TINIEBLAS

Américo Martin

DESDE LA CIMA DEL ÁVILA 
Américo Martín
amermart@yahoo.com 
@AmericoMartin

 

I

 

Hasta cierto punto en la política de los gobiernos como en cualquier actividad humana se explica y hasta se justifica la mentira. Un país, por ejemplo, no debe descubrir sus planes de defensa de fronteras o su estrategia en la negociación de acuerdos sobre delimitación de áreas marinas y submarinas.  En esos casos mentir puede ser inevitable y hasta justo. Un manager engañará al otro equipo cuando se proponga desarrollar el plan de juego. Un político torturado por policías de la dictadura no debe creer que confesar la verdad y arruinarle la vida a sus compañeros sea más moral que mentir.

Diosdado Cabello

Pero fuera de esas excepciones, la mentira insulta a los demás, es perversa e inmoral y a veces resulta contraproducente. Si hablamos de gobiernos, mentir por la manía de hacerlo, por arrebato paranoico o para ocultar errores grotescos, raya con el delito.

Es lo que se siente al observar los movimientos de la sedicente revolución bolivariana. Mentir es para ella una pulsión incontenible, incluso cuando mejor le iría si dijera la verdad. El presidente está enfermo, no se ha curado como tantas veces proclamó públicamente y tantas veces corearon sus leales súbditos. Han optado por mentir todo el tiempo y en eso, por lo que se ve, seguirán. El hecho es que después de tanto tiempo no tenemos pormenores del tipo de cáncer que sufre Chávez.

Varios mandatarios fueron también víctimas del cáncer. Que realmente lo superaron en lo esencial lo sabemos porque  trataron el problema con franqueza y dejando que los boletines médicos le llevaran el pulso al tratamiento. Roussef, Lula, Mujica, Lugo y hasta la locuaz Cristina no engañaron a nadie, de modo que su enfermedad no devino tema electoral. Ahora, afortunadamente parecen haber superado el mal, cosa que sabemos por los profesionales autorizados y no por los mismos afectados o sus solícitos entornos

 

II

 

Fidel ha mentido en muchas cosas, pero en lo relacionado con sus afecciones gastrointestinales se atuvo a la verdad. Se puso en manos de médicos que no le ocultaron nada al mundo. Chávez, no. Está acosado por el desplazamiento de las células cancerígenas en su cuerpo. Pareciera creer que franquearse es agravar el mal. Sólo le falta matar a los médicos para que no se les escape lo que a la fuerza ocultan.

El problema es que la verdad sale, siempre sale. Y finalmente, en la imposibilidad de seguir corriendo interminablemente la arruga, ha pedido humildemente permiso para continuar su tratamiento en La Habana. Había dejado correr que se presentaría súbitamente en actos importantes, como el de la celebración por todo lo alto del golpe militar del 27N o la instalación el 6 de diciembre de un gran acto de juramentación de comunas, que por su cercanía con el 16D tendría sentido electoral

El hombre se agita en la red. Sus argucias sólo han servido para ilustrarnos acerca del progreso del cáncer y ponernos a todos a pensar que se trata de algo muy grave cuando, primero, no termina de darnos la información que el país merece y necesita, y segundo, ha sido el tratamiento más largo y complicado en comparación con el grupo de mandatarios que pasaron por lo mismo

En vista de lo que está ocurriendo estamos en el deber de analizar abiertamente las implicaciones que podrían sobrevenir si se produjera ausencia absoluta de Chávez. No me refiero a las previsiones constitucionales, muy claras por lo demás. Si la ausencia se produce antes del cuarto año del período, el CNE tendrá que convocar nuevas elecciones

 

III

 

Serán comicios sin Chávez. ¿Quiénes competirán? La unidad democrática no tendrá problemas. Las probadas y exitosas primarias proporcionarán el candidato único. Pero se entrevé que lo del gobierno será de órdago. Las tendencias internas se han exacerbado. Han comenzado a tirar furiosamente de la cuerda, como lobos maniatados. Se ve que estaban informados del estado del presidente por los movimientos de los líderes, apasionadamente lanzados a dominar candidatos regionales y unificar al movimiento en derredor de cada aspirante a la sucesión

Diosdado se exhibe como el más dinámico y fuerte pero es visiblemente torpe en el trato. El militarismo, auspiciado por él, ha ganado mucho terreno y sus seguidores son mayoría en la Asamblea Nacional, la dirección del partido y en la plantilla militar leal a Chávez. Y en lugar de tender la mano a quienes piensen distinto, los amenaza incluso con expulsarlos. Ha ganado terreno en la estructura, pero lo ha perdido en la militancia de base y cuadros medios y no se diga en el país.

En definitiva, si el candidato del régimen es Diosdado, y logra el milagro de mantener la unidad del chavismo, perderá las elecciones, creo que con holgura. Si no lo es, no se visualiza otro nombre, pero en caso de que lo hubiera –para disputar presidencias siempre sobran abanderados- tendría que cuidarse de la fracción dirigida por el peligroso rival interno.

Todo este tinglado está montado sobre un panorama económico, político y social cada vez más inmanejable. Para afrontarlo con posibilidades de salir adelante, no parece que sirva un presidente sectario, enemigo de la disidencia y excluyente de medio país.

Obviamente, la necesidad histórica reclamaría la transición hacia la unidad democrática. Más que nunca se pide una Venezuela unida y reconciliada, dirigida por gente competente no importa su bandería política, que comience llamando a todos, incluidos los venezolanos presos y exiliados, a luchar por una Venezuela próspera, libre, diversificada, autónoma, plural y profundamente democrática.

 

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