El mejor lateral de la historia

 

Waldemar Iglesias

Nilton Santos fue un refundador de su puesto, en los años 50 y 60. Resultó bicampeón mundial y marcó un modo de entender el fútbol brasileño. Su apodo lo definió siempre: le decían Enciclopedia, por sus notables conocimientos. Ahora, una enfermedad le está robando aquellos recuerdos.

Al Estadio Olímpico Joao Havelange, los hinchas del Botafogo eligen llamarlo con otro nombre más breve y más simpático: Engenhão. Allí, en uno de sus accesos, Nilton Santos brilla bajo el sol del verano más reciente. Está ahí parado, dueño de la historia que cuenta su bronce. La estatua es un homenaje que se renueva cada partido: los abuelos y algunos padres que lo vieron, y los hijos y los nietos que escucharon su leyenda le ofrendan sonrisas cada vez que caminan por allí para ver al Botafogo, en cualquier cita del Brasileirão o del Carioca. “¿Enciclopedia? O maior do mundo”, cuentan algunos al pasar con cierta grandilocuencia, pero sin exageración. Enciclopedia -ese apodo nacido de sus profusos conocimientos futbolísticos- es considerado por muchos el mejor lateral de todos los tiempos. Fue bicampeón Mundial (en 1958 y 1962), top 10 según IFFHS entre los mejores futbolistas brasileños de todos los tiempos, elegido como el mejor en su puesto en el Mundial de Suecia, integrante del FIFA 100. Le sobran laureles a su recorrido de crack.

Nilton Santos, con la camiseta del Botafogo.

El periodista Manolo Epelbaum -argentino, de larga residencia en Brasil- suele contar una anécdota que también describe al futbolista y su contexto: “En aquel tiempo a Brasil lo dirigía Vicente Feola, el mismo que tres años después del Mundial del 58 dirigió a Boca. En un partido contra Austria en plena Copa del Mundo, otra vez, Nilton Santos se iba al ataque. Y el gordo le gritaba ‘volvéééé, volvéééé’. Pero Nilton Santos siguió yendo y la pasó y siguió y fue gol. Al volver, Feola le dijo lo único que podía decirle: ‘Buena, buena'”. Desde su debut en el Fogão hasta su retiro con la misma camiseta y en todo su recorrido por el seleccionado verdeamarelo fue el mismo: un futbolista capaz de refundar una función, de convertirse en paradigma.

La propia FIFA, que lo ubica en su Salón de la Fama, lo retrata desde aquella jugada icónica: “Resulta difícil contextualizar con precisión lo que significó aquella jugada que hoy parece tan trivial. Habían transcurrido cuatro minutos del segundo tiempo, y Brasil iba ganando 1-0 a Austria en su estreno en la Copa Mundial de 1958. Fue entonces cuando el lateral izquierdo Nilton Santos recuperó un balón en defensa y avanzó. Llegó al mediocampo y se lo pasó a José Altafini. Entonces, ocurrió: en lugar de regresar a su puesto en la retaguardia tras haber asistido al atacante, continuó avanzando, y pidiendo la pelota. Hasta que la recibió y marcó, de un disparo preciso, el segundo tanto de la victoria por 3-0 de los suyos”. Aquella aparición osada resultó bastante más que un gol para un triunfo amplio: fue un hito en la estupenda vida de los laterales brasileños. Fue una celebración que luego heredaron tantos otros, como Junior o Roberto Carlos, por la izquierda; o como Cafú o Dani Alves, por la derecha. En definitiva, representa también un modo de entender el fútbol. Ahora lo sabe todo Brasil: la final del Mundial de 1950 se comenzó a perder con la decisión del técnico Flavio Costa de dejarlo a Nilton Santos fuera de los titulares. Por allí, por la punta que cubría Bigode, el memorable Alcides Ghiggia se ganó para siempre el pedestal de la historia de La Celeste.

Hijo de un pescador y de una portera de escuela, Nilton Santos abrazó desde los días de la niñez su deseo de ser futbolista. Tenía condiciones. Le gustaba jugar de delantero. A los 19 años, entró en la Aeronáutica y pronto lo advirtieron todos: ese flaquito ágil había nacido para jugar con una pelota. Fue a probarse al Fluminense, también de la Cidade Maravilhosa, su ciudad. Le dijeron que no. La tristeza no lo venció. Un tal Bento Ribeiro -tío del coronel que lo tenía a cargo- lo llevó a Botafogo. Lo que continuó fue un idilio: su talento al servicio de la Estrela Solitaria que lo cobijó para siempre.

El club en el que jugó toda su vida fue una suerte de determinismo en su recorrido profesional: los artistas suelen volcar su simpatía hacia el equipo del barrio Botafogo. Augusto Frederico Schmidt era poeta y fue presidente a principio de los años 40, en tiempos de la fusión entre Botafogo Football Club (nacido en 1904) y el Clube de Regatas Botafogo (fundado en 1894 y de gran protagonismo en los deportes náuticos). El escritor Paulo Mendes Campos lo definió en alguna ocasión: “Botafogo es un niño de la calle perdido en el poético dramatismo del fútbol”. Estaba escrito en algún lado. Como aquel entrenamiento de 1953 en el que padeció a un rival mucho más que en cualquiera de los 729 partidos oficiales que jugó para el Alvinegro. Se llamaba Garrincha y antes de jugar parecía más un mendigo que un crack de todos los tiempos. También había nacido para jugar en el Fogão. Lo primero que hizo Nilton Santos fue pedirles a los dirigentes que lo contrataran. Aquella práctica fue la más importante en la historia del club: al costado de la amistad inquebrantable entre el lateral izquierdo y el wing derecho también nacía el máximo ídolo de larga vida del club carioca.

El relator Waldir Amaral sabía lo que decía cuando, entusiasmado, decidió ponerle Enciclopedia como apodo a Nilton Santos. La memoria del crack y sus conocimientos en cuanto a cuestiones futbolísticas hicieron no sólo que estuviera justificado sino que todos comenzaran a llamarlo de tal modo. Tenía una especialidad: Garrincha. Conocía detalles y anécdotas memorables del crack de los pies torcidos. Y las contaba del mejor de los modos: con gracia y con sensibilidad. Pero desde hace cinco años el avance del Mal de Alzheimer fue deteriorando su memoria lúcida. Sin embargo, su esposa María Célia contó no hace mucho que un instante mágico sucede frecuentemente. Cuando algún viejo amigo o admirador le cuenta en voz baja y al oído alguna historia de sus tiempos del Botafogo, Nilton Santos sonríe. Nadie le pregunta por qué. Todos saben de qué se trata. En ese momento breve, en ese suspiro, aquel crack vuelve a ser Enciclopedia.

Clarín.com

 

 

 
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