LAS MUJERES LUCHAN POR IR AL FRENTE

David Alandete

David Alandete

 

Al día de hoy, el Pentágono sigue teniendo vigente la prohibición a las mujeres de servir en operaciones de combate directo. Hay informes en contra. Muchos generales se oponen. Las mujeres soldado consideran que es un trato injusto. Hay medidas de protección, como chalecos adaptados a su fisionomía. Las guerras ya no se libran cuerpo a cuerpo, ya no existen operaciones de infantería tradicionales. Pero la cultura imperante se prolonga en forma agónica, aunque los pocos que defienden esa prohibición parecen andar a contramarcha de la Historia.

 

Cuatro soldados mujeres presentaron una demanda el jueves contra el Pentágono por haberles sido prohibido estar en la primera línea de combate, algo que afecta negativamente sus posibilidades de ascenso. Es la segunda denuncia en un año. Y quienes las interponen son, a todas luces, unas heroínas. La piloto de la Guardia Nacional Mary Jennings Hegar trasladaba a tres soldados heridos en Afganistán en 2009 cuando su helicóptero fue abatido por fuego enemigo. Herida, Hegar protegió a sus tripulantes y devolvió el fuego, salvándoles a todos. Resultó herida, y recibió varias condecoraciones.

 

Hegar tiene todas las papeletas para hacer lo que quiera en combate. Si fuera un hombre, asumiría posiciones de responsabilidad en el frente. Como es una mujer, se ve obligada a pasar a la reserva. Con amargura y decepción, es una de las cuatro uniformadas que ha llevado a la cúpula militar de EE UU a los juzgados. La prohibición a las mujeres de entrar en combate directo se aprobó en 1994, durante los años más aciagos para la diversidad en las fuerzas armadas norteamericanas, cuando también se vetó a los homosexuales de sus filas.

 

Nadie hubiera anticipado en aquellos años, los primeros de gobierno de Bill Clinton, en plena resaca del reaganismo, alargado por George Bush padre, que los gays acabarían tumbando las barreras castrenses antes que las mujeres. Hoy, gracias a una ley de 2010, los homosexuales pueden servir abiertamente, sin miedo a represalias. Muchas mujeres, sin embargo, aun se sienten discriminadas. En un pequeño triunfo, el año pasado 24 mujeres se integraron por primera vez en ocho tripulaciones de cuatro submarinos lanzamisiles balísticos de EE UU.

 

Desde 2001, más de 291.000 mujeres han prestado servicio en el frente. Sobre todo, se han dedicado a labores de apoyo y gestión. Sólo 84 han fallecido en Irak y Afganistán, de una cifra total que supera los 6.600 muertos. Consciente de la presión, el Gobierno de Barack Obama decidió, este año, abrir a las mujeres unos 14.000 puestos que antes estaban reservados exclusivamente a los hombres. Pero la primera línea de combate sigue siendo territorio totalmente vedado para el género femenino.

 

Aquellos que se oponen a la presencia de mujeres en el frente -hay varios generales entre ellos- citan, sobre todo, las limitaciones de la condición física. Un informe de 2011 de la Comisión de Diversidad en el Liderazgo Militar, creada por el Pentágono, disiente. La recomendación principal es que se deben eliminar “barreras e inconsistencias, para igualar el campo de juego para todos los uniformados que estén dotados para ello”. El presidente de la comisión, el general retirado de la Fuerza Aérea Lester Lyles dijo que “la exclusión discrimina a las mujeres en el apartado de los ascensos”.

 

“Si uno mira cómo ha sido el campo de batalla moderno, en Irak y Afganistán, no es como en la Guerra Fría, donde había frentes definidos. Las mujeres prestan servicio. Lideran divisiones de seguridad militar, divisiones de policía militar, divisiones de defensa aérea, divisiones de inteligencia”, dijo Lyles. “Pero no se les da crédito por estar ya entre los rangos de combate”. Es sólo, parece, una cuestión de tiempo que ese sacrificio quede reconocido.

 

@ELPAIS

 

 
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