EL CUERPO DEL MITO

Edilio Peña

Edilio Peña

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Cuando alguien encara el poder absoluto, considera a su cuerpo también poderoso, imbatible y sacrosanto como el de las divinidades. Así estimó el suyo Alejandro Magno y eso lo hizo ser temerario y audaz en los combates de su deslumbrante épica. Solo la muerte de su lugarteniente y amante, Hefestión, le permitió reconocer la vulnerabilidad de su propio cuerpo, y  asimismo, de lo efímero de su espíritu que se apagaba como una llama en el desierto. Pero ya era demasiado tarde para ser hombre, mucho más cuando su madre lo había convencido desde niño que su padre no era el rey Filipo de Macedonia, sino el mismísimo Dios Zeus, que tronaba en el Olimpo con el rayo con el que cambiaba a su antojo el destino de los mortales.

Para los poderosos, los cuerpos de los otros no importan, de importar, solo será en la medida del uso y desuso que su poder absoluto haga o decida hacer con ellos. Hasta los afectos más cercanos quedan devastados por la insensibilidad con la que curten sus corazones. El poder que ostentan les hace confundir la realidad con la metafísica, porque no imaginan ni conciben jamás la caída de su poder ni de su cuerpo que adoran con deleite narcisista, y que exigen de las masas por igual, una adoración que exalte el culto a su personalidad.

02 Hombre EnfermoEn las fotografías deben parecer eternamente jóvenes, pero si en la realidad de los espejos no lo son,  el maquillaje, la plástica  y los implantes se habrán de ocupar de ocultar la expiación del reflejo inoportuno. En el fondo de sus mentes, anida la serpiente ciega de un tormentoso deseo: vencer el tiempo paralizándolo, a fin de convertirse en la perdurable existencia del mito mismo. Muamar el Gadafi era amante del botox, las pelucas y el  Photoshop a tal extremo, que ninguna de sus presentaciones públicas estaba exenta de ese fervor delirante con que exhibía el enamoramiento de sí  mismo.

En Venezuela fue violentado el sarcófago donde reposaban los restos de Simón Bolívar. El acto tenía un sentido simbólico más allá de la pesquisa de comprobar, por especulaciones laberínticas en las que también habría de sumarse la ciencia, si la muerte del Libertador había sido producto de un oscuro magnicidio o no. En esencia, el actual Presidente deseaba destronar el mito del llamado Padre de la Patria a través de un parricidio legitimado, ejecutado en un macabro ritual de exhumación, donde después el propio Presidente asumiría la encarnación trascendente del mito destronado. Extrañamente, después,  los dados fueron echados por el infortunio o los servicios de inteligencia, que agregaron un elemento sorprendente a la trama de la ambición,  al convertir  el cuerpo del  nuevo mito, en un secreto inquietante. Nadie sabe de la certeza  de una maligna enfermedad que lo aqueja hasta el horror. Es tal el misterio, que las lenguas del rumor lamen las puertas fortificadas del palacio o de la isla donde se refugia a la cura imposible, mientras los oídos creen oír gritos desgarradores de dolor en la madrugada. Pero lo que sí es definitivamente cierto, es que nunca antes en la historia de la vida republicana, ningún cuerpo de venezolano alguno, ni siquiera el de las Misses, había adquirido tanta importancia, custodia  y cuidado por parte del erario público.

Mientras esto ocurre, las violaciones al cuerpo del ciudadano común no solo ocurre en las calles,  en el interior de las cárceles, sino que  se  aprueba una nueva ley que impone, sin discusión ni consenso de la sociedad, hacer uso de los órganos de su cuerpo una vez fallecido. El único bien físico con que nacemos y existimos, ya no nos pertenecerá, porque estaremos muertos para protestar o reclamar el derecho que se arrogarán los necesitados que harán uso de él. Ahora,  el cuerpo con vida o sin ella, pertenecerá al Estado y al mito que progresivamente, se ha ido apoderando de todo, hasta de uno mismo.

 

 

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