La (des) comunal arremetida de 2010

Juan Carlos Pérez-Toribio

 

Juan Carlos Pérez-Toribio
@pereztoribio 

Qué falta hace alguien como Manuel Caballero para, con aquella precisión que lo caracterizaba,  situar en su justo lugar los hechos acaecidos estos últimos años. Y es que con su ausencia sucede algo similar a lo que sentimos con la falta de otros intelectuales, como Nuño o Cabrujas, que quedaron en la memoria colectiva como seres que con su rebeldía trascendían las ataduras clásicas del pensamiento y del poder. Por ello, él seguramente no pondría ningún reparo al título con el que he encabezado este artículo por el que califico de arremetida  los sucesos que tuvieron lugar en la Asamblea Nacional a finales del 2010, a la vez que utilizo adjetivos en aparente contradicción,  como  “descomunal” y “comunal”.

Si algo diferencia a los dirigentes que comandan la oposición y el Gobierno es la visión diferente que ambos tienen del país y de su futuro. Pero mientras unos no se atreven a hablarle claro a sus seguidores, y titubean cuando se trata de explicarles que no es cuestión solamente de mejorar las carreteras y el tránsito sino que existen otras formas más libres de conquistar la igualdad económica y política, los que nos gobiernan no pierden tiempo para imponer su modelo. Después de la derrota del proyecto del Presidente en el referéndum de diciembre del 2007, estos, haciendo oídos sordos a lo expresado en las urnas, volvieron a la carga en diciembre del 2010 por intermedio de los diputados a la Asamblea Nacional, sin importarles que había habido una reciente elección de diputados en septiembre de ese mismo año, que la unión de la oposición había alcanzado más de un tercio de la Cámara, que ya habían sido desplazados en sus curules y que en ese momento ya no representaban a nadie. En un mes, no solo le otorgaron poderes especiales al Presidente mediante una Ley Habilitante que le permitía por el lapso de 18 meses gobernar a través de decretos, sino que aprobaron instrumentos jurídicos tan importantes como la Ley Orgánica del Poder Popular, la reforma a la Ley de Partidos Políticos, la reforma a la Ley de Telecomunicaciones, la Ley de Educación Universitaria, la Ley Orgánica del Sistema Económico Comunal, la Ley Orgánica de las Comunas, la reforma de la Ley Orgánica del Poder Público Municipal, y pare usted de contar, superando con esa celeridad la  misma productividad que habían tenido ellos mismos en años anteriores. Pero mientras la nueva Ley de Educación Universitaria, y producto de la presión ejercida por profesores y estudiantes, fue vetada en el mes siguiente por el Presidente, las demás, como la Ley Orgánica de las Comunas, se dejaron correr y  les puso el ejecútese inmediatamente.

Lo que pretendo decir con todo esto, es que me cuesta entender toda la alharaca que se ha armado recientemente con una ley, como la Ley Orgánica de las Comunas, aprobada en el 2010 y sancionada a principios del 2011; una ley, valga decir, que prácticamente sustituía el Estado presente y proponía un Estado paralelo (el Estado comunal), con su propio banco (o Banco comunal), su  Contraloría comunal, su propia Gaceta comunal, un Parlamento comunal (donde, por cierto, se rebaja la edad de sus integrante a 15 años de edad), un Ejecutivo comunal (al cual estarán adscritos, como si ministerios se tratara, diferentes comité de gestión) y hasta una Justicia comunal. ¿O es que para la fecha de su promulgación estábamos ocupados pensando solamente en las elecciones presidenciales y en las primarias que se avecinaban? ¿O es que aparte de los recursos de nulidad respectivos se promovió alguna manifestación pública para rechazar nada más y nada menos lo que, a todas luces,  significaba la creación de una nueva forma de Estado? Yo simplemente no lo recuerdo. Sí creo recordar que Capriles hizo una broma diciendo: “lo único que falta es que hagan una ley para que todos nos llamemos Hugo”.

En fin, parece que los años por venir y gracias a  esa manía que nos ha dado ahora  después del abstencionismo de otras épocas de apostar solo a las elecciones, estaremos recordando por mucho tiempo aquellas famosas palabras que, según la leyenda, la sultana Aixa dirigió a su hijo cuando perdió Granada ante los Reyes Católicos. Todos sabemos cuáles.

 

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