CULPANDO A LAS VICTIMAS

Daniel Lansberg Rodríguez

Daniel Lansberg Rodríguez
@dlansberg 

 

En febrero de 1955, la revista Time honró a Marcos Pérez Jiménez con su portada. Junto a la foto podía leerse: “El capitán del barco del ensueño”. Aunque las cosas terminaron mal para P.J., quien pasó su vida pospresidencial entre cárceles y exilios hasta su muerte en 2001, sin embargo, es interesante cómo durante los últimos años, la imagen del exdictador venezolano ha pasado por una especie de rehabilitación en  ambos lados del espectro político.

 

Entre los enemigos del bolivarianismo se escuchan comentarios tales como “por lo menos esa era una dictadura coherente, preferible a lo que tenemos ahorita”. A la vez, que dentro del oficialismo también existen opiniones parecidas incluyendo las de  nuestro actual mandatario quien le ha concedido unos tantos piropos a su ilustre precursor, por ejemplo: “Yo creo que el general Pérez Jiménez fue el mejor presidente que tuvo Venezuela en mucho tiempo, fue mejor que Betancourt, mejor que toditos ellos”.

 

Mi abuelita, quien hasta sus 92 años ha tenido como tendencia ser poco política, también recuerda la Venezuela Pérez-Jimenista con nostalgia: “en tiempos de PJ podías dejar tus corotos en la calle sin que te los robaran” y “mientras que no te metieras con el Gobierno, podías vivir muy bien”.

 

Los  venezolanos no somos los únicos que a veces pensamos de este modo y tiende ser común, que el caos cree cierta nostalgia hacia algunos regímenes represivos del pasado. Hace unos años, cuando las protestas estudiantiles paralizaron a Santiago se escuchaba decir de Pinochet que: “por lo menos ponía orden, era el único que podía con un país como éste“. De igual manera, la anarquía e incertidumbre vivida por España durante la actual crisis económica ha resultado en un impulso para la reputación del Generalísimo Francisco Franco: tan es así que recientemente la Real Academia de la Historia publicó un Diccionario Biográfico Español el cual presenta al generalísimo, más como campeón militar que como dictador represor…

 

Pero, ¿qué tan cierta puede ser la premisa tan elocuentemente comunicada por mi Nana? ¿Verdaderamente será mejor vivir bajo un gobierno represivo que en una anarquía?

 

Benjamín Franklin: celebrado revolucionario, filósofo, inventor y articulista norteamericano, mejor conocido en estos días como el gringo calvo y trompudo en el billete de cien dólares’ escribió en 1783: “una sociedad dispuesta a cambiar un poco de libertad por un poco de orden, los perderá ambos y merecerá ninguno”. Sabias palabras, pero en mi experiencia, inconsistentes con las preferencias fundamentales del ser humano.

 

Todos sabemos que la vida puede ser terriblemente injusta. Los inocentes son víctima de tragedias todos los días y frecuentemente los villanos se salen con la suya.

 

Pero a pesar de que a nivel lógico comprendamos esta realidad, resulta difícil disfrutar de la vida, ser productivos, y sentirnos cómodos en nuestras rutinas cotidianas mientras que estemos activamente conscientes de eso. Mejor no enfocarse en las injusticias de las que somos objeto, que nos hacen sentirnos atropellados y paralizados por las inmensas incertidumbres de nuestra existencia. Por eso el ser humano busca convencerse a sí mismo que la vida es algo predecible, o por lo menos procedente. Esto es algo que en psicología le dicen “la hipótesis de un mundo justo”.

 

Cuando inevitablemente la vida nos enfrenta a alguna tragedia de manera arbitraria e inesperada, que revienta nuestra burbuja de autoengaño, solemos como mecanismo de defensa, transferir la responsabilidad del azar (cosa que nos afecta a todos) al afectado. Saber que, de alguna manera, la persona “se lo buscó” nos protege de la angustia de pensar que nos ocurra lo mismo, ya que confiamos en ser capaces de no cometer el mismo error.

 

Es por esto que cuando nos cuentan que a Pedro lo secuestraron, pensamos: “¿qué hacía por ahí a esas horas?”.

 

Andrea tuvo un accidente de auto: “¿andaba tomando?”.

 

¿Deslave? ¿Quién te manda construir en el cerro?

 

A Yesenia le cayó un rayo: “¿qué hacia afuera durante una tormenta?”.

 

Con la misma lógica, cuando alguna dictadura brutaliza a sus oponentes, sean los colegas, parientes o hijos de uno, es común que el ser humano busque explicar los trágicos resultados en el hecho que el afectado “decidió meterse con el Gobierno”.

 

Por más que se trate de un impulso injusto, egoísta o ilógico, el pensar que el afectado “se lo buscó”, es algo que nos alivia en este momento particularmente estresante e  inseguro de nuestra historia. Pero mientras nos enfoquemos solo en los “errores” de los que pierden o se perjudican nos cuesta darnos cuenta cada vez más de lo injusto, impredecible e insostenible que se ha vuelto el juego de nuestras vidas en Venezuela.

 

 
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