EL GOBIERNO DE LOS ENANOS

Rubén De Mayo
@rubdariote 
rub_dario2002@yahoo.es

 

 

Uno de los aspectos que más ha caracterizado al chavismo es su plebeyismo: el creer que la democracia es solamente igualitarismo, sin reconocimiento de la jerarquía y superioridad individuales.

 

Ese plebeyismo, a decir de Ortega y Gasset, es el igualitarismo perverso, ése que condena que se trate desigualmente a los iguales, pero que no se inmuta al ver tratados igualmente a los desiguales. El plebeyismo busca igualar a los hombres en todos los aspectos, más allá del orden legal, desconociendo la diferencia y desigualdad entre nosotros, lo cual ha traído como consecuencia que en el actual régimen, el chavista, se soslaye al hombre capaz y prominente, y abunde la vulgaridad del hombre común y pedestre, del hombre masa que no busca superarse a sí mismo curtiéndose su ser en el esfuerzo de conquistar metas elevadas que lo ennoblezcan.

 

Ese ennoblecimiento del cual hablamos no proviene del linaje o del dinero, sino de la paciente e industriosa construcción de sí mismo. El hombre noble o selecto, nos dice Ortega, no se conforma con lo que es, se exige a sí mismo ser más, por eso su preocupación por aprovechar avaramente cada momento de la vida y beber de las fuentes de la ciencia, la filosofía, los oficios y las artes en general.

 

Ese ser noble que se está haciendo continuamente porque se siente inacabado, contrasta con ese otro ser vulgar, del montón, la pura chusma, que se deja llevar por la inercia, en el cual predominan, por encima de la cultura, los deseos viscerales y apetencias primitivas materiales. Ese ser vulgar es dócil, de una docilidad canina y abyecta (los Mario Silva del Gobierno), y no tiene obligaciones, solo derechos.

 

Derecho a un empleo bien remunerado, sin preparación alguna o con una muy deficiente formación; derecho a una vivienda digna totalmente gratis y equipada, sin pagar una cuota inicial o un solo giro, promoviéndose, así, la cultura de la dádiva y el chuleo más descarado y obsceno. Estas viviendas se asignan a los más pobres, nos dice el Gobierno, como premio a su pobreza, olvidando a toda una población de clase media que igual no tiene recursos para adquirir una vivienda, pero se ha preocupado por formarse, es profesional y trabajadora, y le toca mal vivir arrimada en casa de un familiar, o en una habitación o apartamento (estos últimos son los más afortunados) de alquiler.

 

No hay cultura sin jerarquía y ese igualitarismo falaz es perverso en la vida intelectual y el orden moral. Es perverso, por ejemplo, que en un canal del Estado como Avila TVES, pongan como moderadores y presentadores a muchachos que dan vergüenza ajena, que ni siquiera saben hablar y expresarse con la mínima corrección, habiendo tanta gente capaz y bien formada en este país, en nuestras mismas barriadas populares. Ese tipo de inclusión atenta contra la democracia, la desvirtúa, la hace desconocer la diferencia y singularidad individuales, “despreciando el talento y el saber hacer”, premiando la mediocridad y la chapuza.

 

Por eso como ministro para la Alimentación tenemos a un señor, Félix Osorio, que no puede decir más de cinco frases, como si estuviese programado, pobrecito, sin decir: “mi Comandante Presidente”, que por cierto es la única expresión que logra hilvanar bien en un discurso atrabiliario y con problemas de sintaxis; su servilismo es tan pronunciado, además, que llega incluso a ofender el espíritu. Colocan como ministro del Deporte a Héctor Rodríguez, prescindiendo de alguien que conozca del tema, solo porque había que refrescarle la cara al Gobierno con aires juveniles. Y esto para no hablar de Jaua o de Tareck El Aissami, que nos han dejado verdaderas perlas discursivas como ministros, solamente comparables a las de Capriles.

 

Es perverso el igualitarismo chavista por creer que la igualdad, como dice Joaquín Sabina, consiste en cortarles la cabeza a los más altos. A diferencia de otros presidentes (de Páez hasta Caldera, para no mencionar a Bolívar), Chávez ha mantenido la política de rodearse de medianía, de mediocridades intelectuales. Parece ser que no puede soportar que nadie le haga sombra en su gabinete ministerial, por eso su máxima no es la búsqueda de la excelencia; el premio a la superioridad que nos hace desiguales por sobresalir en algún ámbito socio-cultural.

 

Su política es y será reivindicar y aplaudir a los hombres de corazón diminuto; y castigar a Gulliver; castigarlo, digámoslo con Sabina, por ser el tuerto en el país de los ciegos; por andar en el país de los cansados; por divertirse en el país de los serios; por ser el sabio en el país de los necios; castigarlo, en fin, por ser alto en el gobierno de los enanos.

 

 

 

 

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Un Comentario;

  1. Ricardo E. Römer said:

    Entre el plebeyísimo y el proletariado no existe distancia intelectual alguna. Las estructuras sociales requieren de una diversidad de gente ejerciendo roles con conocimiento, destrezas y habilidades, en fin capacidades, ajustadas a los requerimientos del fin perseguido. Cuando el proletariado se encarga, aparece siempre el plebeyísimo para justificar un desempeño mediocre y para igualar por debajo, análogo a su propio nivel, a toda la gente. Quedan entonces solo la política y las fuerzas armadas como estructuras para la movilidad social con lo cual se establece una elite perversa dedicada a su propio servicio.

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