los guardias nacionales no les gustaba ir en esa misión. Decían que esa señora sabía más más que un abogado y que era muy difícil llevarse los corotos. Por su parte la señora Concha los atendía con mucha gentileza les ofrecía refrigerio y les decía cumplan con su trabajo pero apegados a la ley, dejando todo como lo encontraron, porque “el hogar es sagrado”.

A sus hijos Dalila, Rómulo, fallecido; Gustavo, Lulyn, Gregorio Antonio, Jesús Rafael, Belkis y Rodolfo y a nosotros,  como hijo afectivo, nos educó con esmero y con comodidades pero, en época de vacaciones, teníamos que trabajar, duramente, en la tienda parafraseando a San Pablo: “el que no trabaja que no coma”. Y si nos pasábamos de la hora en una fiesta, cerraba la puerta de la calle hasta que consideraba que el castigo era suficiente.

 

ANGEL ANONIMO

Detrás de aquél rudo  carácter se ocultaba uno de los corazones más bondadosos que hemos conocido. Ella si cumplía la máxima de Jesús: que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha. Cuando sabía que alguien estaba en necesidad, enviaba la ayuda oportuna. Prestaba dinero a quienes verdaderamente estaban urgidos, sin cobrar intereses, y, en muchas oportunidades, dejó sin efecto deudas e hipotecas de casas para no dejar en la calle a familias en mala situación económica.

Nuestro dolor,  por su ausencia, es profundo. Habiendo tenido ocho buenos hijos, nos protegió con cariño y sacrificios. Cuando  estábamos desahuciados por eminentes neurocirujanos de Caracas, a consecuencia de una aneurisma en la arteria comunicante superior del cerebro, supo que en Valencia, el doctor Marcelo Corradi podía intervenirnos, y nos trajo a esta ciudad. Cuando el médico le comunicó que era una operación muy delicada, de mucho riesgo, y muy cara porque los aparatos tenía que comprarlos en Boston, respondió: “dígame cuantos dólares son y sálvela la vida”.  Así fue y nunca quiso comentar cuanto costó aquella arriesgada  operación, la primera de cerebro abierto que se hizo en el país, según consta en el Departamento de Neurología del Hospital  Clínico de la Universidad Central.

Nunca nos exigió nada y cuando queríamos darle algún dinero para sus gastos, siempre amorosa, nos decía: “Quien a Dios tiene nada le falta. Llévale eso a la  cieguita prima mía, que vive en Los Hatos, que si lo necesita”.

Cuando Margarita fue declarada zona franca dejó el comercio. Decía que se había perdido la emoción y, con su esposo don Chucho, se dedicó a disfrutar del fruto de su trabajo y de su familia, hasta el domingo cuando cumplió su deseo de que

Dios  la mandara a buscar tranquilamente. Solo ´pidió que cuando la amortajaran le colocaran  perfumes finos, para llegar perfumada ante el Señor.

Sus exequias reunieron a margariteños de diferentes generaciones que coincidieron en afirmar que, esta dama diminuta -fuerte como el guayacán- fue un ángel anónimo  de bondad.

 

 
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